“Es más difícil dejar el vicio de vender que de consumir coca”, me grita Migue mientras acelera su AKT de bajo cilindraje a 100 kilómetros en plena autopista Norte de Bogotá con calle 100. Son las 9:26 p.m. y lleva un pedido importante, no tanto por la cantidad sino porque es para un amigo: “Yo no tengo clientes de ayer. Hace 18 años les vendo. Los he visto casarse, tener hijos, divorciarse, he estado en sus fiestas y ellos en las mías, los he visto envejecer… morir”.

Migue me cuenta que hoy se levantó, como de costumbre, a las 4:00 a.m. para alistar a sus hijos y llevarlos al colegio mientras su esposa dormía. A las 9:00 a.m. quedó libre de sus labores domésticas y se dirigió al cuarto de San Alejo para encerrase durante 30 minutos. Y adentro, en medio del polvo que acostumbra a sembrar el olvido, pesa, empaca y sella más polvo. “Tengo una Tanita negra, un clásico. Es una pesa japonesa que trajeron al país para calibrar oro y esmeraldas. Casi nadie la usa, tiene uno que cogerla a golpes fuertes para volverla mierda”.

Cuando salió del cuarto de vejestorios ya había armado 40 bolsas de 3x4 centímetros con 1 gramo de cocaína cada una y 40 bolsas del mismo tamaño de bazuco. “No vendo pepas, alucinógenos ni ácidos; ese negocio es el de los hijos de los ricos. Ellos son los que venden drogas extranjeras a los mismos ricos. Las ganancias de las ventas las invierten en su propio consumo, en farras. Yo me lo gasto todo con mi familia”.

Cada bolsa de coca rendida (con impurezas) y bazuco cuesta 10.000 pesos, las de coca pura son a 30.000 pesos. En cinco horas se puede hacer hasta un millón de pesos. “Le gano el 200 % a la mercancía. Trabajo de 5:00 de la tarde a 10:00 de la noche, menos el domingo. Al mes me quedan en promedio ocho millones de pesos. Y la verdad es que la bolsa no lleva 1 gramo sino medio gramo. Pero el vicio no los deja caer en la cuenta”, y ríe con picardía mientras damos vuelta por la calle 142 para dejar la autopista. Son las 9:41 p.m. Me agarro fuerte de su cintura al tiempo que otra moto, pero de la policía, nos adelanta por la izquierda.

Migue ha estado cinco veces en la cárcel (la misma cantidad de hijos que tiene) y 30 veces en la UPJ. Ha pagado fianzas y condenas para recuperar su libertad, y si lo llegan a agarrar de nuevo, serán ocho años de cárcel (el mismo tiempo que ha intentando salirse del negocio). “He sido hasta vendedor ambulante, he puesto tiendas, ideado empresas, pero uno que no estudió no tiene otra forma de hacer tanta plata en tan poco tiempo, y no pienso dedicar más tiempo a vender droga, tengo una familia a la que quiero darle ese tiempo”.

¿Siente miedo, Migue?, le pregunto a todo pulmón para ganarle al ruido del motor. “Uno siempre tiene miedo. A mí no se me quita ni en el lugar más seguro del mundo: cuando estoy en la cama durmiendo con mi mujer”, me responde mientras reduce la velocidad de su AKT.

Llegamos a una torre residencial en Cedritos. Migue se parquea, se baja, se quita el casco, saca cinco bolsas que esconde en la parte interna de su chaqueta, me pasa la maleta en la que lleva la mercancía, me pide que lo espere y desaparece por un pasillo de la recepción. En ese momento yo estaba al mando de la moto y llena de cocaína, sola, era la dealer. Son las 10:03 p.m., empiezo a sentir el miedo del que me habló Migue y un brote de excitación del que no me habló pero sentí casi al punto del disfrute.

No pasaron más de cuatro minutos y la excitación se me estaba convirtiendo en angustia nerviosa, cuando Migue volvió para tomar su lugar. Descargué mi preocupación, pero él hasta ahora arrancaba a iniciar la descarga. “Nunca cargo toda la coca conmigo, reparto las bolsas en diferentes jardines de casas, jardines oscuros. Busco los que no tienen ventanas desde las que me puedan ver, saco 10 o 15 bolsas y las descargo ahí mientras hago entregas”.

Durante cinco horas Migue no parquea la moto ni para orinar, solo para entregar. Maneja por toda la ciudad y espera las llamadas de sus clientes sobre ruedas. No come nada, no escucha música y no piensa en nada, o eso me dice. Solo maneja. Gasta en promedio 15.000 pesos diarios en gasolina.

Migue usa botas negras militares que cambia cada dos meses por desgaste. La moto la cambia cada seis meses por una de segunda y el celular nunca lo cambia. “Muchos jíbaros estrenan celular y sim card cada mes, dejan con cada pedido un nuevo número. Yo no, tengo mi clientela, solo atiendo por recomendación de gente que yo conozca. Si cambio el número, pierdo la red”. Su cliente más joven tiene 30 años; el más viejo, 80.

Usaquén, Alambra, Bulevar, Cedritos, Iserra, la 93 y Chapinero son los lugares donde están sus esnifadores. “Esto funciona por territorios; si uno se mete en tierra ajena, lo matan. Por eso es mejor tener clientes fijos. Y a mis clientes los cuido: sí, necesito su plata, pero no quiero infartarlos por sobredosis. Si los veo consumiendo mucho, los regaño, no les vendo más”. Ahora vamos por la carrera 11 con 92, hace un frío casi doloroso y el hombre que he abrazado más tiempo en mi vida, con fuerza y desconfianza durante casi una hora, contesta una llamada con el manos libres y habla con un tal Álvaro.

Migue dice que quiere estar en el negocio hasta diciembre de 2015, que tiene un proyecto empresarial que esta vez sí le va a funcionar. Y si ese tampoco le funciona, igual piensa dejar el vicio. Por el momento son las 10:23 p.m. y arranca para la 72 con séptima...

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