Veníamos de vivir con mi abuela y el teléfono que ven ahí es por eso: porque quería llamarla y decirle que extrañaba el chocolate que nos preparaba. El raspón que tengo al lado de un ojo fue por una caída jugando en el jardín. Me acuerdo de que mi mamá me perseguía para ponerme un ungüento y que no me quedara cicatriz; en efecto, no me quedó nada. Mientras me tomaban la foto actual, me devolví en el tiempo: desde niña con comportamientos muy femeninos, aunque mi cuerpo fuera de hombre, jugando con las Barbies, con esa voz chillona que mi papá trataba de agravar. Estoy segura de que cuando mi mamá la vea, se le van a escurrir las lágrimas por la emoción.

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