Bellezas que te tiran al asfalto como quien se sacude hojas de jacaranda. Bellezas que te embarran en la jeta la poca monta de esos sueños empapados a los que te arrastraron igual que un mosco muerto adherido a la suela del zapato. Sobra decir, Amparo, que es usted una de esas mamacitas.

¿Me recuerda, tal vez? Traía yo un pasamontañas morado. Le quité el bolso un miércoles lluvioso, por ahí a las nueve de la noche, a la salida de su departamento. Pensé en otros recursos de acercamiento, pero un sesudo análisis me condujo a concluir que solamente ese acto violento y abusivo me alcanzaría para llamar su atención. ¿O es que ya me olvidaste, mamacita sabrosa?

No sé si le incomode mi franqueza. Pensará que soy cínico, además. Pero usted me ha insultado día con día y es hora de que al menos se dé por enterada. Mire que tiene un par de muslos arrogantes, empotrados en tan groseras pantorrillas que la inocente idea de un día barnizarlas enteras de saliva se antoja una epopeya francamente quimérica. Por no hablar de esas nalgas megalómanas, arbitrarias y de hecho caciquiles, o aquel par de pezones engreídos como dos alpinistas en las cimas nevadas de sendos aconcaguas. Y espero me perdone por llevar mis sospechas hasta allá, pero temo que en lo alto de sus soberbias tetas sopla un viento glacial, capaz de congelar irremisiblemente la secreción mejor intencionada.

Ya puedo imaginar lo que pensó, nada más verme atravesar la calle y perderme en la noche con el botín. Iba a llevarme un chasco, ¿sí? Pues no, y hasta al contrario. A falta de monedas, billetes o tarjetas de crédito, en su bolso encontré un estuche de maquillaje, un tubo de bilé, la credencial de algún club deportivo y una muda ya usada de ropa interior. Y dígame, ¿qué más puede pedir un cadáver de insecto embarrado debajo del zapato?

Esa noche no dormimos exactamente juntos, pero habría hecho falta un experto aguafiestas para reconocer la ausencia imperceptible de su cuerpo en mitad del imperio de su aroma. Tampoco me entregué a ensalivarla toda, tobillo arriba hasta topar con cuello, ni a hacer escala en montes y cavernas como quien peregrina por sagrados lugares, ni a perseguir el rastro de sus manantiales con la sed desatada de un sátiro en harem, pero lo pensé tanto, durante tantas horas de tentar y olisquear sus pertenencias, que podría incluso entrar en detalles tan íntimos como ese gusto a arándano y almíbar que reina en los suburbios de su entrepierna.

Espero no me culpe por haberla seguido, desde entonces, como cualquier sociópata indolente. La verdad es que lo hice con cuidado. No solo por cuestiones de respeto, sino también de mutua conveniencia. Lo probable, por cierto, era que su arrogancia y mi obsesión jamás se conocieran. Me conformaba igual con perseguirla, y de pronto jugar al detective. De esa manera descubrí que aquel “club deportivo” era algo así como una cofradía de swingers. Ahora imagine la anticipación que me tomó por rehén cuando fui tras de usted hasta las puertas del citado coitódromo, la noche de aquel sábado fatal.

Lo asombroso no fue que el empleado me dejara pasar sin revisar el nombre ni la foto, sino que usted entrara saludando a unos y a otros de beso en la mejilla. Pero el hambre de asombro me comía, y seguí así sus pasos hasta ese cuarto sórdido que la vio desnudarse entre extraños aún más extraños que yo. No sé ni cuántos éramos, pero entre la penumbra pude advertir las sombras de su sumisión ante el embate de los garañones. Además de ese olor a amoniaco que se inmiscuía entre ojos y narices para ocultar la peste que despedía el cadáver de su petulancia. Me espeluzné nada más reparar en que sus muslos ya no me insultaban, y de hecho pretendían obedecerme.

“Buena suerte, mamacita”. Fue eso lo que le dije cuando le devolví la bolsa con sus cosas, entre tanto trajín. ¿Ya me recuerda, Amparo? Soy el amigo del gorro morado: se desdobla y se hace pasamontañas. Perdón que me esfumara sin despedirme, pero debe saber que ciertos moscos muertos nos inclinamos por las arrogantes.

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