La primera, en cambio, fue tan inesperada y tan absurda que me hizo merecedor del nada halagador récord de la expulsión más rápida de la historia en un partido de fútbol: tan solo tres segundos.

Era el domingo 28 de diciembre de 2008. Yo tenía 21 años y jugaba como delantero en el Chippenham Town, el equipo de una ciudad pequeña del mismo nombre que participaba en la liga semiprofesional inglesa. En ese momento estábamos en un torneo que organiza la Compañía Británica de Gas entre equipos de séptima categoría del sur de Inglaterra. Jugábamos de visitantes ante el Bashley Town, equipo de otro pueblo pequeño, a unos 100 kilómetros de Chippenham, y se suponía que iba a ser un partido de fútbol común y corriente. Pero no.

El árbitro pitó. Ellos sacaron, tocaron la pelota un par de veces, y yo hice lo que generalmente hago: atacar al que la llevaba, lanzarme sin pensar contra el jugador que la recibió. Entonces le robé el balón y, cuando me disponía a correr hacia la portería contraria, sonó de nuevo el pito. Me volteé para ver qué pasaba y, sorpresa: el árbitro tenía la mano levantada con la tarjeta roja y me señalaba.

Miré a todos lados, no captaba bien. Los pocos espectadores tampoco entendían nada. Chris Knowles, el jugador al que le había quitado el balón, se revolcaba y gritaba dramáticamente, como si le hubiera partido un hueso. Me imagino que eso fue lo que creyó el árbitro, porque, sin dejarme hablar, me dijo que de milagro no lo había dejado sin pierna.

Yo estaba muy sorprendido, atónito, furioso: era un domingo de invierno, hacía mucho frío, había madrugado para viajar dos horas en bus para jugar un partido que había esperado toda la semana… y terminaba expulsado solo por moverme. De nada sirvió que mis compañeros y mi representante alegaran en mi defensa; el árbitro ya había tomado su decisión. Entonces salí del campo sin decir nada y vi desde afuera cómo perdíamos el partido 2-1.

Pero lo mejor, si es que se puede decir “lo mejor”, vino a la mañana siguiente: mis amigos empezaron a llamarme para preguntarme si no había visto los periódicos, entonces salí a la calle y los compré todos. La noticia aparecía tanto en la prensa local como en la nacional: “Delantero de liga semiprofesional rompe el récord de la tarjeta roja más rápida de la historia”. No lo creía, no me había enterado hasta ese momento de que hubiera roto una marca, ni siquiera sabía que ese récord existía y que alguien lo poseía antes que yo.

De un momento a otro, yo era conocido en todas partes: mi teléfono no paraba de sonar, hacía entrevista tras entrevista, hasta fui invitado a un programa de televisión sobre fútbol en Sky TV. Aunque en parte era algo divertido, algo insólito, siempre aclaraba, y sigo aclarando, que no estoy orgulloso de mi récord. Son cosas que pasan en el fútbol y ya.

Ahora tengo 27 años, sigo siendo futbolista y estoy en el Bath City F.C., un equipo de la sexta división inglesa. Cuando no estoy jugando, trabajo como plomero. Y mi carrera en el fútbol va bien: en el último torneo anoté 19 goles y nuestro equipo quedó en la séptima posición.

Respecto a mis 15 minutos de fama, esos pasaron rápido. Poco tiempo después de la absurda expulsión todo volvió a la normalidad, como era de esperarse. Sin embargo, todavía hay gente de la liga semiprofesional o aficionados al fútbol y a los datos curiosos que saben quién soy: el dueño del récord de la expulsión más rápida de la historia… a ver quién es capaz de romper semejante marca.

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