“Los culos son las nuevas tetas”. Eso decía Desmond Morris resumiendo las tendencias de los noventa. Esos fueron años del culo. A finales de esa década se rumoró que Jennifer López había asegurado el suyo en mil millones de dólares. Ella salió en público con su culo y dijo que no era cierto, pero quedamos con las ganas de saber cuánto le habrán dado por él. En Brasil en ese entonces se llegó a inventar una nueva palabra de ridícula dicción para una mujer de bello trasero: popozuda. Espero de corazón que no tenga nada que ver con el uso oficial del culo. Ellos simplemente las llaman así, como ponen aguacate en el salpicón. No es nuevo. Los antiguos griegos erigieron templos al cuadril. Los eruditos escritores Ateneo y Clemente de Alejandría, entre escandalizados y arrechos, contaron cómo en la época clásica los sabios helenos erigieron un santuario a Afrodita Kallypigos, literalmente la ‘Diosa del bello culo’. A la Virgen le hemos visto los pechos, pero nunca el culo, aunque en un capítulo de South Park una estatua de la Virgen sangró por ese delicado órgano. Pensaban los sabios antiguos que el culo era lo que nos separaba de los animales, un rasgo humano más pronunciado que el uso de herramientas, el lenguaje y hacer visita con la pierna cruzada, porque la mayoría de los animales no tienen culo: considérese un gato empinado. La estatua reposa, aún mirándose el culo, en el Museo del Hermitage. No es tan buena como uno se la imagina: un trasero un poco terco en su declive, una prolongación de la espalda. Lo que en Boyacá llaman ‘culo lamido é vaca’. Pero el gesto es incitante y desde hace más de 500 años se hacen copias de la preciada estatua para los príncipes ilustres que han adorado el derrière.

Los cristianos medievales pensaron que el diablo les envidiaba el culo porque él no tenía uno. Una forma de espantar al demonio era mostrándole el culo. Nadie lo entendió, pero era lo que intentaba hacer Antanas. Las damas salían durante las brutales tormentas a poner el culo a los rayos para apaciguar al demonio. Con los jesuitas, el culo llega a América. Antes acá no se usaba eso. En 1786, en su Monarquía del Diablo, el jesuita Antonio Julián declaraba en tono vehemente, doctrinero y dogmático —similar en todo al de su colega contemporáneo Alfonso Llano— que había sido testigo presencial de cómo una feligresía de brujos y brujas volaban hasta una llanura para reunirse en aquelarre con un macho cabrío que no solo representaba sino que era el mismísimo demonio. Contaba que formaban una fila, de manera muy similar a como hoy en día a los empleados les toca cuando el jefe cumple años“… y todos iban a darle ósculo de paz en el proprio sitio, por mal nombre llamado bajo la cola”. A los colombianos, cuando nos da pena decir culo, decimos ‘colita’.
El tema ha atraído a las más grandes mentes, por lo menos hasta ahora. En su Enciclopedia filosófica, Voltaire le dedica un capítulo entero al culo, pero lo hermoso e inteligente es que lo hace bajo la entrada de la palabra ‘Ignorancia’. Y es cierto. Todo lo que gira en torno a ese remate corporal es puro tema de ignorancia; nos sentamos en la mica y tenemos ideas metafísicas. La gente se lleva una revistica al baño. Los más grandes hombres, Alejandro y Adriano, se fueron lejísimos por un poquito de culo. No lo hicieron por una porción del otro histórico huequito por donde venimos a este mundo, sino por el tafanario. Y pensar que algunos han subestimado el poder del nalgatorio omnipotente. Dalí lo sabía: ‘Es en el culo en donde se pueden desentrañar los mayores misterios de la vida’. En lugar de mirar unas yemas para inspirarse, si hubiera podido mirar su propio campanario, ¡cómo habría sido de concreto el arte abstracto!
En el mundo entero han proliferado los blanqueamientos anales. Para los que no nos hemos mirado, esas delicadas células del órgano que amaban los sabios antiguos tienden a negrearse. No quiero pensar por qué. Un médico me explicó que lo mejor para que quede resplandeciente es pulirlo con algo similar al vinagre. Pero no con Heinz, sino con uno que ellos preparan. Queda ese último esfínter que nos separa del mundo externo como una verdadera estrella de Belén hacia la cual habrá que peregrinar, de rodillas, con la lengua afuera, con ofrendas, en paz, con mirra, a conocer al chiquito… “vamos a llevarle al pesebre requesón, manteca y vino”, dice un villancico. Eso no se le regala ni al celador.
En Colombia ha prosperado el peeling del bul. Al parecer, nos hemos dado cuenta de que nos gusta el peregrinaje. Pero la idea de alabar la horrible cloaca personal es mundial. Benedikt Taschen acaba de publicar The Big Butt Book, en donde explora esa fascinación perenne por el trasero. Con más de 400 fotos desde 1900 hasta la fecha, es una verdadera culopedia. En una canción que nunca he podido entender, la mente musical de Sting, que fue estudiada por Discovery Channel mediante una serie de TACS, declara que el corazón del naipe no tiene la forma de su corazón. Claro que no, tiene la forma de su culo.
El cuerpo desnudo no tiene bolsillos, ni guanteras, lo que hace que fumar desnudo sea difícil. Hay quienes creen que lejos de ser un objeto de culto, el final del colon es un estuchito cuco. Aparte de las consabidas botellas, vasos, velas, huevos, zanahorias, plátanos (con condón y sin él) y bombillos que podría uno suponer son los objetos más usuales a ser encontrados en tan íntimo compartimento, los proctólogos David B. Busch y James R. Starling, de Wisconsin, ofrecen en internet una lista entre la que se cuentan: 402 piedritas en un solo tipo—iniciando un negocio de gravilla, tal vez—, unas gafas y un periódico —me dejó el avión, ¡y tenga!—, una jarra de cerveza de esas que había en la cabaña del Tío Tom con portavasos —no vaya a ser que dejemos feas manchas en el colon—, una anguila viva que innominado coreano decidió introducir para relajar su llenura —¡hay una cosa que se llama Alka Seltzer!
En Colombia somos especialmente afectos a las chuspitas. Una mujer llamada Tirsa intentó introducir a La Picota en el 2000 un arma semiautomática de calibre 7,65. El arma se le atascó, como era de suponerse, y Tirsa alegó estar embarazada. Solo tres días después confesó que los verdaderos padres eran dos caballeros americanos muy arrevolverados: Smith y Wesson. El arma se había alojado tan arriba que quizá la idea era que saliera por vía bucal con una leve tos nerviosa. En Medellín hizo historia en el cuerpo médico la triste anécdota del habitante de la calle que quizá queriendo darle a su mejor amigo una morada, le permitió vivir en su culo. El problema es que su amigo no era imaginario, sino una rata real. La criatura murió en la cavidad rectal y tuvo que ser removida quirúrgicamente. En casos como ese, el paciente queda con colostomía permanente: sí, esa condición en la que pende una bolsita en la que se deposita lo que uno carga en una bolsita cuando sale con el perro. Famosas prostitutas de Bogotá, mujeres que conducen camionetas Mercedes hasta la casa de sus clientes, que han tenido desgarraduras anales por efectos de su oficio también terminan con colostomía. Lo paradójico es que lejos de complicar su comercio, lo expande: hay clientes que ofrecen mayor cantidad de dinero por la experiencia antinatural, lo cual parece sugerir que lo que se ama es el colon y no el antifonario. ¡Vaya extraño apego a un órgano interno! Es famosa la anécdota entre el cuerpo médico del sacerdote bogotano que llegó a las urgencias de una prestigiosa institución capitalina con una Barbie atascada en el mentado orificio. No me consta, pero como rezaba el extraño culto de Molder en los Expedientes Secretos X: quiero creer. Como ultimísimo recurso, uno se introduce un Ken a ver si le da una mano.
Sabios los inventores del Nexus, un objeto similar a la palanca de cambios de un Twingo, al fin diseñado específicamente para que el viejo cincuentón con esposa e hijos experimente sin saber un culo del culo; le pusieron una manija bien bien larga.

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