En 2002 yo tenía 15 años y el reguetón se nos metía por los oídos hasta llegarnos a las vísceras, a la pelvis, a las caderas tan desconocidas. Nos volvimos locos. Felices de que nos atizaran las hormonas con ritmo, con letras que eran el escándalo de todos los padres. Ese año Tego Calderón hizo uno de los álbumes más importantes de la música caribeña, de la música latinoamericana –con el perdón de los dogmáticos–: El abayarde (White Lion, 2002), que traía esa canción lasciva y maravillosa que se titula Pa’que retozen –nunca había escuchado la palabra retozar: el reguetón también hizo eso, nos iluminó–: “Sin misterio, llénense de placer, que se acaba el mundo y no vine pa’ perder… Muevan su pumpum, cuando yo les tire mi sunsun, en la cintura traigo mi tuntun. Mami, yo quiero agarrarte por el pelo mientras te tiro mi lenguaje obsceno”. Éramos jóvenes, estábamos rabiosos en nuestra clase media que ni era rica ni era vandálica y, no sé por qué, todos queríamos tener un aire ‘maleantoso’. El reguetón entraba al mundo por Medellín y se quedaría. 

 Mi prima Natalia veía todos los sábados Jamz, un programa de Telemundo en el que pasaban videos de lo que apenas empezaba a sonar en las emisoras, porque nadie que no viviera en Puerto Rico o en Miami sabía quién era Johnny Prez, Daddy Yankee, Héctor y Tito, Eddie Dee, Tego Calderón, pero en Medellín se abrían paso, improbables. Mi prima se tomaba el tiempo de escribir cada letra en un cuaderno, lo hacía rápido para no perderse ni un verso, así aprendíamos las canciones y a bailar. Esta es una historia que no tiene épica: nada de rock independiente, nada de rock latinoamericano, nada de ser poetas tempranos, nada de ser perros románticos.

Como éramos estudiantes responsables que se pasaban las tardes tratando de sacar buenas notas, solo nos reuníamos con los amigos los fines de semana: tomábamos cantidades respetables de aguardiente o cherrynol; siempre alguien traía una nueva canción grabada en un casete con el anuncio de la emisora de turno. Así conocimos a los grandes del género: todos con sus motilados horribles, sus gafas enormes, su ropa en la que nadaban con suficiencia de buzo profesional. Pero Tego Calderón era la musa imposible: era mueco, feo y cantaba sin cantar, rapeaba sin rapear, con su voz botando palabras todavía sin hacer, como si hablara desde un casco lleno de jarabe. Era el mejor, de lejos, y la historia tan corta lo ha demostrado. Tego no solo nos llamaba a restregarnos las partes, también traía letras que parecían escritas en los barrios de Medellín: “Las ganas tuyas cantar más que yo / con mi producción, loco, te humillo / a la puerta del estudio ponle pestillo /prendo la alarma contra los pillos / es que por ahí hay mucho loquillo / que se enfurecen cuando yo brillo / dicen que tienen más quiosco que el loquillo / y no han vendido ni un cinquillo /con medio pocillo / los acribillo / ando siempre solo sin corillo / soy sencillo / nunca me guillo / a fueguillo /y les paso el rastrillo /a tu catana suéltale el cabrillo / y saca el dedo del gatillo /antes de que te fundan el bombillo /o que te guarden en el castillo”. Escuchar reguetón era escuchar nuestra historia del crimen. Teníamos amigos que no podían salir del barrio San Javier porque paramilitares y guerrilleros se enfrentaban noches enteras, declaraban toque de queda y luego el Ejército aparecía para desaparecer a sus sospechosos. El reguetón también era una manera de conocernos.  De conocer a nuestros muertos. (Una noche en el San Vicente de Paul)

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Lo que gusta del reguetón es lo bastante: las mujeres bastante, la riqueza bastante, los carros bastante, el ritmo bastante, que todo sature. En un artículo publicado por Leila Cobo, editora de Billboard, se dice que Medellín fue artífice de la segunda ola del reguetón. Dice Cobo que todo empezó con la canción La gasolina, de Daddy Yankee, pero se equivoca. Cuando en Medellín sonó La gasolina el reguetón ya estaba consolidado, ya era todo un movimiento que se expandía por las discotecas y, sobre todo, en las fiestas de casas. Del reguetón se sabe en la calle. Una tarde, en una tienda, después de una cerveza, vi una muchacha de unos 20 años. Era una mujer bella, con el pelo negro, la piel blanca, los ojos grandes, flaca, no la típica muchacha de los videos de reguetón. No era la usual muchacha expandida por Medellín: pelo rubio Medellín, tetas grandes Medellín, cintura apretada Medellín, nariz respingada Medellín. Y por eso le quise preguntar.

 —Disculpe –le pregunto–, ¿le gusta el reguetón? –la muchacha se sorprendió un poco, así que le expliqué que se trataba de una pregunta para un artículo.

 —A mí me gusta el reguetón por el ritmo.

 —Ah, pero eso dice mucha gente, ¿no le parece?

 —Lo que digo es que uno siente que ese es el ritmo original del cuerpo, que así es como se tiene que bailar y así es como tiene que moverse el cuerpo siempre, sin que se lo hayan enseñado. Ese impulso está ahí. Le ponen la canción a uno y uno ya sabe lo que tiene que hacer.

—Y las letras, ¿qué opina de las letras?

—Son asquerosas, por eso hablo del ritmo y del baile, que no todo el mundo lo siente. Es una cosa muy latina. El reguetón es una cosa de caderas, de sabor, no de saltar o rebotar. Es algo más apasionado, aunque se baile solo.

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Para los puertorriqueños El abayarde fue el álbum que sacó el reguetón de la isla. Antes de eso eran ellos allá compartiendo el dembow –el dembow es el cadencioso ritmo de la batería que identifica al reguetón, el “tumtacatumca, tumtacatumca” que se repite para enseñarnos que el cuerpo existe–, que es un mezcla rara entre reggae, champeta y hip hop que no parecía el arribo a ningún ritmo sino la estación anterior a la verdadera esencia. ¿Acaso no es el punk una estación antes de un destino que no conocimos? ¿Y qué decir del pop latino, que parece que nació muerto? El caso es que el reguetón tuvo sus primeros inicios con Vico C, autodenominado el Filósofo, y conocido por su álbum de letras religiosas Aquel que había muerto (1998). Vico C sentó las bases de todo en 1989 con La recta final y las determinó con Xplosión (1993) y, sobre todo, con un sencillo simple y rotundo: Bomba para afincar. Escuchar los primeros discos de Vico C es como ver el proceso, el nacimiento de una música que sonaba a pista grabada con las manos, como si la música se hiciera con arena, con cemento, con agua. Ninguno de los fanáticos del reguetón de un país que no sea Puerto Rico pueden entenderlo. Es como si se les enseñara a los europeos que antes de Bomba Estéreo estuvieron Los Corraleros de Majagual.

Debido a su característica de Estado Libre Asociado de Estados Unidos –como si fuera un apéndice ya retirado del cuerpo, pero con el que se tiene una conexión sensorial extraña–, la mayoría de reguetoneros hicieron vida en Estados Unidos y circularon en barrios más bien complicados donde los latinos hacían lo que muchos otros: vida como podían: juntándose con otros de la raza, vendiendo polvos, yerbas, armando pandillas, conociendo el hip hop más duro, el mismo que ha dejado muertos de costa a costa. Así que el género creció con todas las maneras del hip hop y buscando un estilo de vida parecido al de los raperos gringos. Por eso en sus canciones aparecen frasecillas ‘gansteriles’ –porque todos son los gánsters, los ‘matatanes’, los que mandan, los que dicen quítate tu pa ponerme yo– como:

“Damas y caballeros / huyan a paso ligero / ayer estaba pobre y / hoy camino con dinero / la fama no me importa, mi hermano soy sincero / gracias a mi señor que me dio el alma de una guerrero”, dice Daddy Yankee. “Voy en busca de ti... / Tú no metes cabra / ¿Tú eres loco, pa? / Guasón... / Tú no metes cabra / ¿Tú eres loco? / Tú eres feca... / Tú no metes cabra / Tú eres loco, cabrón / ¡Vamo’a matarnos, cabrón! / ¡Vamo’a matarnos! / Voy en busca de ti...”, cantaba Héctor el Father. Mientras tanto Tego decía en Sopa de letras: “Por qué será que el que menos puede / Es el más guasa que habla, pero entretiene / Dame el chance, que tengo que comprar pamper / Y lo que yo tengo de blanco tú tienes de gánster”.

 

El parecido es obvio. Con el crecimiento del cartel de Medellín en los años ochenta y su llegada triunfal a las calles de tantas ciudades de Estados Unidos, Miami se convirtió para los paisas en un paraíso prometido y desde entonces empezaron a llegar formas extrañas de ser extranjero en tierras de montañeros. Los lavadores de dólares montaron negocios con ropa holgada, tenis de marca, camisetas enormes de equipos de béisbol, de fútbol americano, y esa ropa y esos tenis y esas camisetas traían también el hip hop y una manera de ver el mundo, de alcanzarlos. En los noventa en Medellín se formaron los primeros grupos de raperos, uno de ellos La Clika, una suerte de mito, se decía que andaban armados, que tenían bates, que tenía revólveres, que hacían música.

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Saga es uno de los grandes productores del reguetón colombiano, sacó a Nicky Jam de su nebulosa creativa, de su desenfoque, que duró casi diez años. Nicky Jam estuvo en los inicios de la expansión del reguetón al lado de Daddy Yankee, sin embargo cayó en una espiral de fiestas y drogas hasta que, pasados los años, lo llamaron de Medellín, querían saber si le interesaba ir a cantar en algunas discotecas, y como en Puerto Rico era un olvidado, dijo sí. Llegaba a cada concierto en un taxi y con un CD en el bolsillo donde guardaba las pistas de sus éxitos, que ya eran considerados clásicos del género. Cuando ya había grabado Vamos a beber se conoció con Saga –Saga Whiteblack, para más señas–, con quien armó grupo de trabajo y con quien estalló internet con la canción Travesuras: 300 millones de visitas en YouTube en menos de dos meses. Después vinieron más éxitos y Saga, según Billboard, fue el productor del año en 2015 y 2016.

Saga nació en Quibdó, Chocó, y fue bautizado como Cristhian Mena. Vivió la infancia en Medellín y la adolescencia en Quibdó. Conoció el reguetón por la época en que el género empezó a profesionalizarse. Contrario a lo que se podría pensar, Saga no tiene ascendencia musical, lo único con lo que cuenta es con la tradición africana del Chocó, el motor percutivo. Decir lo único es también un exceso. En su barrio, La Playita, empezó a hacer freestyle con los amigos; todos los fines de semana se la pasaban tratando de inventar nuevas rimas, de improvisar rápido y con inteligencia. (Así es ser pariente de Pablo Escobar)

—Cuando terminé el colegio me fui a estudiar a Medellín y ahí fue que ya me corrompió el género. Ya me dejé absorber y me dediqué. Empecé a estudiar Ingeniería de Sistemas y en el quinto semestre mis papás se enteraron de que quería hacer música y me quitaron el apoyo. Me tocó trabajar. Trabajé en Une y en Telmex instalando internet y telefonía. Cuando llevaba tres años trabajando me di cuenta de que no estaba haciendo música y decidí renunciar y con la liquidación y los ahorros pude comprar mis primeras maquinitas, compré lo más barato que había en el mercado.

Empezó a trabajar como productor de raperos locales, de muchachos que querían hacer reguetón en el barrio Aranjuez. Dos veces le grabó voces a Nicky Jam, que cobraba en 2012 hasta 2000 dólares por colaborar con otros reguetoneros. Su fama creció rápidamente y le hizo una canción a Pipe Calderón con Yelsid.

—Cuando llegó 2013 nació mi hijo y la cosa estaba peluda, yo había decidido salirme ya de la música y busqué volver a Une. Y fue en ese momento cuando estaba pensando en retirarme que me llamó Nicky y me dijo que quería que trabajara con él. Yo lo conocía porque él en 2012 se metía a cualquier estudio a grabar featuring. Yo llegué a grabar con él Travesuras, entré como su ingeniero de grabación. Desde el principio me dijo que si yo le hacía una pista buena él me la grababa, y como al año la primera pista que yo le presenté formalmente fue la de El perdón, que lo terminó de catapultar. De ahí para allá he tenido otras oportunidades como Hasta amanecer, El amante y El fénix, disco en el que trabajé más del 60 % y que ahora está nominado a mejor álbum en los Grammy.

Saga cuenta su historia sin épica. Para hablar con él no se necesitan intermediarios, aunque graba cantantes de pop puertorriqueños y mexicanos, aunque sigue detrás de la carrera de Nicky Jam. Sin embargo la gran pregunta es cómo se hace el reguetón, cómo se fabrican esas pistas pegajosas que estallan internet.

—Hay un software que usa la mayoría de productores, Fruity Loops, lo uso desde la versión 3 y ahora estamos en la versión 12. También hay plugins o instrumentos virtuales que son los que uno usa para crear los sonidos. Hay bancos de sonidos, de baterías. Lo que uno hace es combinar sonidos, jugar con el ecualizador. Hay que tener cierta creatividad y eso se entrena, se entrena cada día; si uno para un año, luego es difícil arrancar. Se debe estar aprendiendo cada día. De eso se trata la música. Hay que ver que el reguetón no es un género que tiene muchos estilos y el mismo mercado va cambiando el sonido, y uno como productor tiene que estar a la vanguardia y crear ritmos nuevos y estar a la par de lo que los demás están haciendo.

Conozco el software y varios amigos músicos –profesionales– lo usan tan mediocremente, desde el desconocimiento absoluto. Escuchar a Saga es como creer que existe un lugar de privilegio solo para algunos pocos donde la creatividad se expande desde lo sencillo. ¿No es el sueño de cualquier músico hacer un éxito, una sola canción por lo menos que todos lleven en la cabeza, en el corazón donde nace el ritmo?

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Juancho Valencia, pocos músicos tan revolucionarios en Colombia, hizo del chucu chucu paisa una gran música, una revolución que cruzó Europa y América. Hay videos en los que se ve a los franceses, a los holandeses, a los gringos, bailar sin tanta gracia. Por el trabajo con grupos como Puerto Candelaria y orquestas como La República, Valencia es considerado por muchos como el Lucho Bermúdez contemporáneo. Además, siendo de Medellín entiende bien cómo el movimiento urbano creció en la ciudad.

—Quería comenzar diciendo, como lo dije en la entrega de la medalla Juan del Corral –que le entregó el Concejo de Medellín–, que la música que escucha una sociedad es el reflejo de su alma. El reguetón, más allá de todo, es el triunfo de una filosofía y unos valores que son compartidos ampliamente por la cultura de Medellín. Los valores de querer ser rico, millonario, tener plata abundante y manifestarla por encima de los valores éticos, morales, el conocimiento o la espiritualidad. Aquí el dinero está por encima de todo, eso es lo que la mayoría de personas quieren. El trato hacia la mujer, eso no es una tendencia de todo el reguetón, son solo canciones, pero si aparece el trato de la mujer como objeto, esto es culpa de la sociedad, la sociedad es así, nos fascina tener a la mujer como objeto y es una tendencia en Medellín, que parece ser la capital de las cirugías plásticas; es un juego en el que el macho exige a la mujer ser un objeto, pero a la vez la mujer encuentra, como única manera de mostrarse, ser ese objeto deseado por el hombre. El reguetón simplemente cuenta esas historias.

—Pero el reguetón viene de afuera y de afuera viene con ese estilo…

—Sí, al final también es un modelo importado de Estados Unidos y eso genera un conflicto grave, porque en Estados Unidos los raperos especulan con lujos y dinero, y en esas sociedades pueden hacer préstamos para pagar un Ferrari o una casa con piscina, eso aquí no es posible. Al ser ese el referente social de los jóvenes, pues empieza una carrera por conseguir eso, y la única manera de conseguir un carro de 500 millones de pesos es meterse a la mafia.   

—¿Y cómo logran consolidarse?

—Es que en Medellín hay una gran capacidad ejecutiva de trabajar en equipo, y estas son empresas muy bien consolidadas de producción, son corporaciones. Contrario de lo que todo el mundo piensa, que los reguetoneros son gente de barrios populares superados por la música, no, son pelaos de clase alta con equipos poderosos de colombianos y norteamericanos en el lado ejecutivo y comercial. En Medellín se vuelven los fortines y los epicentros de estas manifestaciones porque son mucho más fáciles las prácticas ilegales de corrupción musical o, como más legalmente se habla, prácticas de competencia desleal. De ahí la capacidad que tiene de inversiones muy altas de muchos millones, y la gente no se pregunta de dónde salen 300 millones de pesos para posicionar una canción.

—¿Pero qué opinás del reguetón como música?

—El reguetón es una música básica, muy sencilla de elaborar, pero con el tiempo hay personas muy talentosas. Hablo de Infinity Music, que es un par de talentosos músicos de acá que son las estrellas del reguetón en la producción y se siente no solo su hambre por crecer en lenguaje, sino que hacen su tarea porque siempre mejoran y es un trabajo admirable musicalmente.

Después, más tarde, porque el cambio horario o quizá un concierto interrumpen la conversación, Juancho Valencia hablará del Fruity Lopps, dirá que es uno de los softwares más sencillos y que el productor del reguetón es solo un gran editor o un gran bibliotecario que tiene acceso a una librería enorme y diversa, un monstruo, y que los grandes productores, los buenos de verdad, saben cómo suena el libro A con el M, cómo se pueden mezclar. Eso hacen. Como quien dice: el talento supremo. (La favela que se aferra al fútbol para combatir la guerra)

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Ver los conciertos de J Balvin y Maluma que aparecen en YouTube es darse cuenta de que ellos son las nuevas estrellas del pop. Son conciertos repletos con músicos en vivo, todos dotados de gran calidad. El reguetón está lleno de modismos del pop, la influencia de Medellín –el favor de vuelta– sobre los de Puerto Rico ha arrasado con la cadencia africana, esa que permanece en las canciones más rudimentarias de Tego Calderón o de Daddy Yankee, las que hacen olvidar tanta teoría sociológica, tanto análisis, las que permiten descubrir que la gravedad suprema late en la mitad del cuerpo.

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