Después de que a usted o a mí nos alcance la muerte, nuestro cuerpo presentará fenómenos cadavéricos que se dividen en tempranos y tardíos. Dentro de los primeros se encuentran la rigidez, que se da por procesos bioquímicos en los tejidos musculares, empezando por los más pequeños, y progresivamente se instala a las 12 horas del deceso. Alcanza su punto máximo a las 24 horas, y persiste hasta las 36 horas, cuando comienza a desaparecer, coincidiendo con la aparición de los fenómenos tardíos. Otro de los fenómenos tempranos es el enfriamiento, que se da en las primeras horas, disminuyendo 1º centígrado cada hora hasta igualar la temperatura ambiente. Los fenómenos cadavéricos tardíos se dividen en dos, los destructores y los conservadores. En los primeros tenemos la putrefacción por proliferación de bacterias que están en la flora normal y que ya no pueden ser controladas por el sistema inmune. También se presenta la autolosis, que es un fenómeno aséptico por liberación de enzimas sobre determinados órganos y la antropofagia, causada por animales que tienen acceso al cuerpo, siendo las más comunes las larvas de moscas y gusanos.
El cuerpo puede conservarse mucho más tiempo gracias a fenómenos conservadores como la momificación, gracias a la que el cuerpo dura más porque hay ambiente seco y bien ventilado; la adipocira, en la que el cuerpo se conserva por la saponificación de las grasas (se vuelven como jabón) y se da en ambientes húmedos y bien ventilados; o la congelación. El cuerpo humano puede destruirse o conservarse de manera natural, dependiendo de las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que se haya producido la muerte. Por ejemplo, en un clima caliente y húmedo los huesos que yacen sobre la superficie se pueden podrir en cinco y diez años; en climas secos este proceso se dilata o ni siquiera se da.
Los cuerpos inmersos en agua se descomponen de acuerdo con las características del medio. En un río en clima caliente el cuerpo puede emerger por la formación de gas en cuatro días y esqueletizarse en dos años; en lagos profundos y fríos sale a flote en tres semanas y la adiposidad puede permanecer en el transcurso de 20 a 30 años y continuar en las cavidades medulares de los huesos hasta por 50 ó 60 años. Los cuerpos enterrados se descomponen de acuerdo con la profundidad de la fosa, composición de la tierra, humedad, temperatura o presiones mecánicas. En suelo seco y arenoso el cuerpo se descompone completamente en seis años; en terreno húmedo puede llegar a los diez, incluso hasta 20. Los suelos básicos pueden conservar completamente una osamenta, mientras que los ácidos causan la putrefacción en un periodo de 25 a 100 años en climas cálidos y húmedos; de 100 a 500 años en climas cálidos y secos; de 50 a 200 años en fríos y húmedos, y aproximadamente de 200 a 500 años en ambientes fríos y secos. Ya sabe cuánto dura un muerto.

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