La verdad es que desde muy chico tuve la oportunidad de probar varios tipos de sustancias, como el licor, el tabaco y la cocaína. Pero a los 19 años hice un clic en mi cabeza y me dije que no quería entregarme a eso. Fue entonces que conocí la marihuana y decidí que iba a quedarme con ella.

Hoy tengo 35 años y una casa en la que vivo con uno de mis hermanos, donde cultivo mi propio cannabis. Me gusta tanto el tema que soy activista en una agrupación cannábica desde hace ocho años y cada vez que vuelvo del laburo, me dedico a cuidar mis plantas, que en promedio son 20, porque a veces tengo más y a veces menos, dependiendo del consumo. Tengo plantas en la sala, en los armarios, en la cocina, en las habitaciones. Aunque no se crea, cultivar cannabis es toda una labor, y tener mi propio cultivo me tomó muchos años de trabajo y aprendizaje. Por eso, para que se entienda, creo que debo contar todo desde el principio.

Empecé a fumar marihuana y, como cualquier persona que se inicia acá, en Buenos Aires, la conseguía en el mercado negro. Pasé dos años comprándola, pero no me convencía. Como la marihuana que llega a Argentina viene por la vía del narcotráfico desde Paraguay, su calidad no es muy buena. Los porros que me fumaba llegaban con toda clase de basura. También con semillas y, como soy del campo, me imaginé que podría cultivarlas y ver crecer mi propia hierba.

Lo intenté, pero fracasé desastrosamente en tres ocasiones. No sé por qué, no me pregunten cómo, pero mis primeras plantas no brotaban. Las cultivé tan mal que llegué a fumarme partes del cannabis que no se deben fumar, como el tallo y las hojas. Fue entonces que hice lo que me parecía lo correcto: aclaré cuentas con mi vieja, le confesé que fumaba marihuana y, además, le entregué algunas semillas que tenía para que me ayudara a cultivarlas.

Ella, por supuesto, se escandalizo al principio y lloró mucho tiempo, pero me amaba tanto que lo hizo por mí y cultivó la primera planta que pegó. Con el tiempo, ella se quitó los prejuicios que todo el mundo tiene sobre los consumidores de marihuana, porque veía que yo seguía siendo el mismo. Empezamos, entonces, a aprovecharla los dos: yo me quedaba con las flores y ella, con lo que sobraba, pues hacía una tintura de marihuana, que es buenísima para todo tipo de dolores, y que usó hasta sus últimos días.

Así pasaron tres años. Luego apareció la revista THC en 2006, una publicación argentina dedicada al mundo del cannabis y a sus consumidores. Para mí, leerla fue como un nuevo mundo que se me abría. Empecé a buscar a sus creadores, y fui tan insistente que me aceptaron como un amigo en su pequeña redacción. Ahí conocí gente con la misma pasión que yo, pero con mucha más experiencia y conciencia sobre la marihuana.

Me di cuenta de que no sabía tanto del tema como creía y, por eso, me interesé mucho más en instruirme. Tenía 26 años y ya no vivía con mi vieja, entonces aprendí a cultivar marihuana yo mismo: buscaba instructores, leía libros, experimentaba con mis semillas. Cultivar la propia marihuana es mucho mejor porque disfrutás de todas las variedades de cannabis que hay, no apoyás el narcotráfico y te ahorrás toda la cantidad de plata que querás.

Pero tanta felicidad no podía ser cierta. En abril de 2011 ya tenía en mi apartamento un cultivo que variaba de 10 a 15 plantas, y también un vecino policía. Nunca he ocultado el hecho de tener mis plantas, y un día el vecino policía se hizo el Supermán y me allanó. Me detuvieron, me llevaron a juicio por almacenamiento de marihuana y me condenaron a 15 años de cárcel por supuesto comercio. Así es la ley en Argentina.

Pasé 15 días en un calabozo. La noche antes de mi traslado al penal, mis amigos de THC y algunos abogados activistas hicieron toda una movida mediática para dar a conocer mi caso y hasta mi hermana fue invitada a defenderme en Duro de domar, uno de los programas de televisión más vistos del país. La estrategia funcionó, y la misma jueza que me había condenado volvió a llamarme para revisar mi caso. Pasamos cuatro horas juntos en las que le conté toda la historia de mi vida para que pudiera concluir que yo no comerciaba con marihuana, que solo la tenía para mi propio consumo y que era inocente. Sin embargo, me juzgaron bajo cargos de cultivo para consumo y me condenaron a una pena menor y excarcelable de cuatro años bajo libertad extraordinaria. Todavía la estoy pagando.

Mi historia se convirtió en un caso significativo para reevaluar la ley sobre la tenencia de marihuana para consumo en Argentina y, a pesar de vivir bajo el ojo de la policía, disfruto de mi libertad; por eso creo que no todo salió tan mal.

Actualmente tengo mi propio negocio, que es un comercio de zapatos para dama, de eso vivo. Pero lo que más me gusta hacer, a veces, es llegar a casa: me dedico a regar cuidadosamente las plantas que están por todos los rincones. Me emociono con ver cómo crecen las flores de mi cannabis y no hay mejor momento que hacer la cosecha mensual que me rinde hasta la siguiente. Y me fumo el porro diario que yo mismo cultivé. Esa es mi verdadera pasión.

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