CUANDO GANAR ES HACER EL OSO: O DEL RECIENTE RIDÍCULO DE MILLOS.

Columna publicada por Daniel Samper Ospina en la revista Fútbol Total


No sé si vieron la siguiente escena: en una definición de tiros desde el
punto penal, un jugador tiene la responsabilidad de patear el disparo que
puede terminar con el partido. Es el cuarto en turno, y con ese basta para
que su equipo se proclame campeón. El estadio está lleno hasta las banderas,
no cabe un alfiler.

Este jugador suspira, levanta la cabeza, elije el ángulo hacia el cual va a
patear, toma impulso. Sobre las gradas cae un silencio súbito y general.
Todos miran al arco. Y en medio de ese suspenso, el balón revienta la red y
la infla como, cómo decirlo, como la papa a Léider o las musas a doña Amparo
Canal: la infla por los aires, hasta la gloria.

Entonces el jugador se quita la camiseta, la bandea al cielo como si fuera
una bandera, se lanza hacia la tribuna, y sobrevive al aluvión de abrazos de
sus compañeros, y el sol cae en las tribunas, y la hinchada entera es un
hervidero, y esa angustia contenida se convierte repentinamente en una
felicidad exultante, casi inédita, casi febril, que hace que unos y otros se
abracen en las gradas aunque nunca en su vida se hayan visto, y que obliga a
que todos los presentes le juren amor eterno al equipo que les da tanta
felicidad: a esos once titanes que lo dejaron todo en la cancha y gracias a
los cuales ya nada volverá a ser igual. Son campeones. Ganaron. Dan la
vuelta olímpica, se trepan en una tarima, cae una lluvia de papelitos, el
capitán sube el trofeo, lo besa, lo rota: ganaron, son campeones, la
hinchada delira.

¿Acaban de ganar, acaso, la final de la Copa Interclubes que se juega en
Tokio? ¿La de la Copa Libertadores, por lo menos? ¿Nuestra copita Mustang,
siquiera?

No, señores y señoras: nada de eso. Es algo aun mayor, una alegría más
fuerte y rotunda, más universal: el equipo que celebra ese rasante triunfo
por penales se llama Millonarios y es el nuevo campeón de la Copa Cafam: la
segunda Copa Internacional Cafam, para ser más exactos, que es un torneo en
el que cada equipo juega dos partidos nada más, porque ni siquiera es un
"todos contra todos", y en el que siempre hay un invitado menor proveniente
de Argentina. La vez pasada fue Huracán, que es como decir el deportes
Tolima. Esta vez vino Argentino Juniors, que es como decir, no sé,
Millonarios: un club que padece el dolor doble de no tener nada de gloria
ahora, y de haberla tenido alguna vez.

Parece que la hinchada se volcó a la calle, hizo guerra de harina, y ya
convertida en una turba enardecida por la victoria zarandeó carros y rompió
vitrinas. No era para menos: no todas las veces se gana la Copa Cafam. Es un
privilegio del que no pueden hablar clubes como el Real Madrid o el
Barcelona, que jamás lo han ganado.

No digo que no sea un torneo entretenido para que los futbolistas comiencen
a estirar las piernas. Pero el cuadro recuerda una frase que ya no sé si fue
de Jorge Luis Borges, o de un filósofo criollo del tenor de José Obdulio
Gaviria, según la cual la derrota permite una dignidad de la que carece la
ruidosa victoria. Tiene razón. Sin embargo, hay una variante más triste, y
es celebrar ruidosamente las victorias que no son importantes. Dicho en
otras palabras, celebrar lo que por decoro no se celebra: esas victorias que
tienen la importancia de un triunfo de entrenamiento, y que si se magnifican
indican el penoso valor del equipo que se lo toma en serio.

Yo sabía que en Colombia somos expertos en celebrar goles de descuento,
victorias en partidos amistosos y cosas semejantes. Así somos de
desdichados. Pero jamás había visto una euforia semejante al de "El carmelo"
Valencia por haber marcado ese penal; o la de sus compañeros que fueron a
abrazarlo y a dar una semivuelta olímpica; o la de la hinchada exultante por
ganarse la Segunda Copa Cafam.

O quizás sí, sí había visto un par de días antes algo igual de deprimente.
Fue cuando, después de un empate penoso contra Venezuela en el Suramericano
Sub 20, Germán Castellanos, representante de la selección, por poco se
arrodilla para celebrar que por cosas del azar la balota favoreció a
Colombia para que pudiera continuar en el torneo.

Hace poco un querido hincha de Millos me decía que su equipo no ganaba hace
años por culpa de la dirigencia azul, experta en destrozar desde adentro al
equipo que gobiernan. Debe estar tragándose sus palabras ahora que ya se
hicieron a este importante triunfo. Pero si aun piensa que su equipo carece
de dirigentes, le sugiero que convenza al señor Castellanos de que se ocupe
la presidencia del equipo. Serían unos para otros. Y a lo mejor defiendan
tan importante título el próximo año.

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