Todo surgió cuando un día, durante una fiesta laboral de fin de año, me dediqué a la perversa tarea de observar qué hacían las personas después de entrar al baño. No me había conformado con lo que ya había visto: la manera de masticar, de tomar los cubiertos, de sentarse, de reír, la transformación que muchos iban sufriendo hacia lo grotesco con unos tragos encima.

No, eso ya lo sabía: ahora quería ir más allá. Durante la larga fila para entrar a las escasas ‘baterías sanitarias’ del club, me percaté de que apenas unos pocos se lavaban las manos después de hacer pipí u otro menester mucho más complejo y desagradable.

Simplemente llegaban al habitáculo, manipulaban lo que tenían que manipular y se iban como si nada, sin mirar el jabón, sin echarle una mirada coqueta al aguamanil que tenían en frente. Volvían a sentarse a la mesa, tomaban con esas mismas manos las costillas de marrano, la arepa, la papa, el chorizo, y hasta se chupaban los dedos. Uno que otro, ya pasado de aguardientes, ahíto de comida y preso de romanticismo, pasaba esos mismos dedos por los labios de una amada de ocasión. Qué linda escena: ¡tan adorable como asquerosa!

Entonces decidí llevar a la práctica lo que desde pequeño siempre había tenido latente, como una pulsión: no le volvería a dar la mano a nadie. Criado como fui, como en régimen militar, mis papás no me dejaban sentar a la mesa sin lavarme las manos. Ahora, cuando grande, ya entendía un porqué adicional que lo explicaba todo.

Esa fiesta de fin de año ocurrió hace veinte años. Y durante esos veinte años presumo que la desagradable y pecaminosa costumbre de no lavarse las manos continuó campante, como una plaga. En todo el mundo. La experiencia de observar a la gente en su higiene personal la mantuve en todos los países que visité y en el que viví un tiempo, Estados Unidos. La conclusión desalentadora siempre fue la misma: somos, en esencia, una partida de cochinos...

He observado detenidamente a altos funcionarios, personajes de la farándula, políticos, sacerdotes, deportistas, cantantes e ilusionistas, entre otros. Se meten los dedos a la nariz, hacen discretamente bolitas que arrojan al piso o pegan bajo la mesa, y sin ningún reparo le dan la mano a su interlocutor. Otros se meten las manos entre los calzoncillos, se rascan sonoramente y con mirada perdida, y luego estiran la mano, sonrientes, relajados. Algunos más se acomodan el pantalón en toda la mitad de la nalga, como si algo les picara, y luego tantean un croissant o una empanada: ¡con absoluta impunidad!

Siempre me pregunté cómo hacen los políticos para sobrellevar la carga que significa tener que saludar a tanta gente que le estira la mano sin saber de dónde la sacan o en dónde más la han tenido. Claro que con nuestros políticos, uno no sabe quién unta a quién, quién ensucia a quién.

Por eso admiré a Uribe, pero al mismo tiempo le hui en una ocasión. Uribe es un expresidente colombiano que podría pasar a la historia por haberle dado la mano a mucha gente con las manos sucias. Digo: de tanto saludar. Durante nueve años —uno de campaña y ocho de gobierno—, saludó a todo el mundo de mano, lo cual, obviamente, también puede ser un acto bueno, fraternal, amistoso. Pero hubo actos masivos en los que fui testigo de que apretó la mano, fácilmente, a doscientas personas o más.

Con el paso de los años he aprendido a convivir con esa fobia, aunque sigo sintiendo el mismo corrientazo de terror cada vez que alguien se me acerca con la mano estirada: mi cuerpo entra en pánico, me siento acorralado y empiezo a sudar, ¡como si un perro rabioso me fuera a morder! Como los psiquiatras que visité no me han servido para nada (para ese y otros males de la cabeza) opté por una salida pacífica y negociada a mi conflicto armado con las bacterias: cargo mi jabón a todas partes, saludo levantando la mano y explico a mi interlocutor que “no es nada personal”. Hay gente que se ofende si uno no le da la mano, y hay mucha gente que puede saludarse entre sí, de mano, tres o más veces en el día.

Mis actuales compañeros de trabajo, que son mis amigos, ya lo saben, me respetan el asunto y hasta me maman gallo con sevicia. Por ejemplo, Díaz Salamanca, gran maestro del humor político, no puede verme por ahí desprogramado o desparchado porque de inmediato hace garras con sus manos y me persigue por el estudio, como una bruja, gritando con voz de ultratumba: ¡le voy a pegar estas bacterias!

Obviamente la pregunta que todo el mundo me hace cuando descubre mi fobia es ya un lugar común: 

—Juan Manuel, ¿y para todo es así?

—Sí —respondo categóricamente—. Para todo. 

Mientras menos me unte, mejor.

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