Hace veinticuatro que me gradué del colegio que tengo frente a mí: el Gimnasio José Joaquín Casas, que me abrió sus puertas en 1984, después de que de tres instituciones me echaran por la puerta de atrás. Acepté el desafío de regresar a este colegio, tantos años después, con la misión de comparar qué tanto han cambiado las cosas entre una década y otra, por una razón fundamental: y es que, durante todo este tiempo, el José Joaco siempre ha estado conmigo. No quiero sonar cursi, pero es así. Fue acá donde me descubrí a mí mismo; donde, por primera vez, no me rechazaron, como en los otros lugares, sino que me acogieron con cariño inolvidable.

Durante muchos años pensé que tenía alguna clase de problema mental; que tenía pocas capacidades intelectuales. En otras palabras: durante muchos años creí que era bobo.

No es difícil que un niño piense algo semejante cuando los profesores se lo repiten incesantemente: ?—A ver, Sanint, ¿usted es que es caído del zarzo o qué?

—¿Sanint, a usted es que le hace falta irrigación en la cabeza? 

—Miren esta ecuación tan fácil, hasta el tarado del Sanint puede hacerla.

Pasé por tres colegios; repetí dos años. Mi autoestima vivía arrastrándose por el piso. Una psicóloga me diagnosticó ‘déficit de atención’, una falta de estímulos eléctricos en la cabeza por culpa de la cual es difícil concentrarse.

Pero lo que para muchos profesores era un problema, para mí acabó por ser uno de los instrumentos más importantes de mi trabajo y de mi vida. Porque ese ‘déficit de atención’, popularmente llamado ‘englobe’, hace que me pierda en lugares fantásticos, repletos de situaciones mágicas, que terminan nutriendo a los personajes que hago como actor y que me ayudan en los montajes que realizo como comediante. Cuando estoy ‘englobado’ estoy, literalmente, soñando despierto. Y eso es una bendición.

Logré entender la bendición de tener aquel síndrome a los 23 años, cuando trabajaba como creativo en una de las agencias de publicidad hispana más grandes de Estados Unidos. Antes de eso, suponía que cada uno de mis logros era producto de la buena suerte. En resumidas cuentas: la vida me había sonreído porque a los dioses del Olimpo yo les parecía un buen tipo, pero, en el fondo, yo era el Forrest Gump colombiano. Y mis victorias no eran del todo mías.

Entonces entendí que la autoestima es un músculo crucial, que uno debe entrenar constantemente, y que muchos profesores por poco me la atrofian. En un momento dado hice un inventario para ejercitar ese músculo y me di cuenta de que, desde muy pequeño, mi creatividad y mi vocación a la comedia me habían salvado la vida. En cada colegio por los que pasé buscaba la forma de subirme a un escenario, para el caso un pupitre, para hacer reír a los demás. Pese a que la risa de mis compañeros para mí era sinónimo de satisfacción, mi sentido del humor, del que ahora vivo, jamás fue recompensado por profesor alguno. Al revés. Muchas veces fue motivo de sanción.

El José Joaco fue el único colegio en que mi autoestima estuvo a salvo: el único lugar en el que me dejaron ser lo que soy. Allí, don Jaime Leal González y su hijo, Jaime Enrique, me recibieron con el corazón abierto hace veinticuatro años. Ambos han sabido que no todos los seres humanos son para todos los colegios y que cada hombre debe tener la libertad de buscar su destino.

Y ahora así retomo: después de dos décadas y media vuelvo a ese lugar donde por primera vez me sentí tranquilo y donde me dejaron desarrollar mis habilidades. Acá, pues, estoy listo a confrontar el colegio de ahora con el colegio de mi época. Ustedes mismos juzguen si todo tiempo pasado fue mejor.

EL BUS

Me recogió a las seis de la mañana y pude notar que ya no existen esos buses viejos y destartalados con puertas que el mismo chofer abría con una palanca. Ya no existen, tampoco, esas bancas donde millones de niños perdieron los dientes contra los tubos de acero luego de cada frenón en seco. Hoy los buses son modernos y seguros, tienen asientos individuales y cuentan con un velocímetro que señala si el conductor pasa de ochenta kilómetros por hora. En mi época este aparato hubiera sido obsoleto, pues ninguno de los buses de mi colegio andaba a más de catorce kilómetros por hora; para romper esa barrera era necesario sentarse en la banca de atrás y gritar: “Chofe, chofe, más velocidad… hunda esa chancleta y verá cómo le va”.

Como en mi época, la mayoría de alumnos cabeceaban con la baba a punto de llegarle al hombro del vecino del lado. No faltaba el vago que estaba pasando la tarea de álgebra del cuaderno de matemáticas del pilo mientras este le caía a la linda del bus, aprovechando que ella no podía salir corriendo.

Una diferencia musical: ahora todos oyen música en un iPod de batería cargada. En mi época, el que sacaba el walkman en el bus tenía que aguantarse mínimo a dos estudiantes que se le pegaban —uno de cada lado de la cabeza— para ‘gorrearle’ alguito de música. Tocaba usar un Kilométrico, que encajaba perfectamente en la ruedita del casete, para adelantar o atrasar las canciones, todo con el fin de hacer rendir las pilas rojas Eveready, que no duraban ni tres paraderos.

Ahora bien: si a uno, en los años ochenta, le gustaba una niña, le grababa un casete con veinte canciones para dedicarle. La caja de plástico de ese casete traía un pequeño cartón por dentro, y uno se esmeraba para marcar en rapidógrafo, y con la mejor tipografía, los títulos de las canciones. Canciones representativas y dedicadas de la época eran: Making Love Out of Nothing at All, de Air Supply; Tu pirata soy yo, de Chayanne; Seré un buen perdedor, de Franco de Vita; Hello, de Lionel Richie; Total Eclipse of the Heart, de Bonnie Tyler. Y La quiero a morir, de Francis Cabrel (no la de DLG).

Hoy en día, si a un joven le gusta una jovencita, le entrega una memoria USB con mil ochocientas cuarenta y tres canciones para que ella misma las suba a su portátil. A veces evita la molestia y simplemente le manda por un mensaje de BlackBerry la lista de canciones, para que las baje de internet o las vea en YouTube. Canciones ‘románticas’ dedicadas y representativas de hoy son: Te gateo (Quiero arrancarte el pantalón), de Pipe Calderón y Reycon; La fuga (Quieres ver gas o ver gotas), de Jiggy Drama; La vecinita tiene antojo, de Vico C; y Mala conducta, de Alexis y Fido con su inspiradora letra: “Yo quiero azotarte, domarte… pero lo malo es que te gusta… castigarte por tu mala conducta”. Les recomiendo que oigan esas canciones para que lleguen a la misma conclusión que yo llegué: el reguetón es una de las razones más claras por las cuales el mundo no pasa de este año.

FORMACIÓN INICIAL

De la ruta llegué a la formación en el patio central. Hace veinticuatro años que no formaba en una fila, no alineaba con el compañero del lado, no hacía ‘mariposas’ y no oía las palabras del rector dando sus tradicionales “Buenos días”. Me llenó de orgullo ver el tesón y la constancia de este hombre que lleva más de cuarenta años hablándoles a los alumnos desde un balcón con el mismo cariño que se les tiene a los hijos. Él, que ha visto formar en esas filas a Germán Vargas Lleras, Miguel Varoni, Juan Pablo Posada, Rafael Novoa, Julián Arango, Adolfo Zableh, Daniel Rincón y muchos más personajes de la vida pública colombiana, sigue como un roble, con el cuerpo blindado a los años.

Hay dos grandes diferencias de esta formación con respecto a la de mi época: primero, hay mujeres en las filas; segundo, los alumnos son mejor comportados. En mi época no faltaba el que sacaba cauchos y los disparaba a las orejas de sus compañeros; el que distraía a otro con el clásico ‘¡pst!’ para que lo sacaran de la fila castigado por voltear a mirar; el criminal que con un clip le colgaba al de enfrente un papel en llamas: muchos de ellos terminaron en la cárcel o, peor aún, en algún ministerio.

 

SALÓN

El salón es un microecosistema perfecto que reproduce los roles de la vida. Uno puede ver quién es el sapo, el líder, el cepillero, el vago, el bufón, y notar, veinte años después, que lo que los compañeros fueron en el salón, lo siguen siendo en la vida, aunque calvos y con más panza.

Aunque hay ayudas tecnológicas, no me encontré, como temía, el aula repleta de pantallas a lo Doce monos y el holograma de una maestra virtual que dictaba clases en video. No. Nada de eso. En las clases que asistí, los profesores me parecieron más creativos que en mi época, más calmados: como si hubieran asumido el reto de ganarse la atención de los alumnos en lugar de obligarla. Antes, en cambio, yo tenía un profesor de Filosofía que nos gritaba, con acento boyacense, “¿Qué fue, que la burra se le fue?”; una de Biología, que parecía dar clases de comportamiento sexual, pues cada vez que podía hacía evidente que su marido hacía tareas extracurriculares; y una de Inglés, que reemplazaba las ‘x’ por ‘ts’: “¡This etsercise is an etselent etsperience…. Ies, ies. I am very etsited!”.

Pensé que los alumnos estarían sumergidos en sus aparatos, enviando mensajes por sus BlackBerrys. Pero no. Me di cuenta de que, pese a los avances tecnológicos, el comportamiento se parece al de hace veinte años y que la dinámica del salón es la misma: el profesor intenta desarrollar el pénsum académico y los alumnos hacen todo lo posible para impedírselo.

Eso sí: en una actividad de discusión sobre la democracia, pude ver que casi todos están al tanto de la situación política del mundo. Quizás es gracias a internet, pero un muchacho de octavo grado sabe perfectamente quién es Chávez, Castro, Kim Jong Il. Y hasta Juan Manuel Santos.

Gracias a la tecnología tienen la información mucho más a mano que uno. Antes, para dar con la fórmula de la glucosa o el nombre del presidente de Kenia era necesario consultarlo en la biblioteca y memorizárselo. Ahora, dependiendo de la velocidad de conexión, cualquier dato está al alcance de la mano en menos de un minuto. Con la tecnología parece innecesario llenar el cerebro almacenando datos. Claro, habrá quienes preguntan: ¿y qué sucede, entonces, el día que uno no tenga a mano un computador para consultar esos datos? Respondo: pues sucederá lo mismo que lo que va a pasar el día que Poncho Rentería se retire del periodismo: nada. No va a pasar nada, además, porque eso no va a pasar nunca. Refiriéndose a la calculadora, un profesor me dijo algo parecido. Y en más de veinte años después de graduado del colegio, no solo nunca he dejado de tener calculadoras cerca, sino que cada vez son más económicas, más fáciles de conseguir: vienen incorporadas hasta en el teléfono.

En la semana en que volví al colegio, fui testigo de que, por fortuna, ahora no se le da valor a quien almacena respuestas correctas, sino a quien es capaz de sacar conclusiones. Ahora memorizan menos, y eso me gusta. Las grandes obras maestras no se lograron a través de la memorización, sino gracias a la valentía de experimentar nuevos horizontes, muchas veces en contra de la respuesta correcta.

 

EL RECREO

En mi época no había mujeres en el colegio. Por eso, cuando nos preguntaban dónde estudiábamos, decíamos con cariño “en el José Joaquín Casas, para varones”.

Cada vez que una mujer ingresaba al colegio, era como si Bambi se despertara por accidente en la mitad de una cueva de lobos flacos en plena época de escasez de alimentos. Desde que Jaime Leal aceptó a la primera niña hace ocho años, hay más de cuarenta mujeres que caminan tranquilamente por los predios del colegio sin ser acosadas de la más mínima forma. Obviamente hay romances, parejas, hormonas, deseos y corazones rotos. Pero siempre en positivo. Me gusta que ahora mi colegio sea mixto, porque el mundo es mixto.

La presencia de mujeres ha conseguido que los hombres se vuelvan más respetuosos. En mi época, cuando uno salía a recreo, lo primero que debía hacer era agacharse porque detrás de la puerta lo esperaban estudiantes mayores dispuestos a borrarle la cara de un balonazo. En el recreo uno tenía que andar esquivando balones o tapitas voladoras de gaseosa; evitando que le quemaran el pantalón por detrás, con encendedores, y dando una vuelta larga para no atravesar el corredor de los ‘Begees’, una clase de pandilleros de pantalón entubado, mechón hasta la nariz y peinado de flecos en la nuca que lo agarraban a uno y le hacían el famoso ‘ñonguis’, hoy conocido como ‘calzón chino’, que es la técnica de halar los calzoncillos por la parte de atrás hasta dejarlos de sombrero.

 

LA TIENDA

Una de mis mejores experiencias de este regreso fue reencontrarme con la Mona, uno de los seres más cariñosos del planeta. Lleva el mismo tiempo que el colegio. Por la ventana de su tienda han desfilado miles y miles de estudiantes, que ella recuerda uno por uno, con nombre y todo. Cuando nos vimos me abrazó como si fuera una de las tías que más quiero. No le ha pasado ni un año. Sigue con la misma sonrisa generosa. Cambió, eso sí, el inventario: donuts, pasteles, pizzas, empanadas, gaseosas en botellas de plástico (¡frías!). En mi época escasamente vendían sándwiches de jamón y queso a los que uno mejoraba añadiéndoles papas con sabor a pollo, que espichaba en el mismo paquete. Uno le pedía a la Mona que le dejara la tapa de la gaseosa puesta, porque el lanzamiento de tapa era uno de las actividades predilectas del recreo. La Mona tiene una colección de fotos de todos los alumnos que permanecen en su corazón, a los que con humor llama “sus amantes”. Ser uno de sus amantes es un verdadero honor.

 

DEPORTES

Me emocionó ver que el colegio tiene cancha de fútbol… en pasto. Antes, lo único verde que tenía la sede eran las puertas. Hoy en día hay canchas de squash y jaulas de golf porque Jaime Enrique Leal cree que, si un alumno suyo tiene la vocación del deporte, el colegio debe hacer todo lo posible para que esa vocación se realice. Pero no solamente en el deporte. La hija de Jaime, Constanza Leal, que desde hace algunos años se vinculó a esta impecable tarea de educar talentos diferentes, me señaló un joven que quiere ser un especialista en marketing deportivo y al que le están consiguiendo un tutor especial para que cumpla su sueño. Apoyar esas individualidades —esos sueños—, creo yo, es la fórmula para que nadie sea agresivo.

 

REGRESO

Ingresé de nuevo a mi colegio durante varias jornadas. Tomé clases, fui al recreo, toqué en la banda, todo para poder sacar estos apuntes. Han cambiado algunas formas, pero lo esencial no ha cambiado. Mi colegio no tiene coliseo, ni grandes instalaciones, ni profesores de otros países. Pero sus directivos creen que, como dijo Sócrates, la verdadera inteligencia no está en el conocimiento sino en la imaginación. Quienes nos hemos graduado de acá siempre recordamos las enseñanzas del rector. Y acá va mi más sincero lambetazo: quise aceptar esta invitación de regresar al colegio para darle las gracias a él, a don Jaime Leal, por haberme acogido; por haber creído en mí cuando nadie más lo hizo. Y por haber hecho que yo creyera en mí. Si eso no es educación, entonces no sé lo que es. Gracias, Jaime: gracias por mostrarme que el que camino soy yo.

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