Tener 30 es estar en la mitad. Vivir siempre en la fila, pero nunca llegar a la entrada. Ser y no ser al mismo tiempo. Haberse extraviado de la ruta.

Caso de estudio: sufro de una terrible combinación de acné y calvicie. El primero ha cesado con los años, un par de espinillas que de cuando en cuando se emputan y devienen en granos. La segunda, en cambio, crece de manera exponencial. Hablo de entradas ridículas que nada tienen que ver con la línea de pelo de Jude Law (tan elegante y british y chic). Mis entradas son algo peor: el anuncio de que pronto la única salida decente que tendré será tusarme a lo hermano Rausch.

Mi Facebook parece sufrir de esquizofrenia: fotos de amigos enrumbados en alguna finca, invitaciones a showers, amigas reencontrándose a ellas mismas en India, posts en los que se usa demasiado la palabra “matri”, gente rogando que le den un trabajo, fotos de mis primas chiquitas que ya no están tan chiquitas, ecografías 3D de algo que, aseguran, es un bebé.

No concibo salir de rumba sin haber tomado un Omeprazol, Uber no me parece tan caro y ya no me pongo camisas que no estén planchadas. Llevo 30 años desde que llegué a este mundo y tres de haber empezado a sentir eso que llaman la crisis de los 30.

Esta crisis no solo no es un invento cultural, es además un mal que aqueja a las personas desde mucho antes. Un estudio realizado por la Universidad de Greenwich, en Inglaterra, y citado por el diario inglés The Guardian en 2011, descubrió que el 86 % de los 1100 jóvenes entrevistados aseguraba sentir la presión de no tener un buen trabajo, una relación decente ni una economía estable antes de cumplir los 30. De golpe el existencialista francés que uno lleva dentro despierta y empieza a hacer preguntas innecesarias: ¿Debería abandonar mi carrera de abogado y poner un restaurante?, ¿estoy muy viejo para tatuarme?, ¿está mal que siga comprando mi ropa en Bershka? Y, aun cuando ese Jean-Paul Sartre se queda dormido, la sociedad está ahí para llenar al treintañero con preguntas aterradoras: ¿para cuándo el matri? Y si ya está casado: ¿para cuándo el baby? Y si ya tiene baby: ¿para cuándo el segundo? Uno a los 30 está tarde. Siempre.

Todo esto mientras su cuerpo y su vida cambian a pesar de todos sus esfuerzos. La vejez, esa enfermedad incurable que aún hoy es la mayor causa de mortandad en el mundo, empieza entre los 25 y los 35. La senescencia, el nombre elegante que la ciencia le da al momento en el que las células y los órganos empiezan a destruirse y el cuerpo se arruga de maneras impensadas, ocurre en medio del mar de incertidumbres de la crisis de los 30. Senescencia: la grasa en el abdomen que haría entrar en pánico a Jorge Hané y su Redu Fat-Fast, el dolor en la rodilla que hace más difícil su rutina de crossfit. El ser humano empieza a morir cuando llega a los 30. La cuenta regresiva empieza cuando sopla las velas de ese ponqué. Tic tac. Tic tac.

Cambia su alimentación: ya no solo le gusta el maní con pasas, sino que hoy entiende perfectamente por qué en la noche es mejor comer “ligerito”. Cambia su forma de beber: el fantasma de guayabos de aguardientes pasados ha hecho que odie el anís hasta en los postres.

Tener 30 es alejarse de los amigos que solo hablan de su matrimonio y de los que andan en rumbas muy pesadas. Es no entender la música electrónica, ofenderse con el reguetón y reencontrarse con la plancha. Es querer ver conciertos sentado, pero no tener plata para las boletas. Es ir a Estéreo Picnic, pero solo un día y con zapatos muy cómodos. Tener 30 es tener que declarar renta y, sin embargo, seguir sin entender del todo lo que eso significa. Es cambiar el sueño de mochilear todo el norte de Europa por un fin de año tranquilo en el Irotama. Es dejar de comer harinas después de las 3:00 porque uno se llena de pedos. Es querer tener un perro, pero comprar un gato porque es más fácil. Es sentir que la canción de Friends describe su vida a la perfección. Es querer encontrar a una vieja como las de Girls, pero solo salir con locas como las de Sex and the City. Es seguir rumbeando, pero en fiestas en las que la última ronda es de té de cedrón. Es intercambiar datos de médicos y psicoterapeutas con los amigos. Es ir al gimnasio, pero “por salud”. Es ser joven y viejo al mismo tiempo.

Tener 30 es vivir con un espejo retrovisor al frente, en el que uno ve cómo su cara se va llenando de arrugas y ojeras, mientras sus sueños van quedando en el camino.

Tic tac, dice su nuevo reloj de manecillas y pulsera de cuero que cambió porque el que tenía le parecía ya demasiado juvenil: tic tac.

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