Me han cortado las alas. He sufrido la escisión de mis glándulas mamarias supernumerarias. Técnicamente he vivido todos estos años con cuatro tetas en lugar de las dos oficiales, no aquellas tetas excedentes con pezones o areolas, como tienen las perras o las cerdas a lo largo de la barriga, solo unos bultitos que crecieron por equivocación debajo de mis axilas. Según mi madre, de la que heredé esas protuberancias, antiguamente se creía que las mujeres portadoras de esos pechos suplentes tenían poderes especiales y eran quemadas por brujas en la hoguera. Como a esas niñas que nacen en la india con dos caras, cuatro piernas y cuatro brazos, nunca falta alguien dispuesto a idolatrarte a causa de tus malformaciones. Yo nunca me creí una deidad láctea, ni encontré ninguna magia en mis curiosas mamas, más bien estaban rodeadas de incomodidades muy silvestres, sufrían los mismos cambios fisiológicos que el tejido mamario normal, se hinchaban e ingurgitaban durante la regla y, según el ginecólogo, cuando me tocara ser madre crecerían dolorosamente al ritmo de las otras.

A mí todo esto no me parecía del todo inofensivo. Solía tener pesadillas, me imaginaba amamantando a mis hijos por los sobacos y poniendo desodorante en mis pezones. Pero hay más. Para mí, aunque no necesariamente para los demás, afloraban como dos albóndigas en los flancos de mis camisetas de verano. Varias veces, mientras hacía el amor, mis contrapartes confundidos las besaron apasionadamente e incluso las mordieron. Ni gracias a esas confusiones descubrí nunca una sola fibra erógena en esa zona, por si a alguien se le ocurriera que cuatro tetas es igual al doble de placer.

Es extraña la relación que uno tiene con determinadas partes de su cuerpo. Y más aún si se trata de una deformidad. En esa gran familia que forma nuestra anatomía este es el hijo freak y tú eres la madre desalmada incapaz de amar a sus engendros. Todas las mañanas lo insultas ante el espejo, le recuerdas lo feo y lo inútil que es. Estos mensajes terminan por sedimentarse en el corazón del defecto y creo que son difíciles de remover hasta para la cirugía. Aunque hoy vivimos en la era de los mensajes positivos, hay poca gente, incluyendo a las reinas de belleza, que no esté dispuesta a odiar una parte de sí misma, desde una nariz ganchuda hasta una personalidad.

Una amiga que cree en las chacras me dijo que, o me las cortaba, o empezaba a aceptarlas así como me habían tocado. Así, la idea de la extirpación comenzó a rondar mi cabeza con seriedad, sobre todo cuando descubrí en unas horribles webs médicas que podía operarme y que la cirugía para los casos de "polimastía", nombre genérico para la presencia de más de dos mamas en el ser humano, no era considerada un signo de vanidad ni un caso para la cirugía plástica, sino el tratamiento médico recomendado para mujeres con padecimientos benignos de las mamas que sufrían muchas "molestias", físicas o psicológicas, y una forma más de prevenir, por ejemplo, el cáncer de mama. Las webs estaban plagadas de fotos que mostraban las tetas más inverosímiles. Encontré un auténtico atlas de la deformidad mamaria: pezones supernumerarios, pezones ectópicos (que pueden aparecer en cualquier lugar del cuerpo, incluso en la pierna, en la vulva y en los testículos), pezones accesorios, pezones invertidos, tetas asimétricas, amastia (ausencia de una o ambas mamas), macromastia (senos descomunales), micromastia (senos ínfimos), hombres con tetas... Me sentí parte de una comunidad de algo así como las mujeres senofóbicas, entré a foros de discusión sobre pechos raros y hasta hallé un reportaje "operan a mujer chilena con cuatro mamas", sobre una madre de familia de características lejanamente parecidas a las mías, que a punto estuvo de perderlo todo y suicidarse por un par de tetas de más. "Su esposo trató de ignorar la situación para no acomplejar a su esposa pero fue inútil", decía el artículo. La operación duró más de dos horas, pero logró removerlas, ahora la mujer espera reencontrarse con su familia y pasar un lindo verano. Según el reportaje, "un simple abrazo le producía dolores insoportables".

Perdónenme todos aquellos a los que en el pasado no abracé lo suficiente. Desde que me extrajeron a mis benignas enemigas, aquel gélido invierno de noviembre de 2005, mis abrazos son más estrechos. Nunca seré una modelo de comerciales de desodorante pero al menos ya puedo saludar con la mano a alguien que viene a lo lejos, tomar la palabra en una clase o ir colgada de la baranda más alta de un autobús. Y todo gracias a la anuencia de la seguridad social española, que logró proteger a una de sus inmigrantes del calvario emocional y bioestético y quizá de la hecatombe familiar. Fue clave saber que la operación de disminución de pecho de una amiga traumatizada por la enormidad de sus tetas había sido cubierta gratuitamente como una prestación más de salud. La mía también lo fue. La operación duró aproximadamente cuatro horas en que estuve completamente inconsciente. En los dolorosos días que siguieron a mi cirugía de pechos secundarios —casi un mes les tomó cerrar del todo a los tajos de ocho centímetros que llevaba bajo cada brazo drenando sangre oscura— necesité ayuda para casi todo, para lavarme los dientes, curarme las heridas y llevarme un tenedor con arroz a la boca.

Dos delgados costurones ocupan hoy el lugar de mis antiguas monstruosidades. Me han cortado las alas, literalmente, y quizá, como pensaba mi madre, me he cercenado la magia. Me he despedido de ellas y les he pedido perdón por la violencia injustificada. Pero lo más asombroso que descubrí en esos largos días sin poder moverme, sin poder escribir, es que algunos en realidad escribimos con los sobacos. Nada al final es tan importante para una narración sostenida como un buen batido de alas. En ese sentido, escribir poesía siempre es más sencillo. Se puede escribir poesía con una mano o con un dedo, pero la prosa solo acepta buenos, continuos e imparables aleteos.

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