Hace exactamente una semana, el Niche vendió más de lo normal. Al otro día madrugó, mercó, se hizo almuerzo y salió a trabajar de nuevo. La zona de la calle 13 con 17, al frente de la Estación de la Sabana y a unas calles de San Victorino, se la pelean mucho los vendedores ambulantes, sobre todo en esta época. El Niche llegó después del mediodía y como no encontró espacio en el lugar de siempre, organizó su negocio media cuadra arriba, al lado de José. Halí, su compañero incondicional de la calle, no fue ese día a trabajar.

Con los relojes, celulares, chatarra y repuestos organizados estratégicamente encima de un plástico, el Niche recolectó plata entre sus compañeros. Ese día había llegado el viejo Herrera a visitarlos, un amigo que no trabaja con ellos, pero que va cuando tiene ganas de tomar. A las 2:00 de la tarde cada uno puso 1500 pesos y recogieron para un litro de Gran Niche Xtreme, un aguardiente sin estampilla y servido en botella de Thinner que vale 4500. El guaro era el trago favorito de Édgar Possú, el Niche, un negro de 1,70 de estatura y 80 kilos que se vino de Santander de Quilichao, Cauca, hace más de 30 años y se quedó en Bogotá hasta el último día.

Lucho, el hijo de don Édgar, fue a las 4:00 de la tarde a llevarle el celular de un sobrino que había quedado destruido en medio de una broma. Él, culpable del acontecimiento, buscó a su papá a ver si entre los objetos que vendía había otro para reponerlo. El Niche le entregó un segundazo en mejores condiciones y le insistió que se lo llevara, pero Lucho, terco, le pidió que se lo guardara hasta que tuviera plata para pagárselo, y se fue. El celular dañado también se lo quedó el Niche, para desarmarlo y sacarle repuestos, que después vendería también en su puesto ambulante. Según dicen, tenía más de 200 celulares guardados, pero nunca accedió a tener uno propio.

Herrera, José y el Niche se tomaron dos botellas antes de que se hiciera de noche. Hacían chistes, hablaban de comida y atendían sus puestos cuando llegaba algún curioso. Édgar decía que la vida era demasiado corta para irse al cielo con hambre y les contó, alardeando, sobre el mercado que hizo en la mañana. Después empezó a hacer frío y a todos les dio afán de irse. Herrera fue el primero, dio las gracias y desapareció en la esquina. José le ayudó al Niche a guardar la mercancía y se despidieron. El primero caminó al oriente y paró a saludar a los amigos de la tienda de chaquetas, y el segundo intentó atravesar la calle para entrar al baño público que les prestan por 500 pesos. El cruce fue torpe por los aguardientes. Esquivó TransMilenios y bordeó una zorra de cartones apilados de más de 3 metros que estaba parqueada enfrente. Con el maletín lleno de mercancía encima de la cabeza, le dio la espalda a la vía y una camioneta escolar, a 40 kilómetros por hora, lo mandó con mucha fuerza unos 10 metros adelante.

Marquitos, otro de los vendedores de la zona, cruzó corriendo cuando vio la romería. Reconoció al Niche, que estaba tirado en el piso, inconsciente. La policía llegó en menos de dos minutos. Marquitos empezó a recoger los pedazos de chatarra que se habían salido del maletín roto y los patrulleros lo trataron como a un ladrón. Desorientado y nervioso, regresó al otro lado de la 13 y les contó a todos que el del accidente era el Niche. José había dejado los papeles en la casa y sintió terror de que la policía le hiciera algo, como es común entre vendedores de la calle. Entonces, en medio del pánico por lo que había escuchado, se fue corriendo, mientras los patrulleros cargaban al Niche hasta la clínica que queda diagonal al sitio del accidente. Al otro día le entregaron a Lucho las cosas que tenía su papá en ese momento, incluido el celular que se negó a recibir, que había quedado en peores condiciones que el de la broma.

Los siguientes cuatro días se pueden resumir describiendo una sala de cuidados intensivos en la Clínica Bogotá. Tubos por todas partes, pitidos, olor a cloro. Al Niche se le habían partido varias costillas que perforaron el pulmón y el hígado, y una cirugía programada para el momento en que los órganos estuvieran algo desinflamados fue la antesala del acta de defunción.

Édgar era hincha del América de Cali. Por eso, mientras su cuerpo era revisado por los forenses de Medicina Legal, Lucho buscaba infructuosamente una camiseta del América en San Victorino para vestirlo en el funeral. Entre uniformes de la Selección y de Santa Fe, no había uno solo del Diablo Rojo. Con el poco sentido del humor que le quedaba en medio de la única tragedia familiar que ha experimentado en su vida, les decía a los vendedores que si no la encontraban, intentaran buscándola en la B. Finalmente, después de varias vueltas en la zona, logró negociar la única que apareció por 40.000 pesos.

Al quinto día del último aguardiente del Niche, Lucho esperaba, con sus ojos celestes fijos en el pavimento, a que le entregaran el cuerpo de su papá. Me hablaba de lo orgulloso que se sentía de que hubiera sido un negro tan increíble. En la clínica, dice con rabia, una enfermera no lo quería dejar entrar a cuidados intensivos, porque él, blanco y pequeño, no le pareció lo suficientemente oscuro para ser hijo de don Édgar.

Lucho ha tenido buenos negocios, pero la muerte, que es un chiste negro, no llegó en un buen momento. Hace poco se divorció y en medio del desastre, decidió vender todo, hasta la moto. Ahora, con los pocos ahorros que le quedan y endeudándose por millones, prefirió que el funeral de su papá fuera en un lugar más bonito que la Primero de Mayo, donde inicialmente les habían ofrecido hacerlo, y pagó mucho más por una sala en Teusaquillo. Con el cajón también fue exigente y pidió que lo llevaran a una fábrica para elegir uno digno de guardar a su padre por la eternidad, el elegido fue de imitación de mármol.

Doña Ruby, la esposa del Niche y mamá de Lucho, vive con un hermano que está enfermo desde hace unos años. Aunque no compartía casa con su marido, siempre que tenía plata se escapaba a visitarlo a la calle 13. En su funeral el dolor la hacía ver como si fuera mucho mayor que su esposo, pero apenas le llevaba un par de años. Estaba devastada. Se conocieron cuando ella trabajaba en una tienda en La Macarena y él prestaba servicio militar. En esa época, Ruby tenía tres hijos, él los crio como si fueran suyos y después tuvieron a Lucho. Dos de ellos viven en Medellín y no pudieron viajar a despedir a don Édgar, pero Rubiela, la hija del medio, sí está y no desampara a su mamá.

Lucho estaba tan desubicado que se puso la misma ropa de ayer. Mostraba con orgullo a su papá dentro del ataúd luciendo la camiseta roja y se quejaba de las heridas que le quedaron de la autopsia. En la sala no había más que 15 personas y esperaban ansiosos a que la iglesia se llenara con todos los amigos de don Édgar. En otra sala un trío daba una serenata y los llamaron para que tocaran dos canciones al finado, como dice José. El trío tocó tres: Mi querido viejo, Nadie es eterno en el mundo y de ñapa, Mi querido viejo, otra vez. Los 50 vendedores de la calle 13 que esperaban nunca llegaron, pero la carroza fúnebre sí. La iglesia quedaba a media cuadra y estaban sacando otro ataúd cuando llegamos. La misa duró media hora y apenas se llenaron las dos primeras filas. A la salida, otro ataúd iba de entrada.

Anoche todos se reunieron a tomar unos tragos y en el camino al Cementerio del Sur se reían por la travesía que vivieron para conseguir transporte a las 4:00 de la mañana desde el centro hasta Sierra Morena, en Ciudad Bolívar. A las 3:10 de la tarde, el lugar del descanso eterno estaba repleto de gente y de mosquitos que se metían por la nariz y picaban durísimo. Dos sepultureros esperaban en una escalera a que les entregaran el ataúd, que llevaban entre siete. El esposo de Rubiela venía burlándose del peso de su suegro mientras decía que cuando él se muera lo van a tener que cargar entre doce, porque pesa 110 kilos. Subieron el cajón con torpeza y lograron finalmente encajarlo en la bóveda. Los obreros esperaban, con los ladrillos en la mano, a que Halí rezara tres padrenuestros y tres avemarías intercalados. Nunca dijeron el dale señor el descanso eterno. A lo lejos se acercaba una multitud con otro ataúd. Rápidamente, como si se tratara de un trancón por culpa nuestra, Lucho escribió con los dedos en el cemento húmedo “Édgar Possu. TQM papa. Gracias Dios por la vidad” (sic).

Detrás de nosotros, los del otro entierro llegaron y se detuvieron. Llevaban sobre el cajón una foto de un muchacho muy joven. Ruby y Lucho, tristísimos, se lamentaron por la muerte de alguien de esa edad. Entre los quejidos de las 60 personas que esperaban a que termináramos, nos estrujamos contra una pared y esperamos a que la procesión pasara. Lucho dio gracias a la vida en voz alta por haber disfrutado a su papá por 33 años. La vida sigue como debe ser en ese momento cuando se deja de extrañar y se empieza a agradecer.

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