El martes me fusilan
A las 6 de la mañana.
Por creer en Dios eterno
Y en la gran Guadalupana.

(El martes me fusilan, ranchera predilecta de Alejandro Ordóñez)


A mediados de mayo de 2013, el procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez, y su esposa, Beatriz Hernández, tomaron asiento en la parte delantera del avión presidencial. No muy lejos de sus puestos en la cabina sin ventanas de la aeronave los aguardaban el senador Roy Barreras, el presidente Juan Manuel Santos, su mujer, María Clemencia Rodríguez, y su hijo Martín. Por invitación del mandatario colombiano, Ordóñez y su esposa hacían parte del cortejo oficial que estaría presente en el Vaticano para la canonización de la madre Laura, una misionera religiosa nacida en Jericó, Antioquia. Viajarían una noche de luna nueva y llegarían el 11 de mayo a Roma, un día antes del evento en honor a la santa de origen paisa.

Antes de despegar, el procurador saludó cortésmente a sus acompañantes de viaje y al poco tiempo se olvidó de ellos. Mientras el avión se elevaba y el presidente y su familia conversaban, Ordóñez abrió una copia de la autobiografía de la madre Laura y se abandonó a su lectura. Durante las cerca de once horas que duró el vuelo, el procurador a duras penas cruzó palabra con quienes se encontraban a su lado. Ordóñez parecía sumido en un piadoso ritual que se repetía una y otra vez. Leía las palabras de la madre Laura. Se detenía tras un par de páginas. Sacaba el rosario que siempre carga en su bolsillo y rezaba pasando las cuentas entre sus manos, repasando en silencio los misterios de Jesús y de la Virgen. Se sumía nuevamente en la lectura. Páginas y páginas y de nuevo los eternos padrenuestros y avemarías.

No había espacio para nada más en el avión presidencial. Ordóñez no parecía estar interesado en ningún tema terrenal. En una silla contigua, Roy Barreras se resignó al silencio minutos después de despegar. El entonces presidente del Senado no tardó mucho en darse cuenta de que era hora de pararse y buscar el libro que guardaba en su equipaje. Su vecino de asiento, Alejandro Ordóñez, uno de los hombres más poderosos del escenario político colombiano, solo deseaba rezar.

Alejandro Ordóñez Maldonado —“Lalo” para sus amigos, “Mi rey” para su esposa— nació el 29 de mayo de 1954 en Bucaramanga. El menor de cinco hermanos (tres hombres y dos mujeres), creció en una familia conservadora que iba a misa todos los domingos y rara vez discutía sobre política. Su padre, Miguel Ordóñez, provenía de una familia pudiente de Bucaramanga que operaba El Punto Rojo, una tienda que importaba misceláneas europeas. Mary Maldonado, su madre, es la hija única de un ganadero y comerciante de Ocaña, Norte de Santander, un hombre ansioso cuyas desastrosas aventuras financieras eventualmente lo obligaron a mudarse a Estados Unidos.

Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, Miguel Ordóñez viajó por Europa y estudió galletería en Bélgica. A su regreso en 1937, fundó en Bucaramanga la fábrica de galletas La Aurora. A sus hijos les hablaba sobre cómo hallar el término exacto de las galletas por medio del tacto. Luego, en vacaciones, los levantaba a las cinco de la mañana para que lo acompañaran a organizar los empaques y a aprender cómo funcionaba el proceso. Alejandro se entretenía buscando los ratones atrapados en las trampas dispuestas el día anterior. Recorría los resquicios de la fábrica con un costal en el que uno por uno iba dejando caer los roedores muertos. Al final de la semana, al igual que sus hermanos, el niño que cazaba ratones recibía como pago una mesada que su padre depositaba en una alcancía.

Miguel Ordóñez regía la casa con disciplina prusiana. Todas las noches pasaba el cerrojo de la puerta del hogar a una hora fija y se iba a dormir. Una noche en su adolescencia, Alejandro llegó después de la hora habitual. El padre permaneció impasible mientras su hijo golpeaba y golpeaba la puerta principal. Rendido, Alejandro caminó hasta el Parque Turbay y se acostó a dormir en una banca. Nunca volvió a llegar tarde.

Las malas conductas se castigaban sin demora. Cuando cometían una falta, el jefe de casa obligaba a sus hijos a sentarse en silencio durante horas en un mesón en La Aurora. “Era una casona inmensa —me dijo José Luis Ordóñez, hermano del procurador—. Daba miedo”. Cuando la falta era grave —falta gravísima, dirían en la Procuraduría— el castigo consistía en no llevarlos después de la misa dominical a la finca familiar, en la Mesa de los Santos.

Todos los domingos, la familia Ordóñez viajaba a la hacienda La Cruz en las montañas de Santander. Allí, mientras Alejandro y su padre se sentaban a leer bajo un quiosco, los demás hermanos nadaban en la piscina, jugaban con submarinos de madera y aprendían a manejar, actividad que nunca llamó la atención del hoy procurador. Aunque en ocasiones Alejandro salía a cazar hormigas culonas en el monte o a montar a caballo, lo usual era encontrarlo inerte con un libro entre las manos.

Seguía el ejemplo de su padre. Además de ser un galletero, Miguel Ordóñez era un lector empedernido que vivía obsesionado con las culturas antiguas. Egipto, Babilonia, la Isla de Pascua… las estudiaba día y noche, ajeno al resto del mundo. Sobre todo, lo consumía el lenguaje de los pascuenses, hasta entonces incomprensible. En 1984, tradujo apartes de dicha escritura para el Primer Congreso Internacional: Isla de Pascua y Polinesia en Chile.

La rutina era similar en la casa en Bucaramanga. Rara vez había fiestas o reuniones que incluyeran algo diferente a conversaciones moderadas. El alcohol era virtualmente desconocido. Rara vez se servía un vino y los licores más fuertes no tenían cabida en la mesa. Al jefe del hogar lo mortificaban los juegos de azar, así que nunca hubo naipes ni apuestas de ningún tipo.

“Fue difícil ser hijo de una persona como mi papá”, me dijo Miguel Ordóñez hijo, el mayor de los hermanos Ordóñez Maldonado. Contrario al hoy procurador, Miguel, un hombre delgado y canoso, eventualmente sintió la necesidad de rebelarse ante la autoridad paterna. “Para mi papá, su mujer fue una y solo una. En la casa, por ejemplo, nunca hubo una fiesta con baile incluido. Por ese tipo de cosas tuvimos nuestras diferencias”, me dijo.

Alejandro no pareció tener problemas con el estricto código de su padre. Aparte del incidente de la puerta, no hubo mayores diferencias entre padre e hijo. El hombre que décadas más tarde pondría en vilo a alcaldes y senadores asumió como suyos los valores de su papá y los llevó incluso más lejos. De hecho, encontró un asidero en la religión que quizá no existía para su progenitor. “Yo a él nunca lo he visto derrotado o afligido —me dijo Miguel—. La fortaleza de mi hermano radica en su capacidad de refugiarse en sus creencias”.

A finales de febrero, viajé a Bucaramanga para hablar con algunos de los amigos de infancia y juventud del procurador general de la nación. Una mañana poco antes de regresar a Bogotá, visité el Colegio San Pedro Claver, una institución jesuita fundada en 1897 de donde Ordóñez se graduó en 1971. El colegio se encuentra ubicado a escasas cuadras de la casa donde Alejandro vivió durante la mayor parte de su juventud. Hoy un bar llamado Saxo Pub, la casona de la familia Ordóñez era el centro de reunión de varios de sus compañeros, quienes lo acompañaban a estudiar después de clases movidos por la promesa de galletas frescas de La Aurora.

En el colegio, Ordóñez era un niño supremamente tímido. No perdía materias, pero tampoco era de los mejores. No tenía muchos amigos y no era bueno para los deportes. En los recreos prefería sentarse a leer antes que jugar fútbol. Evitaba las peleas e intentaba no causar problemas a nadie. No utilizaba bluyines o vestimentas similares. Contrario a sus amigos, usaba traje y corbata todos los días a pesar de que en aquella época el colegio no tenía un uniforme. Evitaba la bebida, no fumaba y no tuvo novias. Nunca infringió las reglas de la institución.

Durante años, Ordóñez durmió con gatos a su lado. Hacia finales de la primaria y principios de su bachillerato, según cuenta su hermano, trajeron a un nuevo felino a la casa. Tenía un hongo en el pelo llamado tiña, y Ordóñez contrajo la enfermedad. Para acabar con el hongo, le cortaron el cabello y le pintaron la cabeza calva con azul de metileno. El tratamiento tomó 15 días. Dos semanas de acudir al colegio con el cráneo púrpura. “La verdad es que no le importó”, me dijo su hermano Miguel.

A Ordóñez solo le interesaba participar activamente en materias como Filosofía. Disfrutaba las discusiones y defendía con vehemencia sus posiciones. Desde ese entonces, se sentía fascinado por la religión, la heráldica y el viejo poderío de España. En misa, sus compañeros de clase se sorprendían por el fervor de su amigo, quien nunca ocultó su interés por el catolicismo. En lo que se refiere al medioevo, los amigos que ciertas tardes iban a jugar ajedrez a su casa podían observar en su cuarto dos alabardas y una réplica de la Tizona, la espada de Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid.

Dichos intereses se fortalecieron durante sus años universitarios. Ordóñez empezó a estudiar Derecho en 1972 en la Universidad Javeriana de Bogotá (el exministro Fernando Londoño Hoyos, hoy un gran amigo, fue uno de sus profesores). En la capital, se la pasaba de arriba abajo con un grupo de diez santandereanos entre los que se encontraban los hijos de Humberto Silva Valdivieso y de Ciro López, dos congresistas de su departamento. El grupo se reunía a menudo en la 101 con 12 en la casa de Silva Valdivieso, un político santandereano de la línea de Gilberto Alzate. Allí, empacaban votos, bailaban y comían los platos típicos de su tierra que no podían encontrar en las inmediaciones de la Javeriana. Ordóñez, quien ni bailaba ni tenía novia para distraerlo, dedicaba su tiempo al estudio y a reuniones en la casa del Partido Conservador en Teusaquillo, donde conoció a Álvaro Gómez Hurtado, uno de los políticos que más han influenciado su pensamiento.

A pesar del ambiente político y las otras ventajas que ofrecía la capital, Ordóñez y nueve de sus compañeros regresaron a Bucaramanga al año siguiente. En general, según me dijeron tres de ellos, su rendimiento académico en la Javeriana había sido mediocre. Por otro lado, nunca se adaptaron del todo a la ciudad. Retornaron a Bucaramanga justo a tiempo para matricularse en la primera promoción de Derecho de la Universidad Santo Tomás.

Ordóñez se radicalizó a partir de ese momento. De acuerdo con Daniel Coronell, en 1975, el actual procurador firmó junto con Armando Valenzuela —futura inspiración del partido nazi en Colombia— y tres personas más un documento felicitando al general golpista y dictador ecuatoriano Guillermo Rodríguez Lara por haber lidiado con un contragolpe en su país.

En Bucaramanga, un profesor universitario retirado recuerda haberlo visto desfilando por la ciudad vistiendo sotanas negras y armaduras medievales en procesiones organizadas por grupos de ultraderecha como Tradición, Familia y Propiedad. Ordóñez sentía una genuina simpatía por estas organizaciones y no dudó en acompañarlas en causas como la célebre quema de libros que tanto se le ha criticado.

La noche del 13 de mayo de 1978, el hoy procurador marchó hasta el parque San Pío X en el barrio Cabecera de Bucaramanga. Llevaba consigo bajo su brazo varias revistas Playboy y Vea para alimentar la hoguera. Rodeado de niños, curiosos y fanáticos religiosos, Alejandro se reunió en medio del parque con un grupo de amigos que regresaban cargados con libros —“publicaciones corruptoras”, en palabras de la organización que ideó el evento— de la Biblioteca Pública Municipal Gabriel Turbay.

Fundada y dirigida por el intelectual tolimense Jorge “el Gordo” Valderrama, la biblioteca se convirtió desde su apertura en un centro cultural donde era posible encontrar desde obras clásicas de literatura universal hasta escritos marxistas. Aquella tarde, un grupo afiliado a la Sociedad de San Pío X asaltó la biblioteca ante un atónito Valderrama. Encabezados por Hugo Mantilla, un politólogo e historiador de derecha que huyó del país en 1998 debido a amenazas relacionadas con el homicidio de Álvaro Gómez, y por Juan Carlos Martínez Santoro, un psiquiatra uruguayo tristemente reconocido por su uso de terapias con choques eléctricos, varios miembros de la sociedad robaron textos marxistas y algunas obras de literatura. Los títulos varían según las fuentes, pero, fueran los que fueran, ardieron tras una oración comunal junto a las revistas pornográficas que quemó el hoy procurador.

Alrededor de un año más tarde, Ordóñez reiteraría sus creencias a través de su tesis de grado, Presupuestos fundamentales del Estado católico, un escrito cuyo hilo conductor no parece ser el derecho, sino la defensa de una cosmología religiosa que debe permear todos los ámbitos de la sociedad. No en vano el director de su tesis, el profesor Jorge Patiño Linares, hace en el preámbulo al escrito la siguiente advertencia sobre su alumno: “(…) se le tildará de ultramontano, teócrata, retardatario, retrógrado y demás de la laya”. La tesis de Ordóñez, juiciosamente dedicada a la Virgen, defiende la primacía del derecho natural —la ley de Dios— sobre el derecho de cualquier Estado. El hoy procurador sostiene la necesidad de regresar a “un verdadero cristianismo” en el que una vez más primen los valores tradicionales. Solo así se podría escapar a la debacle que conllevan los Estados democráticos contemporáneos. “La democracia moderna tiende siempre al comunismo —escribe Ordóñez—. Porque su dialéctica interna la lleva a formas masificantes y socializantes”.

Lo anterior no es del todo extraño si se tiene en cuenta que Ordóñez en realidad no estaba muy interesado en el derecho en ese momento de su vida. Su vocación era otra. En 1979, el hombre al que años después sus opositores apodarían “Monseñor” recibió su diploma por ventanilla y partió de inmediato hacia un seminario lefebvrista en Argentina. Al dejar atrás su ciudad natal, Alejandro Ordóñez estaba convencido de lo que su futuro le deparaba: en seis años se convertiría en sacerdote.

¿Qué sucedió con el prospecto de sacerdote en los años siguientes? En mayo de 1982, mientras Argentina se hundía en la Guerra de las Malvinas, Alejandro Ordóñez abordó un avión rumbo a Colombia. Luego de tres años fuera del país y contra todos los pronósticos, regresaba a Bucaramanga con la intención de abandonar los estudios religiosos para formar una familia.

Durante esos tres años, había pasado por Argentina y por Suiza, y había visitado Francia en su tiempo libre. Aprendió a hablar francés e interiorizó la misa en latín que hoy recita en voz baja todos los domingos. En París, conoció y se hizo amigo de don Sixto Enrique de Borbón, un político español del ala tradicionalista, quien para ojos de algunos de sus seguidores es el legítimo heredero del trono de España. Don Sixto, un asiduo invitado de la casa de Ordóñez cada vez que visita Colombia, le entregó en 2006 la Orden de la Legitimidad Proscrita como premio por su apoyo a la comunidad tradicionalista española. (Otros condecorados incluyen el dictador uruguayo Juan María Bordaberry y el escritor español Ramón del Valle-Inclán.)

En Ecône, Suiza, el entonces aspirante a sacerdote estudió bajo la sombra de los Alpes en un pequeño seminario rodeado de pinos, sauces y pastizales. Allí se concentró en la Filosofía, su materia predilecta desde el colegio, y leyó en profundidad a Santo Tomás de Aquino, el autor cuyos escritos forman las bases de su filosofía del derecho. Ordóñez nunca ha hablado sobre su tiempo en el seminario. Una mirada al pénsum actual da una idea de lo que vivió el procurador en esos años: hoy los seminaristas que viajan a Ecône cumplen con un riguroso horario que incluye varias misas diarias, cerca de ocho horas de instrucción, una conferencia espiritual y media hora de plegarias en comunidad en las que es usual rezar el rosario. Para Ordóñez, quien aún reza varios rosarios cada día, el ritmo no planteaba mayor problema. De hecho, lo más probable es que hoy sería un sacerdote lefebvrista si no hubiera conocido a Beatriz Elena Hernández Sampayo.

La serie de eventos que lo llevaron a abandonar su vocación se inició con el matrimonio de Juan Gabriel López, su mejor amigo. En 1981, el hombre que deseaba ser sacerdote regresó a Bucaramanga para la boda de su compañero de colegio. Una tarde, Beatriz Hernández, la hermana de la prometida de López, pasó manejando frente a la casa de los Ordóñez y divisó a Alejandro en la entrada. Lo había visto un par de veces en la universidad, pero siempre lo había considerado una persona inalcanzable. “Un seminarista tiene que ser un muy buen esposo”, pensó para sí. Se propuso abordarlo durante el matrimonio. Después de todo, no tenía nada que perder.

Inicialmente, Ordóñez no supo cómo reaccionar ante los avances de Beatriz. En muchos sentidos, era su opuesto. Extrovertida y habladora, Beatriz era un tipo de persona con la que Ordóñez nunca había cruzado más de un par de palabras. Lo asustaba, pero también lo atraía.

Empezaron a salir los meses que duraron las vacaciones de Ordóñez en Colombia. Se reunían a tomar café y conversar en la sala de la casa de los Hernández. Iban a cine a ver películas religiosas durante Semana Santa. Rezaban, charlaban y caminaban por Bucaramanga mientras Ordóñez se extraviaba en un conflicto cada vez mayor.

Decidió quedarse. Tres meses más tarde, tras volver de un retiro espiritual, le informó a Beatriz que su vocación era inescapable. Desapareció un par de días y luego la volvió a llamar. La novela se repitió una y otra vez hasta que Beatriz le dio un ultimátum. Días después, Ordóñez abordó un avión a Buenos Aires con la intención de regresar al seminario y cumplir con lo que desde hace años creía que era su llamado.

No se supo nada de él durante casi un mes. Luego, una tarde, la empleada del servicio de los Ordóñez llamó a Beatriz a su casa y le dijo que había una carta esperándola. Prevenida, Beatriz tardó unos momentos en abrirla. No deseaba leer una nueva despedida o una nueva explicación sobre por qué la vida de su exnovio pertenecía a Dios. Se saltó todas las páginas y se limitó a leer la última. Alejandro regresaba. Renunciaba a la curia de una vez por todas. Quería casarse con ella y empezar una familia. “La fe es un talento y desaparece como todos los demás talentos”, escribe Martin Amis.

Una noche, poco tiempo después de empezar a trabajar en este perfil, recibí cuatro llamadas de un número desconocido. Cuando finalmente contesté, la esposa del procurador se presentó y, sin más preámbulo, me preguntó para quién y por qué estaba hablando con amigos y conocidos de su marido. Brevemente y algo sorprendido —no sé cómo consiguió mi celular—, le expliqué.

La casa del procurador siempre está abierta para los periodistas, me dijo. La verdad no entendía por qué a una revista “tan charra” como SoHo le interesaba escribir sobre su esposo, pero no tenía problemas en reunirse conmigo cuando tuviera tiempo. De hecho, si no fuera para esa revista, nos podríamos reunir los tres. Después de todo, no había nada que ocultar. “Alejandro Ordóñez nunca ha negado una entrevista”, dijo poco antes de colgar.

Nos reunimos en su apartamento en el norte de Bogotá varios meses después de que el procurador, en repetidas ocasiones, me negara una entrevista. Las puertas del ascensor se abrieron directamente en el apartamento. Sonriente, Beatriz me invitó a pasar. Vestía un saco de lana color verde pastel y un pantalón ocre. Dos enormes perlas se sostenían en sus orejas, complementando un voluminoso collar del mismo material.

Avanzamos hasta la sala, cercados por cuadros religiosos que recordaban la escuela de Cuzco o de Lima. Vírgenes y santos compartían las paredes con uno que otro bodegón. Pesadas cortinas color ocre servían de trasfondo a antiguos muebles verdes y amarillos. Orquídeas y rosas decoraban mesas sobre cuyas superficies aguardaban pequeños platos de porcelana con almendras, macadamias y dulces. Varias esculturas en alabastro de niños y un busto de Safo de Lesbos —He aquí mis asiduos lamentos, pero ¿qué podría hacer yo? A un ser humano no le es dado durar por siempre— complementaban la decoración, ideada 100 % por Beatriz. A pocos pasos se encontraba una de las bibliotecas de su esposo: volúmenes sobre Derecho y textos de Platón, Santo Tomás de Aquino, Juan Donoso Cortés y Nicolás Gómez Dávila.

No pasó mucho tiempo antes de que Beatriz me confesara que ella es quien exculpa a su esposo ante los medios de comunicación. “No tengo el temperamento de mi marido —dijo tras un suspiro—. Él es un hombre prudente, mesurado, calmado. Yo no. Yo soy muy primaria, impulsiva y me provoca salir a defenderlo porque es el hombre de mi vida, es el hombre con quien yo decidí casarme y es el hombre más bueno que pueda existir”.

Mientras él calla, ella invita a los periodistas a su casa y los llama cuando no está de acuerdo con sus notas. La primera vez que la vi, me contó satisfecha cómo logró que el portal electrónico Las Dos Orillas cambiara un título. De acuerdo con Beatriz, el artículo inicial, llamado “La hija descarriada del procurador vuelve a casa”, pasó a ser “Las cuatro mujeres del corazón del procurador” luego de que ella hablara con la persona adecuada. (Cuando semanas después le pedí más detalles sobre el tema, Beatriz negó que hubiera hecho llamadas a otros medios). En cuanto a la posibilidad de llevar a Daniel Coronell a su apartamento, Beatriz fue clara: “No eso, no. Eso sería como traer aquí al demonio”.

Beatriz nació en Barranquilla, pero vivió la mayor parte de su vida en Bucaramanga. Su mamá, una costeña de Magangué, se encargó de criar a sus tres hijas luego de que su esposo, un capitán de barco, las abandonara. Creció en Bucaramanga, donde sus compañeros en ocasiones se burlaban de su acento y la llamaban “la costeñita”. Más adelante, estudió Derecho en la Universidad Santo Tomás mientras su entonces prometido dictaba clases en el mismo claustro.

Allí, durante su último año, Beatriz solía presumir de su relación. Varias de sus amigas, sin embargo, se negaban a creer sus historias. ¿Cómo era posible que esa costeña habladora que amaba el baile y la fiesta estuviera con ese profesor reservado y tímido cuya vida privada era un misterio para todos? Seguro eran cuentos de Beatriz, decían.

Una mañana, para demostrarles que no estaba mintiendo, Beatriz reunió a sus amigas y se acercó por detrás a su prometido. Ordóñez se encontraba hablando con otros docentes cuando Beatriz interrumpió la conversación y lo saludó, coqueta, con un beso en la mejilla. El hoy procurador la tomó del brazo y la separó del grupo. “Señorita —le dijo molesto—, de la universidad para adentro usted es mi alumna. De la universidad para afuera es mi novia”.

Beatriz no supo cómo reaccionar. Quería llorar, gritar, terminar la relación, demostrarle que no tenía derecho a tratarla así. Al día siguiente, se fue a la universidad utilizando el tipo de atuendo que Ordóñez detestaba (y detesta). Se puso una minifalda y una camiseta de tiritas con un llamativo escote. Ya en el campus, se aseguró de pasar lentamente frente a su novio sin saludarlo. Un par de pasos más adelante, sintió que alguien la tomaba del brazo. “¿Qué haces vestida de esa manera en la universidad? —le recriminó Ordóñez—. Doctor, qué pena, pero de la universidad para adentro usted es mi profesor —respondió Beatriz—. De la universidad para afuera, usted es mi novio”.

“Se puso furioso —me dijo Beatriz entre risas—. Pero claro, yo nunca le he hecho caso. No le he parado bolas sobre cómo vestirme, ni cómo nada. Jamás en la vida. No le paro bolas”.

A principios de 2011, mientras en la Procuraduría cursaba una investigación en contra del alcalde de Bucaramanga, Fernando Vargas Mendoza, quien sería destituido e inhabilitado por diez años para desempeñarse en cargos públicos, Alejandro Ordóñez hizo una breve visita a su ciudad natal. Cuando se encontró con uno de sus amigos de confianza, le comentó sobre las pesquisas y le hizo una pregunta sobre el tema: “¿Es cierto que el alcalde hace orgías?”.

El procurador llegó a la política de la mano del conservadurismo en 1986, en ese entonces y aún hoy motivado por un afán moral que todavía despliega en discursos y entrevistas. El hombre que en su primer periodo al mando del ministerio público castigó a 828 alcaldes, 622 concejales y 49 gobernadores dio su primer paso como concejal de Bucaramanga entre 1986 y 1989. Cuatro años más tarde, dio el salto al Tribunal Administrativo de Santander, posición que le sirvió para eventualmente llegar al Consejo de Estado. Allí fue un consejero común y corriente, de acuerdo con un exmagistrado que trabajó a su lado. No obstante, llegó a la presidencia de dicha institución, una posición que le permitió ampliar sus contactos en las ramas judicial y legislativa.

Meses antes de abandonar su puesto como consejero de estado, Ordóñez se sentó a discutir su futuro con su esposa. Quiero ser procurador, le dijo. Una cena a finales de 2007 a la que asistieron Carlos Holguín y varios senadores del Partido Conservador marcó el rumbo que Beatriz seguiría al año siguiente. Desde mediados de 2008, Beatriz lideró una larga y efectiva campaña que involucró innumerables comidas, desayunos y almuerzos con senadores de todo el espectro político.

Ordóñez fue elegido procurador general de la nación en diciembre de 2008. Hoy, después de más de cinco años en el cargo —fue reelegido a finales de 2012— el hombre que iba a ser sacerdote infunde temor entre congresistas y no aforados. “Cuenta con la ventaja doble de poder utilizar la zanahoria y el garrote”, me dijo un expresidente del Consejo de Estado, quien me pidió que no usara su nombre. Por un lado, tiene la capacidad de entregar puestos a dedo en la Procuraduría —nombró a más de 500 personas en cuatro años y tiene a su cargo más de 4000 empleados. Por el otro, puede sancionar —y ha sancionado—a virtualmente cualquier empleado público. En sus más de cinco años en el poder, ha destituido a 20 congresistas, 149 concejales, 308 alcaldes y 37 gobernadores (no sobra recordar que el país tiene 32 departamentos). En palabras de su esposa, “hay mucho respeto hacia la figura del procurador”.

El temor, no obstante, parece limitarse a la esfera pública. La autoridad de Ordóñez deja de ser absoluta al cruzar el umbral de su casa. Beatriz controla las finanzas y lleva las riendas del hogar. Ella elige y compra los vestidos, los zapatos y las corbatas de su esposo. Desde que se casaron, ella se encarga de escoger las camisas blancas que su esposo siempre utiliza. Es una devota confesa de su marido. Todas las mañanas, lo consiente y revisa que no salga de casa con la corbata torcida. Fue la encargada de manejar el carro antes de que tuvieran escoltas —Ordóñez nunca aprendió a manejar — y ella es la que ha tomado la mayoría de decisiones con respecto a sus tres hijas.

“Con las vestimentas a veces era como muy fregón y yo por ahí como que les camuflaba a las niñas”, dijo Beatriz. En el colegio, Nathalia, la segunda de sus hijas, modeló con el apoyo de su madre y a espaldas de su padre. Se realizó varias operaciones estéticas y es reconocida por su belleza. Sus tres hijas tuvieron novios, pelearon entre sí, salieron de rumba y se emborracharon en las noches de la capital. Nathalia, quien conoció a su actual esposo en las regatas en Cartagena, celebró su despedida de soltera con ponqués de chocolate en forma de pene. Ángela María, la menor de las tres, se fue de su casa a vivir con su novio antes de cumplir los 18 años. Cortó brevemente los lazos con su familia hasta que el procurador, en un gesto de apaciguamiento, empezó a ir a cenar semanalmente a la casa de los novios. Tras cumplir la mayoría de edad, Ángela María se casó en una sencilla ceremonia en el Chicó. Poco tiempo después, se divorció. Sus padres llevaron el caso al Tribunal Eclesiástico, donde el matrimonio finalmente fue anulado.

En su casa en Bogotá, Ordóñez se refugia en los libros de su estudio. Mientras un séquito inagotable de familiares de Beatriz entra y sale del apartamento, Ordóñez se excusa y se pierde en la lectura, lejos de los chismes y los rumores sobre hombres y fiestas. En los viajes familiares a la costa, cuando sus hijas salían a la playa en reveladores bikinis, el procurador se encerraba en su cuarto.

Un caluroso domingo de febrero en Bucaramanga, el procurador general de la nación tomó asiento en la primera fila de la capilla San José, una simple iglesia blanca con dos campanarios a la que siempre asiste cuando está en su ciudad natal. No muy lejos de su puesto, sus escoltas esperaban a que terminara la misa de las ocho de la mañana para poder partir hacia Bogotá.

Uno que otro observaba de reojo a una joven pareja que intentaba calmar a su bebé con una Barbie en minifalda. A la entrada, un cartel en letras rojas advertía: “No entre a la iglesia con ropa inadecuada, ni mascando chicle”. Al lado del cartel, una pequeña tienda ofrecía una biblia comentada, imágenes de la Virgen, la Novena a la Sangre de Cristo, camándulas y una revista antimodernista católica.

Ordóñez permanecía arrodillado con la cabeza gacha. Sostenía en sus manos una vieja y pesada liturgia latina que lo acompaña todos los domingos. Repetía en voz baja los apartes de la misa en latín que ya había aprendido en sus tiempos del seminario. Observaba directamente una estatua de un enorme crucificado que cubría la pared central de la iglesia.

El sacerdote lefebvrista recitaba las oraciones dándoles la espalda a sus feligreses. A la hora de la homilía, se dio la vuelta. El hombre arrodillado en la primera fila bien podría haber ocupado su puesto.

“Más gente se condena de la que se salva —dijo ya hablando en español—. No os hagáis ilusiones: ni los fornicadores, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas verán el Reino de los Cielos”.

Los escoltas bostezaron y parecieron exhalar un suspiro de alivio una vez el prelado recitó la bendición final. Mientras la gente abandonaba la iglesia, Ordóñez se quedó en su silla, absorto en la liturgia. Su equipo de seguridad aguardaba ansioso.

Tras varios minutos, Ordóñez se levantó, dio un par de pasos y se detuvo frente al Cristo sangrante. Sus guardaespaldas iban y venían anticipando la salida. El procurador se volvió a arrodillar. Cerró sus ojos, ajeno a lo que sucedía en el resto de la capilla. Afuera, frente a una calle abarrotada de camionetas blindadas, una veintena de personas esperaba su turno para saludarlo y tal vez pedirle algún favor. Entre tanto, de rodillas en la iglesia, Alejandro Ordóñez, el hombre que inspira miedo en algunos de los políticos más poderosos del país, solo quería seguir rezando.

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