Seúl, Corea del Sur, a 80 kilómetros de la frontera con Corea del Norte

Esta es una de esas historias que solo se oyen en la barra de un bar. Donjin (cantinero ocasional, surcoreano de 28 años, estudiante de Ingeniería) la contó mientras preparaba un mojito en un lugar del centro de Seúl frecuentado por directores de cine y actores locales. (De turismo en el peor país del mundo)

Para que la historia de Donjin se entienda mejor, es preciso ir 70 años atrás en un segundo. Es el 14 de agosto de 1945, el mismo día en que Japón se rindió después del bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki. Luego de que el emperador Hirohito aceptó por radio la derrota de su país, los coroneles del ejército estadounidense Charles Bonesteel y Dean Rusk abrieron una revista National Geographic y sobre un mapa de Asia trazaron una línea para dividir Corea a la altura del paralelo 38. Los japoneses habían colonizado por casi cuatro décadas la península coreana y, una vez expulsados luego del ataque nuclear, el botín de guerra pasó a repartirse en dos según las calcomanías ideológicas de la época: de aquí para arriba, los comunistas rusos (más tarde los chinos) decidirían qué se hace; de aquí para abajo, los capitalistas norteamericanos darían las instrucciones. Así, como en una ida rápida al baño, a un milenario reino asiático le nacieron dos cabezas: Corea del Sur y Corea del Norte. Pocos años después, en 1950, vino una guerra entre el cuerpo bicéfalo, donde el lado sur fue apoyado por las fuerzas de Naciones Unidas, encabezadas por Estados Unidos, y el lado norte, por China. Después de tres años de carnicería y cuatro millones de calaveras (están enterradas por ahí, en todos los rincones de la península coreana) se firmó un armisticio en 1953 para detener los tiros. Ningún bando fue declarado ganador. De hecho, técnicamente la guerra entre ambos continúa hasta hoy.

Un día de 2012, Donjin, que por ese entonces prestaba el servicio militar obligatorio de 18 meses, recibió la tarea de patrullar una zona despoblada y montañosa del este de su país, muy cerca de la frontera con Corea del Norte. En su recorrido en medio de la nada, la escuadra de Donjin se encontró con una extraña construcción cerca del Valle de Ponchibol. Curioso ante la particular forma del edificio, un observatorio coronado por una piscina desocupada y algunos parasoles rojos oxidados, Donjin le preguntó al oficial que comandaba la patrulla por la historia del lugar. Era evidente que no se trataba de un sitio de veraneo, ya que tenían a sus pies la zona desmilitarizada, también conocida como DMZ. La zona, llena de minas y alambradas, se estableció con la firma del armisticio y comprende una franja de 4 kilómetros en los que ninguna persona puede dar un paso. Dos de ellos le pertenecen a Corea del Sur y los otros dos, a Corea del Norte.

Luego de insistirle por un rato, el oficial por fin le reveló a Donjin la naturaleza del sitio. En 1992, el comandante en jefe del ejército surcoreano mandó construir una piscina para realizar el desfile en traje de baño del concurso Miss Corea del Sur en aquel valle desolado. Las candidatas se tuvieron que cambiar en una habitación de amplias ventanas que daban a Corea del Norte. Con unos binoculares de corto alcance los soldados comunistas las vieron contonearse desde el otro lado de la frontera. La piscina solo se usó ese día y después el lugar fue abandonado.

“¿Por qué hicieron semejante cosa?”, le preguntó a Donjin un cliente extranjero asiduo del bar, la noche en que contó la historia de la piscina. El cantinero hizo una pausa dramática y solo habló una vez cortó y exprimió un limón para otro mojito con hojas de shizo, el coctel de la casa. Según lo que les contó el oficial, todo se había tratado de una venganza. Meses atrás, los militares norcoreanos mandaron a un grupo de mujeres a bañarse a una cascada que estaba a tiro de piedra de la frontera. Los soldados surcoreanos las habían visto embelesados mientras jugaban en el agua. Las mujeres estaban desnudas.

Unification Observatory, este de Corea del Sur, a 1 kilómetro de la frontera con Corea del Norte

El bus atraviesa bancos de niebla, túneles húmedos, montañas todavía secas a pesar de que la primavera ya se siente en el resto de Corea del Sur. Cada tanto, por la ventanilla se ven guarniciones militares pequeñas, medianas, grandes, enormes. Luego de tres horas de haber dejado Seúl, el bus se detiene en una casa con un espacioso parqueadero al borde del camino. Última estación. Dos cachorros blancos se asolean mientras la dueña de casa y vendedora de los tiquetes de regreso le habla a uno de los pasajeros que se han bajado del bus, un pastor cristiano vestido de montañista. “Si quiere visitar el observatorio cerca de la frontera, debe tomar un taxi. A la Villa de Kim Jong-il puede ir a pie”. Así se le conoce a la casa de campo donde el antiguo dictador de Corea del Norte alcanzó a pasar algunas vacaciones durante su infancia. La línea que trazaron los coroneles norteamericanos en 1945 se modificó al firmarse el armisticio de 1953 y la propiedad quedó finalmente en el sur. (Mis suegros coreanos)

El precio del taxi, cerca de 25 dólares, ahuyentó al pastor, que se dio media vuelta y empezó a caminar a la casa de campo, en la que puede verse una foto de Kim Jong-il a los 5 años, en pantaloneta y con la boca encogida, sentado sobre las escaleras de piedra de la entrada. La construcción, rodeada por un tupido bosque de pinos, está sobre un acantilado que da a un mar color turquesa. Un sitio tan bello como aislado, que hace parte de la ruta turística armada sobre los despojos de una guerra fratricida.

En el parqueadero donde se ha detenido el bus aparece el señor Kang, de 74 años, oficialmente el mejor taxista de la zona. Así lo dice el chaleco de bolsillos tipo fotorreportero que lleva puesto. Nació al norte de la frontera, cruzó hacia el sur antes de que se firmara la tregua y ya no pudo dar vuelta atrás. Se quedó viviendo a pocos kilómetros de su pueblo natal, que lleva el mismo nombre en las dos Coreas: Goseong. El taxi del señor Kang parte rumbo al observatorio y toma una autopista de varios carriles. Es nueva, el asfalto se siente acolchonado. Aquí y allá obreros trabajan en la señalización de la vía y las aguas verdeazuladas del mar del Este se asoman detrás de las casas. Olas suaves se estrellan contra las playas y dejan regadas decenas de botellas de plástico. No hay quién las recoja. Nadie se puede aproximar, la orilla está cercada con alambre para evitar que un barco enemigo aparezca en la noche. El señor Kang conduce y señala la autopista, por la que nadie transita salvo él. Afirma muy orondo que todo está listo para la reunificación. La nueva carretera conectará el norte con el sur una vez se firme el pacto y las dos cabezas vuelvan a ser una sola. Si eso sucede, por esa misma ruta un tren podría subir hasta China, Rusia y, si se quiere, llegar hasta el resto de Europa. El problema es que la última vez que se habló en serio de una reunificación de Corea fue en 2007.

En el observatorio, a 70 metros sobre el nivel del mar, no hay muchos turistas, es temporada baja. Cuando llegue el verano, serán miles. Sobre las colinas cercanas se alcanzan a ver construcciones militares, algunas derruidas. Más allá de las cercas de la DMZ, las carrileras donde no pasa un tren hace años y una extensa planicie minada, se encuentra Corea del Norte. Los visitantes (muchos de ellos comparten la historia del señor Kang) pasan largos minutos viendo los riscos y las gargantas de la montaña Diamante, uno de los cuatro picos más importantes de la cordillera de Taebaek, un espinazo de roca que nace en el norte y muere en el sur de la península. Antes de que se quebrara en dos, la cordillera era un camino de peregrinaje para todos los coreanos, que en su mayoría tienen una relación casi sagrada con las montañas. El señor Kang, con su inagotable optimismo, está seguro de que volverá a la montaña Diamante pronto. La última vez que la visitó tenía 4 años.

Isla de Yeongpyeong, oeste de Corea del Sur, a 12 kilómetros de la línea marítima fronteriza con Corea del Norte

El capitán del ferri que cubre la ruta del puerto de Incheon a la isla de Yeongpyeong hace sonar tres veces la corneta que anuncia la partida. Es un transporte civil pero la mayoría de pasajeros son soldados que regresan a su base después de un fin de semana de permiso. Corea del Norte atacó la isla en 2010, y ahora los turistas que visitan el punto más cercano a la línea marítima que divide la zona oeste de las dos Coreas lo hacen bajo su propio riesgo. Por aquellas aguas transitan decenas de barcos pesqueros custodiados por embarcaciones militares de lado y lado. La isla está tan cerca de Corea del Norte que en un día despejado se pueden ver las chimeneas humeantes de la fábrica norcoreana de Hyeju.

La señora Cho trabaja en una pensión de pocas habitaciones donde casi todos los huéspedes son aficionados a la pesca. Además de ayudar en la cocina a preparar un estofado picante de cangrejo, la especialidad de la zona, la señora Cho conduce la camioneta en la que recoge en el puerto a hombres solitarios cargados de aparejos. Tiene varias pulseras de oro, el pelo recogido y una cara serena, pero reconoce que los nervios la traicionan cada vez que en marzo se oyen las sirenas durante los ejercicios militares que realizan los ejércitos de Estados Unidos y de Corea del Sur.

A diferencia del joven cantinero Donjin, que cuenta divertido las aberraciones de la guerra psicológica entre las dos Coreas, la señora Cho ha visto el fuego y ha olido la pólvora. Recuerda bien el día del ataque, a finales de noviembre de 2010, con el invierno en la puerta de su pensión. A la 1:30 de la tarde empezaron a caer los proyectiles norcoreanos en represalia a una supuesta provocación enemiga. La primera ronda duró 20 minutos. Árboles en llamas, casas y tiendas consumidas por el fuego, huecos tiznados de varios metros en las calles. Corea del Sur contraatacó con obuses. Aviones de guerra empezaron a sobrevolar la zona. Se declaró la alerta roja. La segunda oleada de misiles comunistas se extendió por media hora. Dos militares surcoreanos y dos civiles muertos, seis heridos graves y diez personas con heridas leves. Una inmensa columna de humo negro que llegó hasta el puerto de Incheon. Mil quinientas personas evacuadas de emergencia. Durante las cuatro horas que duró el intercambio de artillería, la señora Cho creyó que la guerra de Corea se había reiniciado luego de que el botón de pausa hubiera estado pulsado por 57 años. (¿Cómo es casarse con una coreana?)

Semanas después del inesperado ataque, la isla se militarizó a tal punto que hoy parece un fortín disfrazado de pueblo de pescadores. A la salida del puerto donde arriba el ferri hay carteles con dibujos de minas para que los civiles puedan identificarlas. A media cuadra de la pensión de la señora Cho hay un búnker con comida y agua para dos semanas. En cada esquina, una trinchera, pasos vedados, campos de entrenamiento, bodegas donde se guardan armas, tanques de guerra listos para tomar sus posiciones. Las casas donde cayeron los misiles nunca fueron reconstruidas. Ahora hacen parte de un museo interactivo con hologramas y presentaciones que hacen recordar los videojuegos, en los que voces de actores profesionales relatan lo que pasó durante las cuatro horas del bombardeo. Ahí están las tejas dobladas, las paredes con agujeros, los escombros, las teteras y los teclados de computador retorcidos por el calor, todo dispuesto para que los visitantes hagan un poco de dark tourism frente a la mirada impávida de los isleños. Aunque, la verdad sea dicha, solo la aldea de Panmunjom puede pelear con los pesos pesados de esa variante del turismo que sigue los rastros de la muerte y la tragedia: Auschwitz, Hiroshima, Chernobyl, Ruanda, Ground Zero.

Aldea de Panmunjom, 4 metros dentro de Corea del Norte

La cita es a las 8:00 de la mañana en el lobby del Hotel Lotte, una especie de inmenso crucero enterrado de punta en el centro de Seúl. Desde ahí arranca el tour en bus a Panmunjom, donde se firmó el armisticio en 1953. Sentir el último latido de la Guerra Fría, que se acabó en el resto del mundo hace ya varios años, cuesta 85 dólares, almuerzo incluido. Los vegetarianos tienen que avisar con anticipación. Hay que llevar el pasaporte y ropa adecuada, como si se fuera a una catedral o a una mezquita. Nada de jeans rotos, sandalias o minifaldas. Las prendas camufladas están fuera de discusión.

La señora Kim fue guía turística en los años ochenta en Seúl, luego emigró a Canadá y hace un par de años retomó sus labores con gusto. Antes, cuando Corea del Sur era pobretona, aparte de militares nostálgicos y diplomáticos desocupados, a nadie le interesaba visitar la frontera. Ahora en el país hay toda una industria alrededor de la zona desmilitarizada o DMZ. Se ofrecen planes que la bordean en tren, escaladas a las montañas donde están emplazados los observatorios, visitas a los cuatro túneles que los norcoreanos han excavado para invadir el sur y excursiones para poner un pie en territorio enemigo, como pasará hoy.

Dueña total de su pequeño escenario, micrófono en mano, con una rodilla flexionada sobre una de las primeras sillas del bus que 15 minutos atrás ha dejado el Hotel Lotte, la señora Kim suelta comentarios humorísticos mezclados con recomendaciones: “Los celulares deben estar en vibración, nadie quiere que un timbre estridente asuste a los soldados, ¿no?”. Al final, les desea suerte a todos los ocupantes del bus, lo que en otras palabras significa conseguir el trofeo de caza tan ansiado: una foto de un soldado norcoreano.

Sin haber dejado Seúl del todo, se empiezan a ver alambradas y puestos militares a lo largo del río Imjin, que nace en Corea del Norte y fluye hasta el sur. A finales de los años setenta, soldados norcoreanos cruzaron las aguas del Imjin y alcanzaron a llegar hasta la casa presidencial. Fueron abatidos antes de que pudieran colarse. Eran tiempos en los que el dinero no era suficiente para vigilar los 238 kilómetros de la frontera. Ahora que Corea del Sur es una potencia tecnológica, eficaces radares y millares de cámaras vigilan cada centímetro de la DMZ. (Por aquí pasó Corea)

“¿Si ven esos carteles publicitarios que anuncian llantas?”, dice la señora Kim cuando el bus empieza a transitar por carreteras secundarias. “En realidad son barricadas de concreto. Hay 100 de esas. En caso de enfrentamiento caerán sobre la carretera para retrasar por un tiempo el avance de los tanques”. A 10 kilómetros de la frontera ya no es permitido tomar fotos por la ventanilla del bus. Los soldados que revisan los pasaportes en el primer punto llevan un brazalete amarillo que dice Reunificación. Son muy jóvenes, parecen haber salido de una fiesta universitaria. Los que están dentro de las trincheras tienen las caras pintadas de negro-verde-marrón y armas de largo alcance. Custodian el puente de las vacas. Se le llama así porque el fundador de Hyundai, natural de Corea del Norte, después de donar dinero para la construcción del puente envió a su tierra una caravana de camiones con 1000 vacas de regalo en los años noventa, la peor época de hambruna en el país comunista. La segunda inspección de pasaportes se lleva a cabo ya dentro de la “aldea de la reunificación”. En ese punto hay que cambiarse a un bus del ejército y colgarse una identificación de color verde pistacho, así los soldados norcoreanos sabrán que se trata de un civil registrado.

El enlace militar saluda a la señora Kim. Lleva un radio y una pistola. Será el indicado de dar las instrucciones de ahora en adelante. El bus deja la base donde algunos soldados juegan fútbol y toma una carretera demarcada. Aparece en la lejanía un asta de un centenar de metros con la bandera de Corea del Sur. Poco después se ve una con la bandera de Corea del Norte. Es más alta y la bandera, aún más grande. “Ya solo faltan 500 metros para llegar a Panmunjom”, anuncia la señora Kim, ansiosa. No hay chistes esta vez. Si por alguna razón el bus se descarrila, puede ir a dar a un campo minado y volar en pedazos. De un momento a otro aparece una rotonda con jardines florecidos y varias edificaciones de dos pisos. Las paredes son de granito y los vidrios, opacos. Todo el mundo alista sus cámaras y teléfonos celulares. Nada de bolsos, nada de botellas de agua o manos en los bolsillos. El enlace da la orden: “¡Abajo, rápido, ya!”. Una vez fuera, hay que hacer una fila de a dos y entrar inmediatamente al edificio que está a pocos metros de donde se ha detenido el bus militar. Una corta espera en unas escaleras, amplias como las de un teatro. Risas nerviosas, caras expectantes. “¡Listo, adelante!”. Después de atravesar un pequeño vestíbulo y una puerta de cristal aparecen a campo abierto varias casetas pintadas de azul cielo. La mitad de cada caseta le pertenece a Corea del Sur y la otra, a Corea del Norte. Un sencillo trozo de cemento en el piso traza en este punto la frontera más custodiada del mundo.

Toda la escena tiene un punto irreal, algo así como estar frente a un dinosaurio vivo o al Arca de Noé, una imagen muy conocida pero a la vez nueva. Más allá de las casetas, varios soldados surcoreanos miran hacia una construcción colegial de dos pisos y terraza. No se ve su contraparte por ningún lado. Llevan gafas negras, chalecos antibalas debajo de los uniformes y parecen muy robustos en su pose marcial, con los puños cerrados a media altura y hacia adelante. Sin previo aviso, la señora Kim da la largada.

Tres minutos para entrar a la caseta del medio, el mismísimo lugar donde se firmó el armisticio. Una extraña descarga de adrenalina envuelve al grupo de turistas. Hay que caminar rápido. “¡Manos fuera de los bolsillos!”, grita el enlace, tenso. Adentro, mesas de madera, sillas verdes, mobiliario de dependencia ministerial. En la pared, un afiche con las banderas de los países que participaron en la Guerra de Corea, entre ellos Colombia. Un par de soldados que parecen hechos de cera miran hacia fuera por unas ventanas pequeñas y un poco sucias. La mesa principal tiene un banderín de Naciones Unidas. La mitad está alineada con el trozo de cemento que afuera marca la frontera. Varias personas del grupo la sobrepasan y ya están unos metros en Corea del Norte. De pronto alguien se da cuenta. “¡Mírenlos, mírenlos!”, como si se tratara de monos araña o cualquier otro animal en vías de extinción. Dos soldados norcoreanos esmirriados y con pesados cascos de conductor de tanque aparecen al lado de la caseta. Los flashes rebotan contra las ventanas blindadas. Una mujer trata de enmarcarlos para que aparezcan en su selfie. Otros dos soldados norcoreanos, un poco más lejos, miran hacia la construcción colegial en lugar de hacerlo hacia el sur, hacia el enemigo. Lo hacen desde que un ruso en los años ochenta los cogió por sorpresa y desertó con solo atravesar la línea de cemento. Los tres minutos se han acabado. (Un almuerzo en el Celler (el mejor restaurante del mundo))

Alguien arranca la última-última-última foto a los norcoreanos, que se retiran marchando. El grupo sale y se vuelve a alinear de a dos frente a las casetas. La señora Kim es la primera en notarlo. En la terraza del edificio norcoreano también hay turistas. Dice que es casi un milagro. Desde hace meses, cuando estalló la epidemia de ébola en África, los norcoreanos habían prohibido las visitas a la frontera. Los dos grupos de turistas se miran con atención. Se nota que algunos del norte señalan al sur. Ya no está claro quién es la atracción de feria.

Media vuelta y al edificio, al pequeño vestíbulo, a las escaleras y al bus. Un bajonazo común, una rara tristeza que se remediará con la visita a la tienda de suvenires, donde, entre otras cosas, se consiguen gafas negras marca DMZ y brandy norcoreano. “Los vegetarianos alcen la mano”, ordena sonriente, plena, la señora Kim, después de llevar al grupo de turistas a ver el cadáver insepulto de la Guerra Fría.

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