Añada sal a la salsa
Añada sal a la salsa
Añada sal a la salsa...

La última vez que escribí aquella frase fue hace 16 años, en un salón subterráneo que hacía parte de los talleres de la Universidad Javeriana mientras estudiaba Comunicación. Debo haber sido parte de una de las últimas generaciones en recibir clases de mecanografía. A doña Elsita de Aguirre, paciente pedagoga, le debo el haber ampliado mi espectro chuzográfico de dos a cuatro dedos. Son los mismos que tratan de acomodarse ahora a la rigidez metálica de esta máquina de escribir marca All que acaso haya sido uno de las últimos lanzamientos de los tiempos del ruido. Del ruido de la máquina.

Lo digo porque al compararlo con las moles rotundas que eran las Remington de la universidad, este modelo es hasta liviano y se deja llevar con la facilidad con la que se transporta una maleta llena de libros. Y es que, tratándose de un aparato de puro y frío metal, supongo que el ejercicio que ahora emprendo me hará maldecir menos de lo imaginado.

Igual habrá espacio para el grito herido, el madrazo de corazón, el golpe a mansalva, la patada voladora. Como la que casi se lleva este artefacto durante la puesta de la cinta, que es un trabajo quirúrgico que deja a cualquiera al borde del incidente cardiovascular. O durante la revisión del teclado, que me deja ver que a este armatroste no le funciona la tecla de los dos puntos y que la tilde se queda pegada irremediablemente a la hoja, lo que obliga a su desplazamiento con el dedo hasta su lugar original y determina la inevitable mancha de tinta en la yema del mismo que, como mancha que se respete, se va integrando al paisaje a medida que el dedo va tocándolo todo sin querer, lo que de seguro no será del agrado ni de la señora de la casa ni de la señora del aseo.

¿Pero qué diablos me encuentro haciendo frente a una máquina de escribir por cuyas hendijas se me van accidentalmente los dedos y que ahora le dio por escribir las palabras la mitad en negro, la mitad en rojo? Pues lo único que se puede hacer: escribir.

Me han propuesto hacer una nota, digamos que sobre el cada vez más creciente imperio Google, manteniéndome lo suficientemente alejado de un computador como para que no pueda ponerle las manos encima, ni siquiera para transcribir la nota. Nada de buscar la información en el lugar más obvio (googleando Google) y ojo con cualquier ayuda extra que no sea estrictamente documental. Es decir que no está en mí que el editor de SoHo encuentre esta nota en su correo electrónico. El único correo del que dependo es del físico, el de la vieja usanza, con todo y estampilla. Con una revista que tiene que cerrarse y unas limitaciones tan aparentemente extremas, lo que me corre pierna arriba es, cuando menos, una maratón.

Así que habrá que entrenar.

Añada sal a la salsa
Añada sal a la salsa
Añada sal a la salsa

El primer buscador de contenidos popular en internet todavía suele ser frecuentado por quienes no encuentran una respuesta satisfactoria en Google. Se llamó (llama) Altavista y abrió por fin un abanico de posibilidades para la población que contemplaba con asombro la llegada de la World Wide Web (www). Altavista fue una suerte de experimento consentido de Louis Mournier, ingeniero de la empresa de procesadores Digital Equipment Corp (DEC), y fue justamente su parto en un lugar donde el esfuerzo no se concentraba precisamente en la red lo que llevó a su eventual caída en un mundo que pasó de 130 a 600.000 sitios de internet en tan solo tres años a partir de 1993.

El espacio seguía vacío y las búsquedas se multiplicaron. Así aparecieron otros buscadores online que intentaron sin éxito adueñarse del mercado. Yahoo, Netscape, Excite, AOL y Lycos se metieron en el negocio con relativo éxito durante los primeros años y descubrieron las limitaciones del caso. "La búsqueda como un servicio estándar necesita mucho capital: demasiado almacenamiento y banda ancha —explica Tim Koogle, primer director general de Yahoo, al periodista John Batelle—. La economía todavía no había emergido lo suficiente como para justificar la inversión".

En ese espacio aparentemente virgen, faltaba entonces quien se atreviera a avanzar el paso definitivo. Los estudiantes de postgrado de la Universidad de Stanford Larry Page y Sergey Brin no tenían ninguna intención de ser quienes cubrieran el hoyo negro y, sin embargo, mientras se encontraban desarrollando el proyecto de encontrar todos los enlaces posibles entre páginas web, se dieron cuenta de que necesitaban encontrar la manera de rastrearlas todas. Así nació Google, una empresa que en 1998 ya recibía más de 10.000 consultas diarias, que en el 2005 contrataba a cuatro empleados al día y que, según alguien me dijo, hoy cotiza la cifra récord de 600 dólares por acción.

En una era en la que la mayor fuente de información pareciera encontrarse en un computador conectado a internet, a muchos profesionales, periodistas incluidos, se nos olvidó recurrir al verdadero centro del conocimiento universal, lo que el historiador y poeta Samuel Johnson llamó "la mayor prueba de la convicción y de la vanidad del hombre". Tan a la mano como nos lo permiten los trancones, en Bogotá tenemos la fortuna de contar con una biblioteca cerca de todo. Las conmociones que se producen en una sala de redacción cuando se cae el internet podrían solucionarse con una buena visita a la Luis Ángel Arango, por ejemplo. Yo estoy ahí precisamente, interesado en demostrar que se puede encontrar información física acerca de algo tan virtual como el buscador estrella.

De lo primero que me doy cuenta es de que el proyecto de mantenerme alejado de un computador es una quimera: en la Luis Ángel, todas las búsquedas están computarizadas. Se acabó el tiempo de las fichas en cartulina y las cajoneras que las albergaban. Pero intento seguir el camino trazado a pies juntillas y le pido a Gloria Meza, una de las serviciales bibliotecólogas del lugar, que sea ella quien me ayude a realizar un listado de posibles referencias sobre Google. Me dice que estos computadores no están conectados a internet, lo que me invita a acercarme a prudente distancia sin sentir que estoy infringiendo lo pactado.

La pantalla arroja doce referencias, escasas frente a las que se pueden encontrar sobre historia de Colombia o nutrición. Casi todas provienen de publicaciones especializadas como Enter, PC World o la Revista Interamericana de Nuevas Tecnologías de la Información. Me sorprende en particular el hallazgo de un libro entero dedicado al buscador, y más me aterra saber que no tiene pretensiones empresariales ("Aprenda del modelo Google cómo debe administrar su empresa", por ejemplo) sino informativas. Se titula "Buscar: cómo Google y sus rivales han revolucionado los mercados y transformado nuestra cultura", del autor John Batelle.

Resulta atractivo saber que este libro difiere de la aburrida imagen previa que uno tiene de los creadores de un recurso como Google (dos ratones de biblioteca afanados por facilitarnos las cosas a los demás mortales) para pintárnoslos como dos seres normales que, de manera accidental, y tras desarrollar el prerrequisito de una tesis de grado, descubrieron la manera de conectarse con todos los contenidos habidos y por haber de la web, y que hoy viven una vida algo menos agitada que la de un ícono del pop.

Y lo mejor, el libro está hecho con periodismo duro y puro, con entrevistas a los protagonistas y poca o ninguna información googleada. Apuesto a que tanta exhaustividad no se encuentra en Google. Esto paga las más de 100 fotocopias que hubo que sacar.

* * *

El experimento de los estudiantes no puede ser más exitoso. A fuerza de llenar un disco duro tras otro en su búsqueda de interconexiones entre páginas web, Page y Brin se ven obligados a conseguir financiación para ampliar su servidor. Y lo logran con ayudas gubernamentales y reuniendo plata entre familiares. Las primeras pruebas del motor de búsqueda, que en un principio se llamó BackRub, demostró que no solo podía rastrear páginas según temas, sino que podía jerarquizarlas, dependiendo de qué tan importantes eran otras páginas a las que se encontraban enlazadas. Ese fue el toque secreto que determinó el posterior éxito de Google. Precisamente el nombre del buscador tiene que ver con el crecimiento diario de la red. Google es la manera fonética de googol, el número 1 seguido por cien ceros.

Ya en 1999, Google recibía hasta 500.000 visitas sin ningún tipo de publicidad. El resto es historia.

Mientras intento llevar hasta buen puerto este ejercicio de contrarreloj —el correo local corriente demora tres días en llegar, me lo ha dicho un funcionario de Adpostal—, sigo dando la batalla contra este artefacto endemoniado que me tiene los dedos negros de tinta y los nervios copados. Quién fuera como el niño que se enfrenta por primera vez con este amasijo de teclas y decir, como la hija de mi amigo Fernando Gómez Garzón: "Acabo de descubrir el mejor computador del mundo: no tiene pantalla y no necesita impresora".

Luego de doce años sin escribir seriamente en un aparato de estos, el primer gran indicio de que nos enfrentamos a un ejercicio atípico es el ostracismo. Un leve sondeo en la redacción de la revista y una pregunta suelta a la jefe de prensa de la Luis Ángel me dan a entender que no tengo entrada a ningún lado con la máquina. Nadie aguanta este tableteo ambulante. Entonces habrá que encerrarse donde mi All y yo no molestemos.

¿Cómo hacíamos antes, ¿cómo fue que las actividades de la vida diaria "evolucionaron" tanto como para que el sonido de una máquina de escribir nos moleste tanto? Y siendo así, ironía de ironías, ¿cómo es que, por ejemplo, a las cámaras digitales de hoy les adaptan un ruido grabado como el que hacían las viejas cámaras manuales al obturar? Estoy dándole esa lora a Juan Felipe, el hombre encargado de la parte fotográfica de esta crónica, cuando oprime el obturador y puedo jurar, por ese clic tan familiar, que estoy frente a una cámara de rollo. Y puedo jurar bien, me dice, porque resulta que el fotógrafo ha resuelto ponerse a tono con el vintage subido de esta nota y capturarme para la posteridad en foto papel. De la manera tradicional.

Todo este trabajo trae recuerdos. Como en la infancia, a medida que voy avanzando debo repisar los errores con tachones vulgares, o con corrector líquido si estoy de ánimo y paciencia como para esperar los cinco segundos que demora su secado. Si no quiero mancharme de más los dedos, debo recurrir a esa entrañable plastilina azul olorosa a alcohol llamada limpiatipos. Eso está bien.

Lo que no está tan bien es el tiempo empleado: cuatro horas de documentación (una y media de desplazamiento a la biblioteca, dos y media buscando, leyendo y fotocopiando), cuatro más organizando mis pensamientos y leyendo las fotocopias, ocho horas escribiendo la nota (dos tardes, de 2 a 6, como quien anda por camino de herradura gracias a la máquina de escribir) y dos horas más llevando la crónica al correo. 18 horas son más de dos días laborales. Y la puesta a punto de una nota en estas condiciones también significa tiempo de edición. Terminada la tarea, descubro que empecé el relato por las conclusiones, así que al final, y para no reescribir innecesariamente, el escrito a máquina se convierte en un masacote que en SoHo deberán rearmar a su acomodo.

Si esta nota se hubiera hecho con los avances tecnológicos más elementales de los últimos doce años, es decir con un computador conectado a la red, seguro no me hubiera tomado más de cinco horas. Cabe preguntarse si las facilidades que ofrece la tecnología no nos ha atrofiado un poco el espíritu o acaso la disciplina. "Muchas veces he sido acusado, incluso por mi esposa, de hacer que todo sea más difícil de lo que debería ser. Pero no lo creo", me responde, durante un encuentro con colegas, el gran padre del periodismo literario Gay Talese, quien ha escrito excelsas piezas del género y ni correo electrónico tiene. "Yo tacho, borro, tacho y borro hasta encontrar una voz, compuesta por lo que me ha dicho el entrevistado y lo que yo aporto. Necesito contacto visual, y en ese sentido la tecnología es una intrusa".

Esa podría ser la lección. La sal que habría que añadirle a la salsa.

Pero, por ahora, me despido de la máquina de escribir con la misma nostalgia que embargó a Roberto Carlos al devolver el cacharrito. Y, como en la canción, me trepo de nuevo al cadillac.

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