Mi abuela Sara, habitante del Quiroga —el barrio limítrofe por el sur—, fue mi cómplice para certificar que yo vivía en su casa. Resulta que cuando nos íbamos a casar, la que escogí como titular en mi vida, Luz Marina, no cumplía todavía la mayoría de edad, y el padre de la parroquia del Olaya nos daba la bendición sin que tuviéramos que llevar el permiso de sus padres. Así las cosas, no podía escoger mejor escenario para recibir la bendición a nuestro amor de adolescentes. Fue la coyuntura perfecta para poder ir a comentar un partido de fútbol al día siguiente de la ceremonia en la polvorienta cancha del mismo barrio que organiza hace 50 años el Hexagonal Copa Amistad del Sur. Para un futbolero obsesivo y una novia comprensiva, era una causa noble aplazar un día la luna de miel. En cambio, el partido entre Solfer y Caterpilar no se podía postergar. Además, Emisora Mariana, donde trabajaba por esos días, no tenía otro comentarista.

Lucerito, como cariñosamente llamo a la mujer que Dios puso en mi camino, entendió desde aquel 3 de octubre de 1980 que el domingo religiosamente era el día del fútbol. Ella ya me había acompañado a todos mis partidos en la época de delantero goleador. Recuerdo con gratitud su presencia en la tribuna oriental el 27 de noviembre de 1975 cuando di la vuelta olímpica en El Campín como campeón con Millonarios en el torneo prejuvenil de la Liga de Bogotá.

En eso, Luz Marina le ganó por inteligencia de juego el partido a Patricia, quien hasta ese momento era la titular indiscutida. ‘La Pecosa‘ —ex compañera de secundaria— quiso competir de forma antifutbolera con mi pasión por la pelota y los horarios de los cotejos. Me exigía ir a hacerle visita de novio hasta el barrio Minuto de Dios en tiempos de puro bus con paradas en todas las esquinas, porque no existía TransMilenio. Por eso se fue al banco de suplentes.

Como periodista he cubierto 25 versiones del torneo del Olaya, 15 Copas Libertadores, 10 Copas América y cinco Mundiales de fútbol. El deseo de capacitación para agregar otro instrumento de análisis me llevó hasta Argentina dos años para hacer el curso de técnico Atfa en la Escuela Central de River Plate. Todo eso hubiera sido imposible sin una fiel compañera de causa como aliada futbolera: Luz Marina, mi esposa. Hoy, a punto de arribar al quinto piso y luego de 34 años de noviazgo (30 de casado con tres hijos y tres nietos), sigo con ella y detrás de la pelota, como aquel día en que aplacé mi luna de miel por un partido de fútbol en el Olaya.

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