Nadie sabe cómo imagina Kenny deMulder las fotos que toma y que nunca podrá ver, porque a la fecha no hay adelanto científico capaz de curar su ceguera. Solo lo sabe él en su mente en blanco, que no en negro, porque un vidente asume que un ciego ve todo negro. (¿Qué tan triste es la vida de un árbitro colombiano?)

Y a pesar de que lo suyo fue una incesante degeneración de la vista, Kenny siempre vio a color. Ya a los nueve años se moría por tomar una fotografía con la cámara de su papá, que no se lo permitía porque solo Dios y los papás saben todo lo que unas manos de esa edad pueden romper. Lo logró a escondidas y lo convirtió en su secreto, secreto que se supo cuando al revelar el rollo había una imagen de la abuela que nadie recordaba. Al verla supo que podía hacer buenas fotos y que la inminente ceguera que se venía no iba a ser obstáculo. En vez de regañarlo, le regalaron una pequeña cámara, la primera de las seis que ha tenido en su vida.


A su casa llegué un domingo para que mis ojos vieran en directo lo que se habían encontrado en internet: un fotógrafo ciego andaba disparando su cámara en Bélgica. Kenny hizo todo, me abrió la puerta, me invitó a seguir, me presentó a su mujer, me mostró la casa, todo a una velocidad de no creer y sin tropezarse. De no haber detallado sus ojos perdidos y oscilantes hubiera pensado que había cruzado el Atlántico para que me hicieran un mal chiste.

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Dice una cita que Dios solo nos da pesos que podemos levantar, y Kenny sabe con cuánto es capaz de cargar él en esta vida. Con 28 años tiene una esposa, un hijo recién nacido, un labrador negro por lazarillo, un hermano de 30 con visión perfecta y un completo equipo de fotografía que con todo y maletín alcanza los 12 kilogramos. Él puede con todo y no permite que nadie lo ayude.

A Inga la conoció en un campo de verano para jóvenes entre 16 y 25 años. Luego de correos electrónicos, llamadas telefónicas, un par de encuentros y tres años de noviazgo se casaron en septiembre de 2006. Ella vivía en Meise al tiempo que trabajaba con niños con problemas mentales en Bruselas; mientras, él era recepcionista de la academia de Policía en Amberes, la gran ciudad más cercana a Kapellen. Por ser el sitio medio entre todos estos puntos, escogieron irse a Malinas (Mechelen en flamenco), donde viven hoy en el número 27 de la calle Ijzerenveld en una casa de dos pisos y ladrillos rojo quemado, mucho más larga que ancha.

Pasaron la luna de miel en Costa Rica, luego de coger un tren hasta Ámsterdam y luego un avión hasta Miami y otro a San José. Kenny no olvida el ruido que hacían los monos en los árboles durante la noche, un cuadro imposible de imaginar en Bélgica.

Tibe nació en junio de este año y es un niño saludable que de haber sido niña se habría llamado Mona. Nunca quisieron saber cuál iba a ser el sexo de su primogénito, pero sí se sometieron a exámenes para asegurarse de que no tenía chances de nacer ciego. No lo mencionan, pero Inga y Kenny se morían de miedo de que el pequeño no fuera capaz de cargar el mismo peso de su padre. (Historia de mi propio aborto por: Virginia Mayer)

Por Casper, su perro guía, esperó nueve años, tres veces más que por su esposa; llegó el último día de julio de 2006. No es fácil encontrar un lazarillo porque no todo perro sirve para guiar a un ciego. Golden Retriever y Labrador son los que mejor funcionan, pero no cualquier animal de dichas razas sirve para ser los ojos de un ser de inteligencia superior; eso solo se sabe al año de edad, tras meses de entrenamiento. Casper es un labrador negro de poco más de 30 kilos que llegó a reemplazar el bastón que Kenny usó durante mucho tiempo y al que a veces vuelve para no perder la costumbre y darle un descanso a su mascota.


Tras estar en lista de espera por casi una década, un día llamaron a Kenny para decirle que podía pasar por su futuro compañero, pero que antes deberían entrenar juntos durante cuatro semanas a ver si pasaban la prueba. Como dicen los entrenadores de fútbol obstinados, no siempre dos excelentes jugadores pueden jugar juntos.

Casper existe porque el mundo es un lugar hostil aún para el hombre con impecable visión. Guía a Kenny, esquiva obstáculos por él, le indica dónde debe sentarse, cuándo hay una puerta para abrir o una cebra para cruzar; después de varias veces puede llevarlo a un lugar con solo mencionarle el nombre. Una vez estuvo perdido en la ciudad, en otra oportunidad casi los atropella un carro; nada que no pueda ocurrirle a cualquiera. Algún día, después de ocho años de servicio, se jubilará y Kenny podrá quedarse con él. Ya no tendrá que inscribirse en una lista de espera. Apenas recibes el primero, los labradores no dejan de llegar a tu puerta. (10 Fotoreportajes imperdibles de SoHo)

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En la Asociación de Ciegos de Bélgica están sorprendidos con él, y no es falso halago cuando dicen que se mueve como ningún ciego puede. Descifra un lugar en cinco minutos, tiene oído de murciélago porque analiza las ondas de sonido para definir la ubicación y distancia de todo.

Cuando le pregunto que cómo me imagina, responde que ese tema no lo desvela. No imagina porque no considera importante visualizar lo que nunca verá. Mientras me explica sirve café hirviendo y no lo riega porque mide con el dedo. Le encanta el café, lo que significa que se ha vuelto inmune a los quemones.

Me lleva al patio trasero, un rectángulo de 35 metros de largo por cinco de ancho y con seguridad me lo enseña. Hay mucho trabajo por hacer y me dice que tiene que podar los arbustos, cortar el pasto de los lados, quitar esas vigas de madera del fondo, y que esos escombros en la otra esquina los piensa mover. Su dedo apunta exactamente los objetos de los que me habla y de repente se voltea para decirle en flamenco a Casper, a cinco metros de nosotros, que deje de comer maleza. Desconcertado, busco la cámara escondida.

La tiene él, no está escondida y no me está filmando. Es una Canon EOS D60 digital de 4.000 euros (11 millones de pesos) que le compró a un amigo en 1.200. Trípode, flash, dos lentes, maletín, todo un equipo de que lleva a todos lados y que solo manipula él. (La mula más jóven del mundo tiene 11 años y es colombiana

Lo arma para hacer un autorretrato. Atornilla y desatornilla con una moneda de diez euros, para el trípode, acomoda la cámara y apunta con ella. Sin dudar cuadra funciones, mira por el lente (¿o juega a mirar ), enfoca, ensaya una y otra vez hasta que cree conveniente. Clic. Un pedazo de mundo ha quedado retratado.


Primero una pared vacía, luego Inga, por último yo, una y otra vez. Se agacha y mira de nuevo por el lente como si eso fuera a hacer alguna diferencia. Con el ojo derecho enfoca, mientras el izquierdo baila de un lado a otro, característica de aquellos que han perdido la vista por causa de la Amaurosis Congénita de Leber, LCA. Cuadra el timer y se acomoda al frente de la cámara hasta que toma la foto sola. Cumple su misión para luego confesarme que a veces no da cómo desactivar el timer y que le toca seguir tomando fotos así.

Kenny no ha hecho ningún curso de fotografía, pero conoce bien su oficio. Toma fotos según su estado de ánimo. Si está reunido con amigos y se siente feliz, saca su cámara y les pide que se junten y sonrían para él. Si está en el campo puede sentir la luz del sol si es muy fuerte y gracias a la temperatura sabe de qué lado está, no vaya a ser que la foto le salga a contraluz. Con su oído impecable sabe a qué distancia está lo que quiere retratar para que la imagen no salga cortada. Si Casper son sus ojos en la vida diaria, Inga lo es en la fotografía. Cuando haya un paisaje que valga la pena, una construcción imponente, una situación especial, ella sabrá avisarle.

683 en una carpeta, 529 en otra. 696, 226, 337, 57; en su computador portátil hay más de 3.000 fotos, todas tomadas por él. Me asegura que de cada veinte, 17 salen buenas, esto es que no están cortadas, desenfocadas, muy oscuras ni muy claras. Es decir, que por un efecto milagroso, un ciego ha podido reflejar la realidad lo más parecido posible a como no la ve. Inga me lo confirma no con poco orgullo mientras Kenny me da un tour por sus galerías de fotos. Ciudades, paseos, fiestas, viajes, Casper, Inga embarazada. El computador está al frente, pero los ojos de Kenny miran un punto perdido hacia su izquierda. Lo maneja tan bien como su cámara gracias a un aparato automático que tiene conectado y que traduce al Braile lo que sale en la pantalla. (El hombre más fuerte de Colombia)

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La ceguera lo esperó 13 años. Una mañana se despertó y no veía nada. Estaba confundido, pensó que no podía abrir los ojos, pero no, los tenía bien abiertos, solo que la luz se había ido para siempre. Así se cumplía el anuncio que los médicos habían hecho cuatro años antes. Tras el asombro vino la rabia, más allá de que supiera que a nadie podía reclamarle por su ceguera.

Pero no perdió la vista en una noche. Siendo ya un bebé sus padres notaron que movía los ojos de un lado a otro a una velocidad increíble. Tras someterse a exámenes durante seis meses le descubrieron una enfermedad congénita que podría calificarse de compleja o extraña, exótica, absurda, macabra o cruel. Los dos últimos adjetivos aplican si se cree en la existencia de un ser superior que rige nuestras vidas. No sé si Kenny crea en un Dios; si tenemos en cuenta que su vida se basa en moverse en un mundo donde debe creer en cosas que no ve, preguntar si tiene o no fe es tarea necia.

Los hombres son cegados por la avaricia, la ambición, un amor imposible, y hasta van a la guerra por ello. A Kenny lo cegó la LCA, trasmitida solo si los dos padres tienen genes afectados, lo que no quiere decir que ellos sean ciegos o que sus hijos vayan a serlo. Si el niño obtiene los genes sanos, no será contagiado; si hereda los genes afectados de solo uno de los padres, será portador, pero no será ciego. Si obtiene los genes afectados de los dos padres, no hay nada que hacer. A Kenny le tocó ir a la guerra a darle espadazos al aire.

Nunca vio bien, pero no es ciego de nacimiento. Hasta los cinco años fue a un colegio tradicional en su natal Kapellen, en la zona de Bélgica donde viven los valones, que hablan flamenco. Cuando su visión comenzó a disminuir fue a un internado para niños ciegos, sin ser él uno de ellos. De lunes a viernes se convertía en uno de los 8.000 habitantes de la villa de Huldenberg, donde durante ocho años entrenó sus oídos y sus movimientos para el día que llegara lo inevitable.

De sus días de vidente recuerda la fachada del colegio, recuerda hasta el color de la fachada, pero no es capaz de decir cuál era. Tiene la imagen viva, pero no recuerda los colores, solo sabe sus nombres de memoria como quien de memoria recita los planetas sin conocer ninguno. No recuerda a sus padres ni tampoco que los árboles son verdes, y daría media vida por haber almacenado la imagen de sus padres, y no la del colegio donde lo entrenaron a no golpearse con los objetos inanimados de una habitación.

Tampoco olvida a su abuelo, que murió cuando él tenía ocho años, leyendo en su sillón el periódico de cada mañana. Lo recuerda porque tiene la imagen a todo color en su cabeza, pero le resulta imposible decir que la camisa es roja, muy a pesar de que roja aún la vea 20 años después.  (Cómo es mi vida sin celular y sin Facebook)

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Me propone que vayamos a tomar fotos a un lugar cerca de la casa, donde me cuenta que hay un río y altos árboles. Vuelvo a pensar que no es ciego y que todo hace parte de un complot. Agarrado del arnés de Casper es imposible seguirlo. Empiezo a trotar para seguirle el paso y cuando veo que es inútil me quedo atrás, junto a Inga, que carga con una barriga de casi ocho meses.

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Un par de exposiciones en Amberes para recolectar fondos para la escuela que entrena perros de donde se graduó Casper ha hecho Kenny. Le gustaría volverse profesional, vivir de sus fotos, exponer en galerías, pero antes está preocupado por encontrar trabajo, algo que no tiene desde sus días de recepcionista en la academia de Policía. Se ha presentado a varias entrevistas pero no ha pasado. Ningún posible empleador ha sido capaz de reconocérselo en la cara, pero él cree que no lo contratan por ciego. Por lo pronto es recreador voluntario en un hogar de ancianos, labor por la que no gana un centavo.


Aun así recibe 1.371 euros mensuales, 700 por desempleado y 671 por ser ciego. Si llega a encontrar trabajo recibirá de todas formas el subsidio por su condición, pero si su sueldo supera los 1.500 euros, la ayuda del gobierno en materia económica será cada vez menor.

En su página, www.kennydemulder.be, al aire desde hace cuatro años, puede ver su vida y su trabajo. Solo necesita aprender flamenco. El la armó, la mantiene con 300 euros al mes y tiene una sección donde la gente le escribe; él responde personalmente todos los correos, lo he visto. Hace poco cambió de proveedor de internet y ahora solo paga 60 euros mensuales, los 240 de diferencia van para la crianza del pequeño Tibe.

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Resulta entretenido el experimento de tomar fotos en una tarde soleada de domingo, en un lugar con agua y altos árboles cerca de la casa. Kenny usa su cámara mientras yo uso la mía, luego se la presto para que nos tome retratos a Inga, Casper y a mí y así tener de recuerdo algunas de sus fotos. En mi Canon —no tan buena como la suya— queda la prueba de que de cada 20 fotos no solo tres salen mal, tal vez un poco más, unas cinco. Algunas están cortadas, otras sobreexpuestas, unas pocas desenfocadas. Pero digo, ¿no es eso lo que hace un buen fotógrafo promedio? Lo que ha hecho Kenny toda su vida es hacer y comportarse como cualquier otro, amparado en una intensa adicción a ser vidente. (La cosmetóloga de Gadafi)

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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