Tengo 88 años. Fui una mujer trabajadora durante toda mi vida, sostuve a mis hijos con mi esfuerzo y me condecoraron varias veces por mis capacidades. Hace tres años empezaron los dolores de cabeza, después fueron los de estómago (aunque mi hija Gloria no me cree y dice que es imaginación mía) y todo se complicó el día en que la casa se estaba quemando, hace un poco más de tres años. Aunque siempre he sido autoritaria y toda la vida se ha hecho mi voluntad en esta casa, no entiendo por qué nadie me creía cuando yo gritaba que había que sacar a los niños, que saliéramos todos para no quemarnos. Mis hijos me agarraron con fuerza, me decían que no estaba pasando nada, que los niños estaban bien. La casa nunca se quemó. Después de eso, me he sentido cada vez peor. Empecé a olvidar el lugar donde ponía las cosas, un día duré casi una hora buscando las llaves que llevaba bajo el brazo, no podía encontrar el zapato que diez minutos antes tenía en la mano y ya no recuerdo el nombre del médico que me ha tratado desde hace dos años. A mis hijos los recuerdo muy bien, pero no sé por qué me miran extrañamente cuando les digo que en la noche vino a visitarme alguno de mis parientes que viven en otras partes.

También tengo mucha tristeza, una especie de desencanto hacia todo, a salir a la calle, a tomar el sol, a comer, a dormir, a ir a cobrar la pensión de la que vivimos. En las noches siento angustia y miedo, como si algo me oprimiera, y no sé por qué, pero ya nunca duermo. A veces lloro en la cama, me asomo a la ventana, camino por la casa en espera de que amanezca o hasta que alguno de mis hijos se despierte y me vuelva a meter en mi cama. Hay algunas noches en que me visita mi hijo Álvaro, y eso me calma bastante, me ayuda a no sentir tanto el desespero, pero es insoportable que al otro día todos me digan que yo no tengo ningún hijo llamado así.

Ya nunca salgo a la calle, no quiero que nadie me vea, me da vergüenza, y me enfurezco cuando mis hijos tratan de hacerme ir a la tienda a comprar algo o al parque que queda atrás de la casa. No entienden que no quiero salir, que el único lugar en que estoy medianamente a gusto es mi cuarto, donde solo veo a mi familia. Un par de veces, al estar con mi hija Gloria, sentí rabia porque se burló de mí (aunque ella dice que no es cierto) y la quise expulsar contra cualquier persona y de cualquier forma, una ira que se fue cuando volví a estar sola, pero que me ha invadido varias veces en estos últimos años. Sé que nunca he agredido a nadie pero en mi mente sí me veo algunas veces atacando a quien me rodea.

Todo esto no es mi culpa, mi familia lo sabe, las molestias que causo a los demás también me hacen mal y yo no las puedo controlar. Me han tomado varias radiografías pero los médicos no han visto nada extraño en mi cerebro. Quiero que me entiendan y sé que no me juzgan, solo me interesa la paciencia que mi familia ha tenido estos años y que ha hecho más soportable todo.

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