David proyecta su mirada hacia el horizonte rasgado por edificios grises. Una explanada de 3 kilómetros le separa de aquellas paredes de cemento a las que una mano de pintura robaría la impresión de que han quedado a medio hacer. Las observa casi penetrándolas, en silencio, como si la ausencia de sonido le permitiera percibir lo que allí ocurre. Su deber no es saberlo; otros —de los suyos— asumen ya ese cometido. Su consigna es sencilla: no dejar de mirar aquellas paredes, aquella llanura salpicada de arbustos y piedras. Es el hombre que vigila que “ningún terrorista” abandone la Franja de Gaza y se infiltre en Israel.

A ese lado de la frontera, su nombre, el del rey judío que venció a Goliat, lo delata. Aunque allí, de pie, con un fusil de asalto entre las manos y con aparente serenidad, solo puede ser un soldado israelí. Todavía no cumple los 30, pero dirige ya un pelotón de la famosa brigada Guivati, fundada en 1948, pocos meses después del nacimiento del Estado de Israel, para consolidar la frontera sur. Solo un militar de las fuerzas armadas de Israel podría permanecer junto a la valla metálica que recorre los 51 kilómetros de frontera que comparten el Estado judío y Gaza. Cualquier otro, armado con un rifle automático, difícilmente conservaría allí la vida durante más de un minuto. “En estos momentos la amenaza es muy grande”, dice.

Algunos palestinos se aventuran a caminar en las proximidades de la valla, entre senderos de tierra y matorral bajo, sin llegar a atravesarla. “Para diferenciar si son agricultores o terroristas, nos fijamos en cómo se mueven, en si esconden o no algo”, explica David. Cualquier movimiento puede ser sospechoso. “Puedes ver a alguien que aparentemente guía un rebaño de ovejas, pero en realidad esconde una bomba entre los animales”.

No importa de quién se trate, ningún palestino puede cruzar a este lado. Desde 2007, Israel bloquea los cinco pasos fronterizos con Gaza. Fue después de que el movimiento islamista Hamás se hiciera con el control de la Franja, tras una breve pero cruenta guerra civil con Fatah, la organización palestina que hoy gobierna en Cisjordania y a la que expulsó violentamente del territorio. Un año antes, Hamás había ganado con mayoría absoluta las elecciones legislativas palestinas; unos comicios modélicos en cuanto a su celebración sin coacciones y a la libre participación de formaciones políticas y ciudadanos, pero catastróficas para los intereses de Israel, Estados Unidos y Fatah, que esperaba triunfar y regir el destino de todos los palestinos, en Gaza y en Cisjordania.

Gaza es ahora una cárcel de 385 kilómetros cuadrados en la que viven alrededor de 1,8 millones de personas. La frontera con Israel es una puerta blindada gigante.

Ahora se antojan casi paradisiacas las esperas injustificadas, las humillaciones, las interminables filas o la ansiedad de que algún soldado objetara de la validez del permiso para cruzar a Israel a través de los pasos de Herez, Nahal Oz, Kami, Shufa o Kerem Shalom.

Ya quisiera la madre de Jaled volver a escuchar las impertinentes palabras de “aquella militar israelí pelirroja y con gruesas gafas negras” que la retuvo durante dos horas y media la última vez que salió de los confines de Gaza. Ya quisiera, al menos, tener la oportunidad de volver a sentir aquella impotencia, aquel miedo que hacía real la puerta entreabierta al mundo exterior, para visitar a su familia en Cisjordania o para enviar a su hijo Jaled a una buena universidad extranjera. “Es tan inteligente que lo podrían becar en Harvard”, presume.

Por los 11 kilómetros que lindan con Egipto, las posibilidades de escapar son también escasas. El paso terrestre de Rafah, controlado por El Cairo, permanece cerrado la mayor parte del tiempo. “Opera según las regulaciones de seguridad y soberanía egipcia”, se defiende el ministro de Exteriores del país, Sameh Shoukry. Para los palestinos, es la sexta puerta cerrada.

La séptima, de 40 kilómetros, es el mar Mediterráneo, controlado también por Israel. Si un pescador palestino osara navegar más allá de 6 millas náuticas, chocaría con el ejército de Israel. Tampoco nadie puede entrar sin su permiso. Quien lo intentó por última vez chocó directamente con las balas de Israel: en mayo de 2010, la “flotilla de la libertad”, un grupo de 750 activistas que viajaba en el buque turco Mavi Marmara cargado de ayuda humanitaria para Gaza, perdió a diez de sus integrantes bajo el fuego israelí.

Desde su posición, David no ve el mar. Su tarea es exclusivamente garantizar la seguridad de la frontera terrestre. Y aunque admite que lo desea, no puede ver a través de las paredes que atisba en el horizonte. Lo que de lejos parece una masa uniforme de edificios grises, de cerca son esqueletos de hormigón. Son las casas de Beit Hanun, una localidad palestina situada a menos de 6 kilómetros de la última ciudad israelí, Sderot. O lo que queda de las casas de Beit Hanun tras la última ofensiva del ejército israelí sobre la Franja de Gaza, entre el 8 de julio y el 26 de agosto de 2014.

En la casa de Jaled, un edificio de cuatro plantas, faltan las paredes del frente y del flanco derecho. Lo mismo sucede en muchas de las viviendas de sus vecinos, que ahora no pueden proteger la intimidad de sus antiguos moradores. Una alfombra rojiza con dibujos negros recuerda que esa vivienda estuvo una vez habitada. Los restos de ladrillo que la cubren ahora recuerdan, en cambio, que el techo se derrumbó durante un bombardeo israelí en julio del año pasado.

Según datos de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados (Unrwa), 20.000 casas han sido completamente destruidas en Gaza en la última guerra. “A un promedio de cinco personas por casa, significa que hay unas 100.000 personas que no tienen a dónde ir”, calcula Antonio Zubillaga, responsable de protección de derechos de la Unrwa en Gaza.

Ese es el caso de la familia de Jaled, que sobrevive en un albergue de la ONU. Y aun así, Jaled se siente afortunado porque sus padres y sus tres hermanos están vivos, aunque el menor, de 7 años, ha sido ya testigo de tres guerras y por las noches sigue despertándose asustado por pesadillas repetidas. En lo que Israel denominó Operación Margen Protector, desatada tras el secuestro y asesinato de tres adolescentes judíos en junio de 2014, murieron 2143 palestinos. Se calcula que aproximadamente 1500 eran civiles, entre ellos, 490 menores. Del lado israelí, 66 soldados y cinco civiles perdieron la vida.

La familia de Jaled preferiría dejar el albergue y reconstruir su casa con sus propias manos. Pero aunque contara con los mejores arquitectos y albañiles, no podría: no tiene los materiales necesarios ni la posibilidad siquiera de comprarlos. El bloqueo económico que sufre la Franja desde 2007 impide la entrada de materiales de construcción. Según las autoridades israelíes, esos materiales son utilizados por Hamás para excavar túneles que o bien comunican con Egipto —y son una octava puerta por la que solo circulan productos de contrabando— o bien perforan la tierra hasta la frontera de Israel y permiten a los milicianos acercarse lo suficiente sin ser vistos por ojos como los de David y lanzar cohetes al otro lado de la frontera.

Si la vista de David alcanzara a ver más allá de las paredes, vería a Jaled apurando las últimas líneas de batería de su celular para escribir un mensaje a su primo: cuando llegue a la casa de Nabil, su primo, a pocos kilómetros de Beit Hanun, podrá volver a cargarlo. Vivir sin electricidad es solo una de las molestias que sufren cada día los habitantes de Gaza. Los que pueden cuentan con un generador, como la familia de Nabil. El resto depende de la única planta eléctrica de la Franja, dañada durante la última guerra, para poner la lavadora, ver la televisión o encender un calefactor.

Las otras molestias son más desagradables. Las infraestructuras de agua y de saneamiento fueron devastadas por los bombardeos israelíes, por lo que aguas sucias y fecales inundan algunas tierras. Jaled las esquiva para llegar a la casa de Nabil, aunque en el último tramo no podrá evitarlo. Jaled lleva preparado un pañuelo para cubrirse la nariz y la boca: “El olor es insoportable”, dice.

A tan solo 6 kilómetros, no huele a nada. Las calles limpias de Sderot, la ciudad israelí más cercana a la Franja de Gaza, evidencian que las infraestructuras de agua y saneamiento funcionan correctamente. El césped está bien cuidado, y los edificios no muestran signos de ataques recientes. Sin embargo, los paraderos de bus son también refugios antibomba; estructuras multifuncionales que sirven para aguardar la llegada del transporte colectivo y para protegerse, al mismo tiempo, de los cohetes que Hamás lanza desde el otro lado de la frontera. Durante la ofensiva del verano de 2014, el movimiento islamista disparó contra Israel 4594 cohetes y proyectiles de mortero, según cálculos del ejército israelí.

Más atractiva por los bajos precios de la vivienda que por el patriotismo de quienes viven allí, Sderot está a pasos del “enemigo”. Hace gala de su proximidad a Gaza y de la lluvia de proyectiles caídos en los últimos años en una suerte de “museo del cohete”, que sus habitantes enseñan a todo aquel que visita la ciudad como si fuera una atracción turística. Estanterías repletas de obuses oxidados con letras en árabe son las piezas sin cédula de este gabinete que registra los ataques lanzados desde Gaza; muestras que pretenden justificar las operaciones de Israel sobre la Franja.

Pero esos cohetes dejan huella. “Cuando los chicos de Sderot sirven en el ejército (en Israel el servicio militar es obligatorio tres años para los hombres y dos para las mujeres), les prestamos especial atención, porque llevan escuchando bombardeos desde que eran pequeños y pueden sufrir un trauma que les marca de por vida”, reconoce un alto mando de las fuerzas armadas. El militar ha sido testigo de las consecuencias de vivir cada día el riesgo de ser atacado. Dos años atrás, según recuerda, tenía en su unidad a un joven de esta ciudad: “Solía orinarse por las noches y tomé la decisión de destinarlo a otra unidad más adaptada a sus necesidades para evitar que sus compañeros se burlaran de él”.

También sufre las secuelas del goteo de cohetes la hija de un dirigente del kibutz Mefalsim, una colonia agrícola de producción y consumo comunitario ubicada a 1 kilómetro de la Franja de Gaza con una población que procede en su mayoría de Argentina y Uruguay. “El otro día fui a recogerla al aeropuerto, escuchó una sirena y se tiró al suelo”, relata su padre con el mismo tono con el que contaría un chiste.

No quiere dar la impresión de que en Mefalsim “no se puede vivir”, porque asegura que es en realidad “un oasis en las puertas del desierto”. Lo que antes era un pedregal es hoy un conjunto de casas unifamiliares rodeadas de árboles y grandes explanadas de hierba, gracias a los sistemas de riego implantados por los agricultores israelíes. Pero “tirarse al suelo” es, precisamente, el segundo consejo que recibe cualquier visitante de este kibutz. El primero es correr hacia un refugio si suenan las sirenas. “Significa que el radar ha detectado un cohete lanzado desde Gaza y tienes 15 segundos para ponerte a salvo”, explica el jefe de la comunidad con la misma calma que si respondiera al precio del pan.

—¿Y si no llegas?

—Te tiras al suelo, te cubres la cabeza con las manos y rezas para que no te caiga encima. Nos gustaría que las cosas hubieran sido de otra manera, también los del otro lado de la valla querrían que las cosas fueran diferentes.

Antes de que Hamás tomara el control de la Franja de Gaza y de que Israel le impusiera el bloqueo, los palestinos trabajaban en Mefalsim: atravesaban a diario los controles, a pesar de los tropiezos con los soldados israelíes, y nadie en el kibutz debía tirarse al suelo; Jaled no visitaba a su primo Nabil para cargar su celular, sino para disfrutar de su compañía y de un paseo por tierras libres de aguas fecales; la madre de Jaled fantaseaba con el día en que su hijo le mostrara el diploma de una universidad extranjera, quizá de Harvard, y podía reunir a su familia en la intimidad que le proporcionaba un enorme salón decorado con una alfombra rojiza con dibujos negros.

Y otro David no veía a un Goliat en cada pastor que caminaba cerca de la frontera. Podía mirar alguna nube o cerrar los ojos cuando sentía el calor del sol sobre su rostro. Ahora, este David, sin bajar nunca la vista de la valla metálica, a veces, si acaso, se permite parpadear.

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