Menú del día: sopa de alce, ensalada de huevos de arenque, salchichas de reno, arroz de foca y pasabocas de ballena. Nada es normal para un occidental que asiste a un picnic de esquimales, salvo la gaseosa que se toma.

Es mayo en Alaska, y en este lugar del mundo la primavera recibe a los humanos con 2 ºC. Hace más de una semana que no nieva en Anchorage, pero nieve hay aún en todos lados: las aceras, los jardines, las playas y sobre los Montes Chugach, que rodean el lugar.

A las afueras de la ciudad más poblada del estado se encuentra el Centro de Patrimonio Nativo de Alaska, donde un grupo de esquimales me ha invitado a almorzar. En realidad son yupik, uno de los pueblos aborígenes de la región, y el plan no es solo sentarse a comer, sino cocinar con ellos.

El evento se lleva acabo en el parqueadero del lugar, un museo donde se exhiben elementos y se recrean costumbres de la cultura esquimal. Hoy, motivo picnic, está cerrado al público.

Aunque el menú es exótico, pocas cosas más lo son. Dwaine, Marcella, Mike, Scott, Steve y Carrie son algunos de mis anfitriones. Tienen sangre esquimal, se nota a simple vista, pero sus nombres y ropa son de occidental promedio. Yo esperaba nativos arropados con pieles de animales salvajes y raquetas de nieve, una visión un poco idealizada, como la del europeo que llega a Suramérica esperando ver indígenas en taparrabos viviendo en los árboles.

Oculto mi decepción y para entrar en confianza les pregunto por los iglúes, pero se ríen de mi ignorancia. Un iglú se construye muchas veces en caso de emergencia, cuando se está en campo abierto y el clima es tan hostil que hay que protegerse (una tormenta de nieve, por ejemplo). Hace años que los nativos de Alaska viven en casas prefabricadas y pagan el recibo de la luz y el agua, como cualquier norteamericano.

El mediodía se acerca y Carrie, una yupik de gran tamaño, me muestra los ingredientes del menú. En una olla hay carne de alce para hacer sopa, pero la historia es más compleja y me la cuenta. Hace unos meses tuvieron que pedirle permiso al gobierno para cazarlo porque es una especie protegida, y cuando les fue otorgado lo hicieron sin dispararle a la cabeza ya que con ella se hace la sopa que se estamos preparando. Los cartílagos de la nariz y otras partes de ella se han hervido previamente, por lo que están desintegradas. Lo que se ve en el fondo es un compuesto difícil de describir, espeso y de color rojizo, lleno de grumos y mezclado con zanahoria. El aspecto lo hace incomible; el sabor, ya veremos.

Luego me presenta a Ossie, un joven mestizo que me saluda con amabilidad pero sin darme la mano. Camina despacio y carga un frasco de vidrio con pedazos de carne sumergidos en aceite como si de residuos tóxicos se tratara. Tiene guantes puestos y lo que lleva es carne de foca remojada en su propio aceite. Carrie me explica que el aceite es tan fuerte que impregna todo lo que toca. Basta con entrar en contacto con la piel para que el olor no se vaya en días, no importa las veces que la persona se bañe.

Sobre el platón de una camioneta abren el frasco y separan el aceite de la carne, que puede mantenerse intacta durante años gracias a la grasa y las bajas temperaturas. Me llega el olor, que para mi olfato amateur no es otra cosa que pescado concentrado. Ossie lo empieza a picar para hacer el arroz de foca, que será el plato fuerte, pero antes corta un trozo pequeño de foca cruda y me lo da a probar. Es más pequeño que la primera falange del dedo índice, pero despide un fuerte olor. El sabor no es menos intenso, aunque no tan exótico. Sabe a mar, a grasa salada, a pescado crudo muy concentrado.

El alce y la foca fueron cazados en enero para un gran banquete del que comieron más de 400 personas. Hubo foca y alce, pero también oso. Lo que comeremos hoy son las sobras de aquella celebración. La foca cazada pesaba unos 120 kilos, de los que hoy nos comeremos unos tres.

Sobrantes de aquella ocasión son también el salmón y la ballena, que lucen como aperitivos sobre la mesa. Ambos están cortados en pequeñas piezas y los diferencio por el color. La carne de ballena es rosada.

Las pruebo casi a escondidas aunque tengo permiso para hacerlo. Están curtidas, son chiclosas, difíciles de masticar. El salmón tiene el sabor conocido, lo que cambia es la textura. La ballena, en cambio, es insípida, no tiene un sabor especial que vaya a recordar. Lo que más me impacta es saber que me estoy comiendo un pedazo del animal más grande de la Tierra.

Para hacerme sentir parte del evento me encargan labores menores, nada de foca o alce. En una mesa hay un plato hondo lleno de huevos de arenque enredados en ramas de árbol, una de las formas más antiguas y eficientes de recolectarlos en las playas. Somos cuatro en la tarea de sacarlos de allí, una larga y dispendiosa labor no solo por la cantidad de huevos y su tamaño (calculo que caben más de 30 en una uña) sino porque las ramas tienen espinas. Los huevos serán la base de una ensalada que tendrá también lechuga, arvejas, tomates y una salsa hecha con mayonesa.

Una vez acabamos me encargan una misión de más responsabilidad: manejar la parrilla. Me abandonan a mi suerte con varios paquetes de salchichas de reno, algo que suena exótico pero que por estos lados es muy común: las venden empacadas al vacío en cualquier supermercado.

Son más de las dos de la tarde y la temperatura ha subido (de 2 a 8 ºC). Agradezco el calor que me brinda el asador, pero está tan caliente que pronto empieza a fastidiar. Cada vez que echo una salchicha o tengo que darle vuelta se me chamuscan los pelos de la mano. Parece exagerado, pero dado el clima, el calor intenso es la única forma de que se cocinen.

Mientras me entretengo con la parrilla, la sopa de alce, el arroz de foca y salmón y la ensalada de huevos de arenque han quedado en su punto. Todo está listo para ser comido. Hay también sopa de cebolla, pan y papa en dos presentaciones (puré y cocida). Y de postre, muffins de paquete de sabores varios, pero también algo muy del lugar, helado de esquimal. No se trata del helado que se encuentra en el supermercado de la esquina, este, en cambio, es casero, hecho con mora, frambuesa, arándano, banano, azúcar y grasa (puede llevar incluso trozos de pescado, aunque no en este caso). Recibe el nombre de akutaq.

Llega la hora de comer, y al mejor estilo norteamericano es “sírvase usted mismo y coma todo lo que pueda”. Tengo hambre, pero me sirvo en cantidades prudentes, más bien modestas, temeroso de lo que me pueda encontrar.

El arroz de foca pasa mi prueba de neófito. Está sopudo, compacto, como me gusta. La cantidad de foca picada me parece perfecta porque el sabor no es fuerte pero mantiene su esencia (¿cómo decirlo, ¿su esencia marina). Lo acompaño con la ensalada de huevos de arenque que ayudé a preparar y que sabe como cualquier ensalada pero tiene un dejo salado al final, y varias piezas de salmón y ballena, que mezclo con el arroz. La sopa de alce me espera pero le hago el quite, desmotivado por su apariencia. Me sirvo poco y Marlene, otra esquimal que ayudó a preparar la comida, me dobla la ración ¿Cómo decirle que no?

Con miedo me llevo la cuchara a la boca para descubrir que no está nada mal. Es carne, y si no hubiera sabido que se trata de alce, me la hubiera tomado pensando que era res. Luego, litros de gaseosa para combatir tanta comida de mar y un par de muffins de chocolate. Lo que no pude hacer con la sopa de alce lo logro con el akutaq: no probarlo, cosa que no me causa ningún remordimiento.

Hay de todo en tal cantidad que las salchichas que con tanto esmero preparé quedan casi intactas. Es algo que no puedo soportar y me como una. Es un embutido más que en este caso es de reno, pero pudo haber sido de cerdo y pasar inadvertido.

Son las cinco y después de almorzar, repetir y darnos cuenta de que preparamos más comida de la que nos cabía, nos sentamos sobre el pasto, una costumbre que hace la gente en cualquier lugar del mundo cuando está llena.

Entonces hace su aparición lo que en Colombia llamaríamos sobremesa: el baile. Al compás de unos tambores de esquimal (livianos, delgados) entre varios hacen la danza de la morsa y la del cuervo, originarios de la isla Saint Lawrence, casi en la exacta mitad del Estrecho de Bering, en las que imitan los movimientos de los animales en cuestión. No tiene mucho protocolo, mucha coreografía; no parece ensayado, más bien algo surgido de forma espontánea para cerrar el picnic.

Van a ser las siete. Cojo un bus que una hora después me deja en la puerta del hotel, pero no tengo sueño. Quedan al menos cuatro horas de sol porque en Alaska oscurece a la medianoche en esta época del año, así que salgo a caminar por una Anchorage iluminada y solitaria. Volveré al hotel pasadas las once, pero no me dormiré hasta entrada la madrugada. Debe ser el arroz de foca que me cayó mal.

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