Aunque es un personaje intensamente mediático, su agenda le permite conceder solo unas cuantas entrevistas. Soy la afortunada. Media hora con él, que de pronto parece una eternidad, sobre todo cuando el bullicio propio de una trasescena antes del show impera afuera. Cientos de personas y seguridad al modo de un jefe de Estado rodean todo. Él, por supuesto, entra sereno a donde se da la conversación.

El cliché del new age se queda en los pasillos del auditorio. En la trasescena solo hay actividad frenética y el encargado del encargado me subraya un “por aquí, rápido, solo tenemos unos cuantos minutos para prepararnos”. El fotógrafo me ve con horror. Se supone que debíamos estar listos para el dalái lama media hora antes de la entrevista. “Corran”, dice el encargado. Máxima velocidad para llegar a un camerino austero que debemos convertir en set de fotografía improvisado. Preguntas y nervios en mano, me siento en el sofá, respiro y al instante entra el mismísimo “océano de sabiduría” con su pequeño séquito de dos monjes, un traductor y una dupla de seguridad. Sonríe, saluda a cada uno de los que nos encontramos ahí: inclina la cabeza en reverencia ante el fotógrafo e incluso ante el hombre de la limpieza que entra por descuido. El dalái lama se inclina tantas veces hacia nosotros que nos obliga a hacer lo mismo. Sonríe una y otra vez, parece divertirse con este pequeño ritual improvisado. Ya no hay nada que planear. Se sienta y espera a que empiecen las preguntas. Mi corazón ha dejado de latir. Pausa. Me siento y en ese momento se borra todo lo demás. Solo estamos él y yo. Su concentración es inamovible. Su mirada suave y penetrante espera mi pregunta. Lanzo la primera y él responde, con inglés correcto y acento oriental marcado. Anécdotas, risas y serenidad total.

Quisiera decir que es como cualquier otra entrevista, pero no es así. Nada más se mueve. Nadie más existe. Atención puntual. No se distrae ni con uno de los colegas acompañantes que comete el atropello de tomarle fotos, muy de cerca, con un iPhone que tiene el rostro de Mao Tse Tung (nada menos que quien lo forzó al exilio) en la funda. Ni al dalái lama ni a los monjes a su alrededor les importuna el hecho. Él simplemente está atento a la próxima pregunta, contesta sin titubear, sereno, haciendo ciertas pausas y puntualizando con carcajadas. Sí, al dalái lama le gusta reír a carcajadas. Y contagia. Convence, envuelve y seduce. Me importa nada que haya miles de personas esperándolo ya en el recinto: me olvido de todo y siento que podríamos charlar todo el día sobre China, la cultura tibetana, la ética, la importancia de la educación y la relevancia del budismo laico en el siglo XXI.

Transcurrida la media hora, sin más y ni siquiera mirar su reloj, él se levanta. Tal cual como llegó se despide: interludio de inclinaciones y adiós. En ese momento el tiempo regresa con furia. “Vámonos, tenemos que dejar la sala”, nos dice el encargado del encargado. Vuelvo a oír a todo volumen el caos de la trasescena.

Entrevistar al dalái lama es un ejercicio sublimemente budista: el aquí y el ahora. Lo demás jamás existió. Extraño sentirme así.

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