"Too old to be content with play, too young to be untroubled by desire…" Aunque Fausto, el gran poema dramático de Goethe y una de las obras cumbre de la literatura del siglo XIX fue escrito en alemán, yo lo leí en inglés y este verso me pareció hermosísimo así, tal cual. En español, un idioma prosaico, no suena tan bien, y menos aún si lo traduzco yo, pero, excusando la torpeza, sería algo así: "Demasiado viejo para contentarme con juegos, demasiado joven para que no me perturbe el deseo".

No conozco mejor definición de la tragedia resultante de envejecer y al tiempo mantener intacto el remolino del deseo. ¿Qué hacer cuando el afuera y el adentro ya no son uno solo? Es más, ¿cuándo se contradicen dramáticamente entre sí? Porque el alma no envejece sola, sino que va detrás, llorando, volviéndose vieja a la fuerza, jalonada por la decrepitud progresiva del cuerpo. Como un reo que se arrastra y tropieza, atado a la carroza del verdugo.

Otra obra cuya infinita belleza también me ha conmovido es un cuarteto de cuerdas llamado Cartas íntimas. Es el segundo y más melancólico de los cuartetos para cuerdas del gran compositor checo Leos Janacek. Janacek lo escribió ya viejo, y lo dedicó a Camila, una joven a la que conoció en un balneario por allá a comienzos de los años veinte del siglo pasado, cuando él tenía 63 años y ella 25, y de la cual se enamoró locamente. Por supuesto, Camila nunca le correspondió —la diferencia de edad hacía imposible cualquier atracción— pero condescendió a otorgarle su amistad hasta la muerte del compositor. Janacek le escribió más de 730 exaltadas cartas de amor, y sufrió profundamente por culpa de esa inclemente sustancia de la que está hecho el tiempo. O el destiempo.

Ambos ejemplos me conmueven porque encarnan el sentido trágico de la condición humana. ¿Sería justo llamar a Fausto, en la ficción, o a Janacek, en la realidad, viejos verdes? Yo no creo. No es difícil imaginar que enamorarse de una mujer muy joven, para un hombre muy viejo, es, sencillamente, una tragedia. Una tragedia inherente al duro oficio de vivir, y un acto de rebeldía brutal, desesperada, ante la cercanía y la inminencia de la muerte.

Pero por supuesto, como toda tragedia que se respete, esta tiene su contracara. Y en este caso, esa contracara tiene tintes de todos los colores: va de lo macabro a lo burlesco, y hasta contiene una buena dosis de eso que llaman justicia poética.

Para poder hablar de esa contracara, les tengo que explicar la historia del vocablo. Es bastante curiosa. Hasta hace unos cuatro siglos, la expresión "viejo verde" era un elogio enorme. No era un insulto sino un motivo de orgullo. Porque verde, en el latín vulgar, se asociaba al vigor (viridis a vigore era una expresión coloquial, "verde es vigor"), y por lo tanto, si a un hombre viejo le decían "viejo verde", significaba que estaba bien de salud, que era vigoroso y juvenil.

Miren cómo definía la palabra "verde" el lexicógrafo Sebastián de Covarrubias en 1611, en su Tesoro de la lengua castellana: "Es el color de la yerba y de las plantas cuando están en su vigor... No dejar la lozanía de mozo habiendo entrado en edad... A los que siendo viejos tienen verdor de mozos".

Pero hace unos tres siglos más o menos, comenzó a producirse un cambio de significado. Y el cambio lo hicieron las mujeres. Esa supuesta tardía lozanía (senex amator, era el latinajo que se usaba) se solía traducir en algo que podríamos bautizar como un optimismo exagerado por parte de esos amantes seniles. No vivían, como en los siglos venideros, la tragedia de la diferencia de edad. No sentían el más mínimo asomo de pudor para cortejar a las muy jóvenes, porque el pudor era un asunto asociado a la castidad de las mujeres. Es decir, todos los viejos se sentían viejos verdes. Y entonces, las mujeres mismas comenzaron a darle un giro semántico a la expresión. Pero no las mujeres de todas partes. La expresión "viejo verde" no es traducible literalmente a otros idiomas, porque el color verde solo tiene una connotación pornográfica en español. Resulta que fueron las mujeres españolas las que, para protestar contra la osadía de esos viejos desdentados y panzones que osaban creer que ellas podían responder con pasión a sus requerimientos amorosos, comenzaron a llenarla del contenido insultante y libidinoso que tiene hoy. Optaron, con mucha inteligencia, por la táctica de la humillación. Es más, la expresión que se comenzó a utilizar en aquel entonces era aún más hiriente: "viejo rabo verde", que provenía de la comparación de los hombres de pelo blanco con los puerros, las cebollas blancas que tienen verde el tallo. Y por eso "rabo", en España, que antes se refería a la raíz de la cebolla, es hoy la forma más soez y ordinaria que uno pueda imaginar para referirse al pipí de los señores.

Tan efectivo fue el giro que no habían pasado ni cien años desde la inocente descripción de Covarrubias y ya al Diccionario de Autoridades le tocó alterar la definición para incluir un reproche: "Viejo verde llaman al que mantiene o ejecuta algunos modelos y acciones de joven, impropios de su edad".

Ya ven pues, qué curioso: "viejo verde" bien podría ser la primera expresión feminista de la historia moderna. ¡Nuestro primer acto de rebeldía! Son las mujeres diciendo: "¡Ey, yo existo, también tengo derecho a elegir, y no quiero que me condenen a acostarme con ese viejito chuchumeco!". Y son las mujeres protegiendo la salud de la especie. "Si viejos son, ¡rancia estará su semilla!".

"Viejo verde" es la venganza (o la justicia poética) de las mujeres contra los hombres a los que jamás se les había pasado por la cabeza que a las mujeres también les puede atraer, como a ellos, la belleza encarnada en la juventud. ¡Y gracias a esa expresión, a los hombres les tocó comenzar a arreglarse un poquito!

Me es imposible incluir en las desoladas historias de amor tardío la última novela de Gabriel García Márquez, de horripilante título, Historia de mis putas tristes. Porque al nonagenario protagonista se le ocurre la grotesca insolencia de querer comprar una niña. Una niña a la que la pobreza obliga a prostituirse. El que a él no le importe, de antemano, el espanto que pueda producir en ese otro ser humano, lo convierte en ese ser lascivo y repugnante, baboso y fétido que llamamos, con justicia y gracias a nuestras antecesoras, viejo verde. Es más, lo convierte en el peor viejo verde de la historia de la literatura.

En suma, el pecado jamás estará en desear, jamás estará en enamorarse, tenga la edad que se tenga el amante o el amado. No es pecado querer venderle el alma al diablo como Fausto. No es pecado tener 70 años y suspirar por una de 18. Es humano, que es muy distinto. El único pecado, el crimen asqueroso, está en utilizar el poder, el dinero o la fuerza para someter o seducir. Pero ese viejo no se enamora de una mujer joven. Ese viejo ni siquiera puede ver a una mujer. Ve carne fresca. Por eso un viejo verde encarna el patetismo de los que tratan de disimular la severa evidencia de algún tipo de derrota y, en el fondo, pueden tener cualquier edad. Y es fantástico que las mujeres, en idioma español, hayan logrado darle a la expresión un giro tan ofensivo, tan ridiculizante, ¡y tan divertido!

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