Si preguntan por el directivo más odiado del fútbol profesional colombiano, al unísono respondemos: “José Augusto Cadena, el ‘mercenario del fútbol’”, socio mayoritario del Cúcuta Deportivo.

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Para lograr el título ha bastado ser el presidente de un equipo que por un año más estará en la B, luego, esconderse lo suficiente de los medios. El resto del trabajo corre por cuenta del voz a voz que en tierra caliente resulta tan efectivo.

José Augusto olvidó que debía recibirme. Llegué a su modesta oficina en el norte de Bogotá, donde me atendió una mujer amable, de pasados 30 años. Otra mujer, con boso de adolescente, me trajo un té. Esperé sola en una pequeña sala con la esperanza de ver secretarias con biopolímeros y minifaldas, de cabellos hasta la cadera, pero no estaban.

Quizás las tenía detrás de él como asistentes -tomando nota de sus ideas para mantener el equipo en la B-, acercándole un trago cada cierto tiempo. Unos 20 minutos después, la mujer que me recibió me acercó un celular y me dijo que “El doctor José Augusto” quería hablar conmigo. Me aplazó para las tres de la tarde. A las tres y treinta llamó a mi celular y dijo que estaba en un trancón muy fuerte, así que dejáramos para la noche y nos encontráramos en el café de su amigo César Guzmán, el presidente de Patriotas. Llegué muy cansada al encuentro. Todo el día di vueltas por la ciudad intentando coincidir con él. Necesitaba, como hincha, saber por qué no daba entrevistas, y como periodista, darle el beneficio de la duda.

Caminé al fondo del café y lo encontré en una mesita, sentado con César Guzmán. Saludé, pedí el baño, y César se levantó y me indicó a dónde ir. Cuando bajé, José Augusto estaba sentado en el rincón, con mirada de prevención, pero con una sonrisa. Es joven, tiene una nariz grande. Pensé que operársela le costaría el sueldo de una tarde. No llevaba asistentes, a cambio, un patrullero escuálido, vestido de civil, que no se veía como el escolta de un hombre al que miles de personas quieren ver muerto. Hace un par de días un hincha de la Banda del Indio le pidió al ELN que declararan objetivo militar a José Augusto. Claramente el patrullero no podría manejar un atentado.

José Augusto sonreía. A veces su sonrisa delataba sus nervios. Me miraba muy fijo a los ojos, como intentando leer lo que escribiría acerca de él. Les teme a los periodistas. Por eso no les responde el teléfono. Y les huye no por su capacidad de alcance a las masas, sino por su ignorancia con capacidad de alcance a las masas. José Augusto sabe que los periodistas de Cúcuta no lo quieren, pero que con algo de dinero podría comprar la mayoría de su aceptación. Coincido con él. Sabe que el actual alcalde y gobernador son los que pagan las pautas más costosas de los medios donde trabajan esos periodistas, así que comprende que es normal que los periodistas repliquen lo que dicen sus empleadores.

José Augusto sabe que la campaña política del actual alcalde, César Rojas, discípulo del exalcalde Ramiro Suárez -condenado a 27 años de cárcel por asesinato-, se basó en recuperar el Cúcuta Deportivo. Sabe que se subieron a la alcaldía con la imagen de un equipo del que no eran dueños, porque los feligreses de Ramiro no son personas que den su voto por propuestas de educación y salud.

Ramiro Suárez, en sus conferencias por Skype desde la Picota, les dice que va a recuperar al rojinegro. Le pregunté a José Augusto por su relación con el coronel Hugo Aguilar y con Ramiro Suárez, ambos con investigaciones por paramilitarismo, y me dijo que se los encontraba, así como yo me encuentro paramilitares cuando me siento en un bar en Cúcuta. En ese momento pensé en que es muy fácil tener un conocido criminal.

Recibió al Cúcuta Deportivo con pasivos de más de 17.000 millones de pesos, justo antes de ser liquidado, que ahora van en una deuda de 7.000 millones que se reduce. Pese a eso, a Ramiro Suárez lo aclaman en Cúcuta y José Augusto Cadena, los mismos dirigentes de la ciudad, le dicen que evite ir pues no es seguro para él.

César Guzmán interrumpió y me contó sobre esa vez que jugaban Cúcuta - Patriotas y que pese a ganar ese partido en casa, uno por cero, los hinchas se fueron al palco donde estaban los directivos y con golpes a los vidrios, le gritaron a José Augusto que se fuera de la ciudad. -Me piden resultados, pero ni cuando se los doy están felices-, dijo José Augusto y se río nuevamente. Sus dientes son naturales. No tiene los trozos de porcelana que usa el Gobernador William Villamizar, que se ven como un par de chicles en las fotos que comparten los periodistas que no quieren a José Augusto.

Recordé esa primera vez que vi a Ramiro Suárez de frente, y además de sus hermosos ojos verdes, me llamó la atención la gruesa cadena de oro que le colgaba. José Augusto llevaba en la muñeca un hilo con un ojo de buena suerte, de esos que venden los hippies por mil pesos. Busqué en las prendas de José Augusto algo que desentonara con el bolsillo roto de mi gabán, pero no noté lujos. Pensé que si aún viviera en Cúcuta, seguramente pensaría que es tan tacaño, que no se compra un reloj que se le salga de la manga de la chaqueta, una cadena de oro en forma de rosario y el último iphone.

En ese momento le llegó un mensaje de whatsapp con un video del alcalde César Rojas –la misma noche que ocurrió una masacre en la frontera, perpetrada por ELN, como aviso de su llegada a la zona-, que frente a una multitud de hinchas gritaba que compraría un equipo de la C para reemplazar al Cúcuta Deportivo. Me miró sin sonrisa y dijo que era imposible por las reglas de la Dimayor. Luego dijo un chiste y se río nuevamente.

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Le pregunté por las redes sociales e insultos, y dijo que no veía las redes sociales ni lo que la gente le escribía. En ese momento pensé en las ofensas de los periodistas más respetados de la frontera, y en la foto que me tomé donde decía #FueraCadena, que claramente él no había visto. –Sé lo que dicen porque la gente me cuenta, pero casi no los escucho cuando me vienen a hablar de eso-, y sonrió de nuevo.

César Guzmán pidió una Crème brûlée para la mesa. Usamos tres cucharas y compartimos. José Augusto pidió una aromática de frutas y no permitió que se llevaran la vajilla hasta que se comió el último trozo de fresa. César Guzmán aprovechó para mostrarme el teatro del café donde estábamos y me mencionó su gusto por la dramaturgia y algunos artistas. Me dijo que él y José Augusto estaban metidos de lleno en apoyar la liga de fútbol femenino aunque no hubieran suficientes jugadoras para todos los equipos y aunque no fuera rentable el negocio, -pero es hora que las mujeres tengan su espacio- dijo Guzmán. José Augusto asintió. Y sonrió.

Le pregunté por el negocio de estar en la B, siendo un equipo de categoría A, que recibe buen dinero de la Dimayor y paga poco en impuestos; y me dijo que era mucho más rentable estar en la A, recibir dinero de patrocinadores, vender jugadores, camisetas y el total de la taquilla. Le pregunté por qué no hubo un #9 en el partido contra América, del que finalmente salimos de los 8 con posible ascenso y me dijo que lo buscó, pero no encontró. El fútbol le es incierto.

José Augusto no responde a críticas porque cree firmemente que la mayoría de las veces el silencio es la mejor respuesta. No ha contestado a los hinchas, porque quiere esperar a ver qué pasa con todo, pero quiere hablarles, por respeto a su amor al equipo. No se ha acercado a hablar con el gobernador y el alcalde, porque prefiere la correspondencia oficial desde que le cobran más por el alquiler del General Santander.

Se queda en silencio y asiente cuando le digo que una buena estrategia de comunicaciones le habría ahorrado todo este rencor que recibe.  Así como le funciona su discurso de ser uno más del pueblo a un hombre condenado por asesinato, con acciones tan simples como tomar café con la gente pobre de los asentamientos. Siguiendo los principios de Ramiro Suárez, José Augusto debió entrar a la cancha y sacar a patadas de cada partido al volante Diego Herazo, -que deja escapar más golpes que un ciego sin piernas- para tener la aceptación de la prensa y los hinchas, pero el mercenario no es violento. Tiene un criadero de Pastores Alemanes porque son pacíficos y fieles.

Cuando habla de los perros, sonríe más de lo normal. También cuando habla de su paso como jugador por el Atlético Bucaramanga, del que era el #9. Es un hombre de familia, al que le gustaba viajar y leer sobre geografía e historia, con quien se puede sostener una conversación amena sobre cultura general. Disfruta la salsa y las bandas de rock de los 70s y 80s. Le gusta mucho conversar, pero no con periodistas. Por ahora se asesora con varias personas sobre cómo acercarse a los hinchas para explicarles lo que está pasando con el equipo, pero teme por su seguridad. Ir a Cúcuta a dar la cara le puede costar la vida. Dijo que podrían matarlo y sonrió de nuevo.

Se ofreció a llevarme a casa y acepté. Al salir esperaba a las chicas de los biopolímeros y pelo largo, a un par de escoltas y unas dos camionetas, quizás blindadas, pero detrás nuestro solo vino el patrullero escuálido que estaba sentado al lado de nuestra mesa. Subimos a su camioneta y él mismo manejó. Me trajo a casa y no paró de conversar y sonreír durante el camino.

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