Mi primera y única pelea la tuve en los años de colegio, a mitad del bachillerato. Tendría unos 14 años. Como la mayoría de estas trifulcas escolares, el combate formaba parte de los llamados ‘ritos de iniciación‘ adolescentes, costumbre, por lo demás, típica y recurrente en cualquier colegio de varones en ciernes. Las causas o las razones para los enfrentamientos, como todos lo saben en una u otra medida, eran casi siempre las mismas, aunque en esencia se reducían a una sola: enfrentarse a las arbitrariedades y los abusos del matón o los matones de turno. No respondía uno impulsado, obviamente, por ninguna precoz reflexión intelectual sobre la justicia, delicadeza aprendida a posteriori, sino por la simple reacción de un muchacho herido y rabioso.

Además, la convención de ‘darse en la jeta‘ con alguien más, tolerada de manera tácita por una gran mayoría de adultos, era una especie de maniobra periódica a la que no había forma de sacarle, literalmente, el cuerpo. Se trataba de una asignatura más, parte del aprendizaje masculino, como asistir a la clase de química o a la de gimnasia, espacios siempre propicios para ‘experimentar‘ con las fuerzas y las debilidades.

Así, cuando uno quedaba emplazado a repartir y recibir golpes resultaba casi imposible escapar. Aducir, por ejemplo, una enfermedad o un malestar inesperados, significaba sacar a flote la cobardía inconfesada de cualquier endeble o, para decirlo en los términos colegiales, de un ‘marica‘ sin remedio. Negarse a una pelea era admitir ante los demás que uno podía ser blanco para cualquiera. Ante esta circunstancia, solo quedaba encontrar un modo de disfrazar el miedo y saber cómo ‘prepararse‘ para la cita: tragarse un par de huevos crudos, levantar varias veces las noches previas y con afán alguna piedra a manera de pesa o pedir los consejos pugilísticos de algún amigo más ducho, que ya supiera cómo era eso de entrarle a golpes a otro.

El detonante para aquella pelea en la que terminé fue, como dije, la de siempre: un tipo grande, de mi edad, se metió con mi hermano menor en el bus hasta hacerlo llorar. No había ningún otro propósito. Ese era el juego. Supongo que se trata de una práctica vigente, aunque ignoro qué tanto se ha dosificado o refinado. Mi reacción, así no hubiera sido inmediata, como saltar y empezar la pelea ahí mismo en el bus, fue sin embargo la apropiada para la lógica que sostenía esta otra manera de ‘comunicación‘: sacarle al otro un pecho incipiente, flaco, sin mucho aire, defender a mi hermano y cuadrar el día, la hora y el sitio. El otro tampoco se dejó llevar por ningún reflejo impensado, al fin y al cabo agarrarse en el bus implicaba un castigo, llamadas de papás, con suspensión inmediata, y la cosa era solo entre los dos. Respondíamos simplemente a las reglas básicas de la ceremonia.

Así como había un lenguaje y unos ademanes propios, para estas peleas existían también territorios bien definidos, que por lo general se repartían entre parques, canchas de fútbol o los muros traseros del colegio, punto de encuentro que dictaba la famosa frase repetida por tantos de ‘a la salida nos vemos‘. Se dio la casualidad, por otro lado, que los dos vivíamos en barrios cercanos y conocíamos un parque equidistante. No sé ya cómo decidimos que ahí era donde nos bajaríamos. Sigo recordando, eso sí, que cada uno llevaba, como en la parodia juvenil de un duelo, segundos y un grupito de apoyo. A veces, una pelea entre dos era el pretexto para darse entre varios, como en las peleas de barrio o en partidos de fútbol.

El incidente al final, como lo recuerdo ahora, no fue gran cosa, nada que no estuviera dentro de los términos esperados en una pelea a puño limpio entre dos flacos. Talvez esa haya sido la razón por la que tampoco el intercambio de golpes pasó a mayores, con algo roto en la cara o las costillas, un ojo morado o un diente flojo.

Claro que empezó con la vehemencia que alimentaban los nervios, con patadas lanzadas más al aire que al cuerpo del contrario y nos zarandeamos mutuamente como quien no quiere la cosa, agarrado cada uno a la ropa del otro para no darle oportunidad de maniobrar ni de lanzar golpes a la cara. Sin duda, el cansancio de dar vueltas y empujarse agarrados, como si nos quisiéramos deshacer de un bicho inmenso, nos dejó muy rápido sin aire. Recuerdo también que en algún momento nos jalamos del pelo y que una señora que pasaba intentó separarnos sin conseguirlo.

No creo que ninguno de los dos haya llorado y todo concluyó con un poquito de sangre en la nariz y las cabezas calientes y despelucadas. Lo que sí me quedó grabado fue la rara sensación de haber estado un rato largo por fuera del mundo, como si las cosas alrededor y los otros que nos acompañaban hubieran desaparecido mientras dábamos vueltas entre los empujones y la respiración entrecortada. También recuerdo, con una sorpresa ahora nueva, el último y silencioso apretón de manos que intercambiamos cuando dimos por terminada la pelea; gesto que formaba parte del manual no escrito de ese y otros tantos otros ritos escolares.

Nunca volví a pelear y desde ese día en adelante solo he participado en peleas mentales, lanzando trompazos e insultos imaginados, por ejemplo, con algún otro conductor callejero que reemplazó con los años al antiguo matón del colegio. Sé que en una ciudad como Bogotá la factibilidad de un encontronazo como ese no va a terminar en un honorable apretón de manos. No sería nada raro caer inconsciente por ahí después de un golpe de cruceta.

Años después de esa primera y única pelea fui testigo desinteresado de un encontronazo entre dos amigos míos, una pareja que llevaba algunos años viviendo junta. No era raro verlos discutir, pero la escena que aún recuerdo estalló a medianoche en la mesa de un bailadero. Como en la pelea del colegio, las razones y el propósito partieron sin duda de alguna insensatez. ‘Discusión de borrachos‘ impulsivos, para resumirlo con un lugar común que escondería otros desencantos y posibles amarguras afectivas que ya no recuerdo.

Hubo, sin embargo, una diferencia fundamental con mi peleita de barrio, los dos en el mismo instante, levantándose de las sillas, rompieron el cuello de una botella de cerveza y se amenazaron entre gritos, mirándose con verdadero deseo de hacerse daño. Creo haber intervenido entre quienes quisimos separarlos y terminar con la bulla, con la exageración dramática. En esta otra oportunidad, la cosa tampoco pasó a mayores y, quizás, más adelante a la pasada imagen reconciliadora del apretón de manos entre dos niños desconcertados la haya reemplazado la de esta pareja adulta besándose después mientras bailaba.

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