Hasta que me llega la palabra: latigazo. Por fin supe lo que era aquella carretera: un seco latigazo de sol en el desierto. Porque eso es lo que es la vía que lleva de Riohacha a Maicao: una recta interminable que va sumiendo en un letargo hipnótico hasta al chofer más avezado. Lo que pasa es que los guajiros que hacen esa ruta dos veces al día saben lo que tienen que hacer para no dormirse y Antonio Pitre lo hacía sin descanso: hablar. No hizo una sola pregunta ese Antonio en todo el viaje. Y yo atrás, borracha de sueño, con los párpados como persianas viejas por el arrullo zonzo del motor del taxi, haciendo un esfuerzo monumental por escuchar la magnífica perorata de Antonio, que cambiaba de tema con la misma facilidad con la que un wayuu rico se compra una esposa más.

"De aquí para allá la tierra se va desolando —dice Antonio señalando hacia el norte—. Aquí todavía hay árboles pero más allá no hay nada. Solo desierto. En verano la gente que no es de aquí cree que los trupillos están muertos, pero en invierno reverdecen porque estos árboles no se mueren nunca. Y detrás de los árboles están las rancherías. Porque cada entrada de tierra blanca que ustedes ven que sale de la carretera, como esa que está ahí, lleva a una ranchería. Lo que pasa es que los trupillos no las dejan ver. Las rancherías son de ellos, de los wayuus. Y con ellos es mejor no meterse. Ni se les ocurra entrar solos por ahí. Tienen que ir con un wayuu porque si no hasta los pueden matar. Son gente muy rara y muy aprovechada. Todo lo quieren para ellos: si van a la casa de uno es a pedir. Y si uno viene a verlos, tiene que llegar con regalo o te devuelven. Y siempre te dicen que es esa es su costumbre".

Los trupillos, unos arbustos ralos que crecen entre los cactus, de un verde opaco y quieto, bordean la carretera y nada altera la monotonía del paisaje. De pronto, Antonio frena contento. "El tren. Viene el tren. ¿No quieren ver el tren?", dice y se baja sin esperar respuesta. Hemos pasado a la hora exacta debajo del único puente que altera el paisaje. Los vagones, idénticos todos, atestados de carbón, no parecen tener fin. Y el ruido que corta el aire es como una ondulación de la nada que va y viene, un mismo monótono quejido.

"Lo que pasó fue así —sigue Antonio su perorata—. Anocheció, y cuando quiso amanecer, los paramilitares ya estaban ahí. Así fue como se acabó todo. A todo aquel que se negaba a pagar lo iban matando. Un señor que yo conocía llegó a su fábrica una mañana y los encontró en su oficina. Le dijeron que se fuera o lo mataban. Él se quedó callado y obedeció. Volvió por la noche y les preguntó a los trabajadores cómo los habían tratado. Dijeron que bien. Entonces él empacó todo lo que tenía y se fue. Nunca lo volvieron a ver. Así pasó con mucha gente. La que no mataron se fue. Pero mataron a muchos y por eso Maicao ya no es lo que era. Claro que también pasó otra cosa. Los de la DIAN no supieron hacer bien las cosas. Fue todo de golpe. Cuando la gente está acostumbrada a hacer las cosas de una manera, hay que irla educando despacio. Pero los de la DIAN no hicieron eso. Llegaron y comenzaron a cerrar negocios de la noche a la mañana, y a poner unas multas que no se podían pagar. Por eso el negocio se acabó".
A Maicao se entra de repente. No se ve de lejos porque el paisaje es tan plano que no hay ni horizonte. Es como cuando uno es miope: nada avisa; si aparecen las cosas, es porque ya están ahí, enfrente. Un par de edificaciones medio desoladas, un par de cuadras inciertas —¿casas, ¿oficinas, ¿bodegas, no se sabe—, y zas, uno está en el centro del lugar.

Antonio nos deja, y en vez de alegrarme como dios manda —voy de compras al fin y al cabo, ¿no? — tengo un vago sentimiento de orfandad. ¿Qué hago yo aquí en Maicao, a las dos de la tarde de un sábado cualquiera, con un fotógrafo muy amable cuya labor es disparar su cámara cuando yo esté negociando unos brasieres? Me va entrando la depresión.

No hay un solo portal que no sea un negocio. Ropa, zapatos, calzones, calzoncillos…, un triste bazar de tiendas repetidas, con los mismos torsos plateados de tetas puntiagudas exhibiendo estridentes camisetas de licra para mujer, perfectamente alineados como un ejército marciano en la pared. Negocios adentro y negocios afuera, negocios en la acera y negocios en la calle. Y encima, un calor omnipresente, aplastante, sin un mínimo amago de ventarrón. Era tan pesada la modorra de la tarde, tanto el polvo seco, que hasta cuando me acuerdo me da por bostezar. En Maicao la pereza es una espléndida anfitriona.

Pido un gatorade en la tienda de la esquina. No parece muy firme la tirita plástica de seguridad de la tapa pero, ay, no importa, qué maldito calor. Sea lo que sea me lo zampo con voraz felicidad.

Y me voy como animando: tengo plata y una hora para gastarla. ¿Quién no se alegra? Voy de tienda en tienda, con la firme convicción de que voy a lograr demostrar que una mujer que va de compras es feliz en cualquier parte. ¡Que se frieguen los que apuestan a que esto es una tortura! ¡Qué va! ¿Entre tres millones de pares de tenis, ¿acaso no voy a encontrar unos divinos, perfectos para mí?

***

Las tiendas de adentro, los locales más oficiales, son atendidas por mujeres. Y si hay un hombre, está detrás de la caja registradora. Las de afuera, los tenderetes de la calle que allá se llaman colmenas, están atendidas por hombres, los dueños. Las mujeres de adentro son amables, melcochudas. Los hombres de afuera abúlicos, indiferentes. Nadie se le viene a uno encima, ni adentro ni afuera, a pesar de que no hay mucha gente comprando. Solo transeúntes absortos en sus asuntos.

Pero a medida que la tarde se va despertando, que la gente acaba de almorzar, el tráfico va convirtiendo aquello en un infierno apretado. Las motos aparecen por todas partes como auténticos enjambres y no hay carro que no pite ni moto que no se cuele por donde menos piensa uno. Esta es la ley del más fuerte: lancha venezolana mata carro y carro mata moto y moto mata peatón.

Entro en una tienda. Pero adentro, las tiendas son igualitas a las de la céntrica carrera séptima en Bogotá. ¿Dónde quedó aquello del sabor local? Una tras otra, todas tienen la misma mercancía. Las cosas son baratas pero nada del otro mundo. Un par de tenis a 70.000 pesos no es motivo para semejante viaje. Me voy para las colmenas a ver si cambia mi suerte.

Leonardo es conversador. Nació en el Cesar pero llegó a Riohacha de niño y su padre se lo llevó a Maicao cuando era adolescente. No me convence ningún par de tenis y entonces él dice "un momento, doñita", y le brillan los ojos un breve segundo y saca de una diminuta bodega de su caseta unos tenis mucho más bonitos que los que tiene afuera.

—¿Cómo así? Y estos por qué no los tiene afuera, exhibidos?

—Ah, porque me los copian los otros.

—¿Los copian?

—Es que estos no los compré con ellos.

Como sigo sin entender, Leonardo me explica. Los dueños de las colmenas se juntan para comprar en bloque y lograr mejores precios. Los tenis entran al país por Puerto Bolívar y Bahía Portete desde Panamá, y llegan a una gran bodega en Maicao mismo, donde los pequeños compradores se agrupan para negociar al por mayor. Pero también son competencia, y a veces logran acceder a pequeñas cantidades de "productos exclusivos". En cualquier caso, el negocio proviene de la consabida estructura mafiosa de un enorme lavadero. Igualito que Nápoles, Maicao sigue siendo una lavandería. La coca sale y la pagan con chucherías chinas, que siguen entrando vía Panamá por los puertos de La Guajira. Nada ha cambiado.

O sí. Zegher Hay, que creció en Maicao, recuerda que cuando ella era pequeña, todo venía de las latas. Ella nunca supo qué era eso de las arvejas. Ella comía petit pois de Del Monte. Y fue traumático llegar a Bogotá, solo para descubrir que en la gran capital tocaba cocinar esas pepitas duras que venían en bolsas prehistóricas. Qué atraso.

La globalización no es más que otro nombre para un gordo tentáculo que crece y se multiplica. En treinta años, la estructura comercial de Maicao no ha cambiado: se ha reproducido en todo el país. En "el hueco" de Medellín o en los sanandresitos de Bogotá se consigue lo mismo que antes se conseguía solo en Maicao. Esa es la diferencia.

***

Mis tenis son, efectivamente, divinos y comodísimos. Leonardo me susurra el nombre de la marca con orgullo: mongrín. A mí no me suenan para nada pero abro los ojos con admiración para no parecer anticuada. Yo me quedé en la década de Nike, y para colmo de males, pronunciaba "naik" y resulta que es "naiki".

Como manda la dignidad, regateo. De 65.000 pesos los logro bajar a 55.000. Le insisto a Juan Felipe, el fotógrafo, que se compre unos, porque uno se vuelve muy generoso con la plata ajena y la revista me ha dado viáticos para las compras. Leonardo me dice que le gana unos 5000 pesos a cada par. Lo multiplico por dos. En un día malo vende tres pares y en uno bueno, ocho. Aquello no es más que la economía de escala de toda la vida. Leonardo les vende a los transeúntes y les vende a sus vecinos también: compran juntos, se venden entre sí y se hacen competencia. Y en cada transacción, suben un peldaño de unos 3000 pesitos en promedio.

La caja de mis mongrín trae una página web: www.montgreenpanama.com. ya en Bogotá, entro a la red y me sale que no existe. En los resultados que arroja Google solo sale el texto del website en caracteres latinos rodeados de puros garabatos chinos. ¡Excepto uno! ¡Nada menos que las páginas amarillas de Colombia! Montgreen es una distribuidora en Medellín. Cojo el télefono y llamo. Es por supuesto una importadora perfectamente legal y venden al por mayor.

—¿Pero los tenis son importados de dónde, de Panamá?

—No son hechos allá pero por ahí es que entran —me dice la amable recepcionista.

El por mayor que manejan es bastante modesto: un mínimo de nueve pares de un mismo estilo. Pero si quiero comprar uno solo, me indican, tengo que ir al Palacio Nacional.

El Palacio Nacional de Medellín es un edificio enorme en donde hace años funcionaban los juzgados de la ciudad. Hoy es un gigantesco sanandresito adyacente al famoso "hueco", cuadras y más cuadras de puros negocios de ropa y chucherías. Dicen que en los años ochenta un árabe compró el Palacio y no sería raro porque hoy no es otra cosa que la versión paisa de Maicao. Lo mejor de todo es que allí se va trenzando y diluyendo el contrabando con la manufactura local. Lo que llega de China se derrite en una misma sartén con la de allí, y por eso el oriente de Antioquia está lleno de fábricas que producen las mejores imitaciones de las imitaciones chinas. Genial. Todo un mundo de capitales emergentes que luchan por sobrevivir contra los grandes monopolios. Todo un universo de zonas grises donde la dinámica del mercado va legalizando a fuerza de costumbre lo ilegal. ¿Será que estoy comprando en Maicao ropa que chivea la ropa chiviada china, pero hecha en Medellín?

***

En Maicao los negocios se agrupan en cuadras más o menos por tipos de mercancías. La ropa, los electrodomésticos, los zapatos, la lencería y, por estos días, los improvisados tenderetes con pinos de plástico y adornos de Navidad… Y más allá, en una esquina del centro, los depósitos: así se llaman los locales donde venden el trago. Me voy para allá de inmediato.

Es la cuadra más fea de todo Maicao, la más mugrienta, y todo adquiere un vago aire siniestro. Hombres oscuros se recuestan contra enormes lanchas venezolanas destartaladas de las viejas décadas gloriosas y ofrecen viaje de vuelta a Maracaibo. En la entrada de los depósitos hay monosilábicos guardias uniformados con escopetas recortadas. El aire se enrarece y el calor no mengua. En la calle, muchachos encorvados reparan bicicletas bajo ese sol brutal, rodeados de un sucio desorden de herramientas y repuestos. Pero por dentro las tiendas son impecables. Las botellas se alinean en estantes de buena madera. Lo mínimo por una botella de Red Label de 750 ml son 22.000 pesos y 30.000 por la de litro. Pero está claro que yo no les intereso mucho. El negocio no es el del menudeo y no tengo cara de tener discoteca ni en Maracaibo ni en Paraguaipoa. Aquí esto es para gente grande y las bocas están selladas. Al parecer, las botellas también. Aquello es con factura. Espantoso afuera y limpito por dentro. ¿O será que es al revés?

Todo Maicao es de dos pisos gracias a los turcos. Los árabes comenzaron a llegar a Maicao hace más de setenta años y allí construyeron las primeras edificaciones. Al primer piso llegaban los indios (hasta la constituyente del 91 nadie los llamaba wayuus, y guajiros e indígenas eran una sola raza) cargando con la mercancía y dejaban todo ahí, tirado y en desorden. Y la calle se fue quedando con esa tradición de caótico desorden. Pero en el segundo piso todo cambia y parece otro país: ahí están resguardadas de la calle las casas impecables de los libaneses. Es como si fueran dos países distintos, me dice Zegher Hay. La boca abierta al caos del comercio abajo y el seguro refugio escondido arriba.

Casi todos los libaneses que llegaron a Maicao eran campesinos pobres sunitas y venían de un solo pueblo: Baaloul. Apenas lograron hacer plata con el contrabando construyeron casonas gigantescas de orgullosos nuevos ricos en el pueblo, y hasta allá van todos los años para el safiye, el veraneo. También mandan a sus hijos, hoy más que antes con el renacer del orgullo árabe en todo el mundo, a pasar unos años al pueblo, para que aprendan árabe y sepan de dónde son. Pero siempre vuelven. La plata sigue estando aquí.

Es en la cuadra de electrodomésticos donde veo a los primeros árabes. La cara de doña Camila Sefade es inconfundible. Es estricta pero se torna amable en cuanto le menciono familias árabes de la zona que conozco. Me parecen carísimas las wafleras: ¡60.000 pesos!

—¡Pero esas las consigo en Bogotá por la mitad!

Cuando llego a Bogotá analizo otra waflera en casa de un amigo. Es idéntica, exactamente la misma, lo juro, porque analicé ambas con sumo cuidado: los ganchitos, los mecanismos, los enchufes. Lo único que cambiaba era la marca: la de aquí era Black & Decker, la de allá marca gato. Inevitablemente, me acordé del cuento del famoso editor bogotano que se pirateaba sus propios libros.

A doña Camila le compré un juego de monopolio. Me pareció el símbolo perfecto del viaje. Como los calzoncillos marca Mr. Happy que le traje de regalo, con su propia plata, a la redacción de la revista, el monopolio también era made in China y me costó 12.000 pesos. No me atreví a regatear. Muerta de la curiosidad, lo abrí. Todo el tablero, así como las instrucciones, estaba escrito en impecable castellano. Pero los billetes eran dólares falsos, y las casillas rezaban: Avenida Vermont, Avenida Connecticut, Avenida América… Qué gran desilusión. Yo que de pura tonta llegué a creerme que los gringos, en este tributo al antimonopolio, se habían quedado por fuera del paseo. Me queda la esperanza de que mis camisetas Lacoste —absolutamente espectaculares y a 10.000 pesos, con la boca del lagarto ligeramente más abierta de lo normal (detalle absolutamente insignificante que no me impedirá estrenarlas de inmediato)— sean importadas, en breve, de los alrededores de Guarne, de La Ceja o de la Unión.

Mientras tanto, debo decir que le cogí cariño a Maicao, con su calor pegachento y su tierra seca que toda es aire y su aire seco que todo es polvo. Que me hubiera gustado borrar a Jorge 40 y Chema Balas de su historia, y ese pesaroso declive del enigma humano de la frontera. Que lo que queda en ese punto del mapa, entre los macabros negocios de armas que no se ven, la corrupción amarga, el silencioso monstruo del paramilitarismo y los rumores de una invisible presencia de las Farc, es el titánico esfuerzo por sobrevivir en el país del rebusque y de la melancolía. Ese país de heroicas migraciones internas, del negocito, del peldaño a peldaño, a 2000 pesos cada uno. Por mí, vuelvo cuando quieran, aunque el negocio ya se haya acabado.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.