Si la fotografía fuera un deporte, las fotos de chicos estarían prohibidas. Sacarle una foto a un chico chino pelaíto botija chamaco chaval escuincle mocoso culicagado pibe es meter un gol con la mano: una trampita pobre. Y aún así —o por eso mismo— lo seguimos haciendo.


Tabán, además, no era cualquier chico. Desde mi llegada al hospitalito de Médicos sin Fronteras en Bentiu, en la frontera entre Sudán y Sudán del Sur, me seguía, me hablaba, me jugaba —y yo con él—. Pero cuando me ofreció ese resto de Plumpy’Nut me derretí.

Yo nunca había probado el Plumpy’Nut —y es probable que la mayoría de ustedes, oh lectores, tampoco lo hayan hecho. O que ni siquiera lo hayan oído nombrar, ni sepan si es una droga de diseño, la última película de Disney o el ritmo que van a tener que bailar este verano, si decir, en un país como Colombia, “bailar este verano” tuviera algún sentido—. Y, sin embargo, el Plumpy es uno de los grandes inventos de estos tiempos.

El Plumpy’Nut es el más usado de los RUTF (Ready to Use Therapeutical Food) o “suplemento nutricional” o, dicho sin la pompa, una pasta de maní enriquecida con leche, azúcar, grasas, vitaminas y minerales que se usa para rescatar a los niños con malnutrición severa aguda: a los chicos hambrientos. Lo inventó en 1994 un científico francés, André Briend, y su uso se extendió a partir de la hambruna de Níger, 2005. El Plumpy tiene muchas ventajas: provee todos los nutrientes que precisa un chico menor de 5 años, consigue recuperar a nueve de cada diez, puede guardarse meses sin cuidados en su sobre de aluminio, se come sin más preparación y, por eso, los chicos pueden seguir el tratamiento en sus casas, en lugar de ocupar camas de hospital y recursos humanos que siempre escasean. En sus diez años de uso intenso, el Plumpy ha salvado a millones.

Y a Tabán, entre ellos: Tabán, su dedo chiquitito enchastrado de Plumpy. Aquella tarde Tabán me sonrió con toda la cara y me ofreció su dedo y yo —la vergüenza, la curiosidad— comí un poquito: el Plumpy era marrón, pastoso, untuoso, muy comible, leve gusto a turrón de maní; bastante salado para ser algo dulce. Hay quienes dicen que es un típico producto de la época del sucedáneo: dulzura sin azúcar, café sin cafeína, mantequilla sin colesterol, cigarrillos sin tabaco, bicicletas sin desplazamiento, sexo sin contacto, alimentación sin comida: un modo de simular que esos chicos que no comen comen.

Y están, sobre todo, los que cuestionan la idea de intervenir con un remedio paliativo en una situación estructural, “una respuesta médica a un problema social”: la famosa curita en la hemorragia femoral. La discusión puede ser interminable —y, de hecho, me he pasado los cuatro últimos años dándole vueltas para mi libro sobre el hambre—. Pero también es cierto que, a primera vista, un chico vivo es tanto mejor que un chico muerto. Y que el Plumpy es, al fin y al cabo, solo un remedio parcial para una enfermedad que no tendría por qué existir: la más evitable, la más curable de todas las enfermedades conocidas: el hambre.

El hambre mata a una persona cada cuatro segundos: una persona cada cuatro segundos. El hambre mata más personas cada año —cada día— que el sida, la tuberculosis y la malaria juntos, y no existe. El hambre no participa del misterio, las sombras insondables, lo inmanejable de la enfermedad: la impotencia frente a lo incomprensible. El hambre se entiende demasiado, aunque no existe: es un invento del hombre, nuestro invento. El hambre podría perfectamente no existir.

Pero nos esforzamos: de verdad nos esforzamos. Hace unas semanas el hospitalito de MSF en Bentiu donde conocí a Tabán fue arrasado por “rebeldes” —siempre son rebeldes—. En Sudán del Sur otra guerra civil lleva meses de progreso silencioso, silenciado: ya mató a decenas de miles y forzó a más de un millón —en un país de doce millones de personas— al éxodo y el hambre. Sudán del Sur es el país más nuevo del mundo: acaba de cumplir tres años y no le importa a nadie. Yo, de tanto en tanto, me pregunto qué será de Tabán, y sé que no lo voy a saber nunca.

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