Hace algunos años, en un viaje por la Costa Brava, decidí quedarme en una ciudad llamada Roses simplemente porque en el camino, desde la ventana del tren, logré ver una fila de prostitutas ofreciéndose en la autopista. Rumanas, me dijo alguien después. Nunca llegué a entender exactamente dónde consumaban su negocio.

Me alojé en una pensión sin nombre o cuyo nombre no conocí, en la calle Pescadores. El dueño, tras preguntarme en catalán y luego en español si yo era latinoamericano, hizo un puchero y me dijo que en l‘Empordá era costumbre pagar el hospedaje por anticipado. Sospechoso pero demasiado exhausto o cobarde para adoptar una pose idealista, le pagué una sola noche. Subí a mi habitación y tomé una ducha larga y caliente. Cuando volví a bajar el dueño estaba parado en el umbral de la entrada, sosteniendo la puerta con un pie mientras se fumaba un cigarrillo. No sé por qué le dije que iba de salida, quizás a beber una cerveza y a conocer un poco de la ciudad.

—Allá —me dijo casi enojado, señalando algo con su tabaco oscuro.

Volví la mirada en esa dirección.

—Todo derecho. Que hay una playa muy maja.

Me sonrió una sonrisa negra. Yo le agradecí y caminé despacio hacia donde me había dicho hasta que, con alivio, pude doblar en una esquina y perderme de vista.

El sol de mediodía estaba suave. Había una brisa dulce y afable. Anduve largo rato sobre la Avinguda de Rhode, al lado de un mar azul jade colmado de turistas. En algún parador me comí un bocadillo, en otro me tomé un par de cañas. Llegué a un muelle y me quedé viendo los yates. Seguí caminando con el mar a mi derecha hasta que arribé a una especie de pequeño cayo o península, y logré ver que del otro lado, en el extremo más lejano de ese semicírculo de arena blanca, todas las personas parecían estar desnudas. Y dirigiéndome hacia allá se me ocurrió que sin quererlo, o quizás queriéndolo de una manera elíptica o solapada, estaba llegando justamente a donde me había enviado el viejo impetuoso de la pensión.

Me quité las sandalias. La arena estaba ya tibia. Elegí un sitio justo a la par de una chica negra acostada boca arriba. Parecía modelo. Tenía la cabeza medio afeitada, el pubis frondoso, los pezones muy grandes y muy morados. Me quité la playera y la pantaloneta y los calzoncillos y me senté desnudo viendo hacia el mar. Pasó una tipa con pechos inmóviles. Pasó una pareja de viejitos flácidos. Él me saludó con una sonrisa que juzgué innoble. Metido hasta las rodillas en el agua, un niño de cinco o seis años estaba dando vueltas mientras sostenía su pequeño pene y se reía a carcajadas y orinaba una fuente amarilla y redonda. Un señor de mediana edad deambulaba entre la gente, como perdido, como buscando algo. Me puse a contar mujeres obesas. Siete. Luego me puse a contar hombres circuncidados y hombres no circuncidados. Ocho y doce, respectivamente, aunque dos o tres casos me fueron imposibles de esclarecer y olvidé contarme a mí mismo.

La chica negra pareció despertarse. Giró la cabeza hacia mí. Luego se tapó los ojos con un brazo y volvió a perderse en el sopor o en el letargo y yo me quedé viendo su axila sudada y pringosa y llena de motitas blancas.

Me recosté y casi de inmediato me quedé medio dormido. Siempre me ha gustado dormir siestas en la playa, con el calor intenso en el rostro. En general sueño algo, aunque en algunas siestas de playa sólo imagino algo o duermo en blanco o quizás duermo en negro, depende, pero casi siempre sueño algo. Esa vez soñé (imaginé) que mis padres estaban acostados sobre la arena, ella a mi derecha y él a mi izquierda, y cada uno me tenía agarrado de la mano, aunque mi padre con fuerza y mi madre con algo que podría llamarse piedad, aunque tampoco. Los tres estábamos boca arriba. Los tres estábamos acalorados. Ellos me decían que nos metiéramos al mar y yo les decía que a mí nunca me había gustado meterme al mar, que ellos lo sabían o deberían saberlo, pues aunque estaban muertos seguían siendo mis padres y deberían saber esas cosas. Ellos se reían y decían que no estaban muertos e insistían que nos metiéramos al mar, que en el mar lograríamos estar a salvo (no entendía a salvo de qué, era un sueño o una imagen insensata), y después, sin soltarme las manos, ellos se levantaban de la arena y trataban de levantarme a mí y de llevarme forzosamente hacia el mar. Pero no podíamos avanzar, no podíamos dar un solo paso. La playa estaba llena de anémonas que parecían globitos celestes y que no nos dejaban avanzar. La playa era una fiesta de globitos celestes.

Cuando abrí los ojos y me apoyé sobre los codos, noté que la chica negra ya estaba sentada, abrazándose las rodillas, sonriendo sin verme.

—¿Buen sueño, supongo? —me preguntó en inglés.

Tenía yo una ligera erección.

—Perdona.

No sé por qué le pedí perdón, y tampoco quiero saberlo.

Ella se puso de pie y empezó a sacudirse la arena de las piernas y nalgas. Se puso su camisola color crema, como de lino o algodón suave. Se echó su bolsón de mimbre sobre el hombro y, descalza, con sus alpargatas en la mano, se marchó.

Yo me quedé tumbado, observando a la gente. De pronto encontré al señor de mediana edad, al mismo señor que había estado deambulando por toda la playa. Era moreno y calvo y tenía un bigote grueso y acaso teñido de negro betún. Se encontraba sentado frente a una señora de escasos cincuenta años. Estaban desnudos, platicando muy cerca aunque lo suficientemente lejos para evidenciar que acababan de conocerse. Los observé conversar mientras empezaban a vestirse, y pude imaginarme todo ese diálogo entre un hombre bigotudo de mediana edad y una mujer cincuentona, quienes se acababan de conocer en una playa nudista de la Costa Brava. Imaginé que se habían hablado durante toda la tarde. Se habían mirado con minucia, conociéndose llanamente. Se habían mostrado cada uno de sus defectos e imperfecciones. Así soy yo, esta de aquí es una verruga, esta otra es una cicatriz de un amor prohibido, esto es de silicona. Ahora seguían vistiéndose, despacio, prenda por prenda, hasta que ya completamente vestidos sintieron una insondable vergüenza y se dijeron adiós.

El cielo se había blanqueado. Recogí mis cosas de la arena y también me vestí. Caminando ya hacia la avenida pensé que no hay nada como la desnudez sin pudor, quizás solo el pudor sin desnudez, mientras descubría a la misma chica negra acostada desnuda en otro sitio de la playa.

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