Javier Ariza —22 años, rasgos duros y tez morena— llega a una de las salas de reunión ubicadas en las oficinas de Migración Colombia, dentro del aeropuerto El Dorado, en Bogotá. Alto, con el pelo rapado a los lados y más largo en la mitad, lleva puestos un buzo negro de capucha, unos tenis de marca y un reloj blanco que sobresale en su muñeca izquierda. Con la mano derecha sostiene una bolsa de pan que se lleva a la boca con frecuencia; es, quizá, lo primero que come en mucho tiempo. El joven bogotano aparece custodiado por tres agentes de Migración uniformados que lo esperan afuera. Apenas sobrepasa la puerta, me estrecha la mano y se sienta; solo entonces me doy cuenta de que tiene los ojos hinchados. (El primer aviador en volar de América a Europa y su triste final)

Minutos antes, Henry Corredor, director del Puesto de Control Migratorio en El Dorado, me explicó que Ariza acababa de llegar deportado de Turquía, a donde viajó engañado por una red de tráfico de personas. Sospeché entonces que su historia sería dura, pero solo cuando empezó a hablar, con un tono de voz bajo y afectado, me di cuenta de que no sabía en realidad cuánto.

Brayan Cruz, deportado luego de 12 años en España, fue el único que no tuvo problema en dar la cara.

—Un conocido de un amigo me dijo que él podía ofrecerme un futuro en Suiza —comenzó a decir, ávido por contar lo que había vivido—. Me prometió estudio, trabajo, y aseguró que con el tiempo me conseguiría la nacionalidad. Me pidió 1000 euros (poco más de tres millones de pesos). Se los di. A principios de enero dejé el local de ropa que tenía en Bogotá y me fui a Barranquilla, donde empezó el martirio. Ahí me despojaron de todas mis pertenencias y me pidieron 5 millones de pesos más, que acabé dándoles en contra de mi voluntad. El 28 de enero me subieron a un container de plátanos con una pareja de colombianos, un hombre y una mujer, y nos tuvieron casi un mes navegando. Las condiciones eran terribles: nos tocaba hacer las necesidades ahí mismo y los tipos que nos llevaban nos humillaban, nos trataban mal —continúa, avergonzado, antes de bajar la mirada y confesar—: a la mujer la violaron varias veces ahí, delante de nosotros.

—¿Y ustedes qué hicieron? —le solté, justo antes de darme cuenta de lo estúpida que resultaba la pregunta.

—Nada —respondió, mirándome con rabia—. ¿Qué íbamos a hacer?

La historia no acabó ahí. Cuando llegaron a Turquía, los encerraron en una casa amplia sin darles mayores explicaciones ni decirles dónde estaban. Días después, Ariza aprovechó el descuido de sus captores y se voló por una ventana; en la calle, sin entender una sola palabra ni poder leer las vallas que se alzaban en las vías, tuvo que pasar varios días mendigando por una moneda o un pedazo de comida. En esas estaba, perdido, cuando pasó una colombiana que le entendió y lo llevó al consulado. De allí lo remitieron a la embajada, en Ankara, a donde viajó con los últimos restos de dinero que había escondido en los calzoncillos, y allá le ayudaron con los trámites para traerlo de vuelta al país. (La historia del ladrón de millas)

—Tuvo suerte de haberse volado —me dijo Henry Corredor mientras Ariza se retiraba, custodiado por los agentes de Migración—. Quién sabe para qué los habían llevado allá: puede ser desde tráfico de órganos hasta prostitución.

Entonces recordé las últimas palabras que ese joven me dijo antes de irse, luego de afirmar que no se arrepentía de nada: que lo único que podía decirle a la gente era que, por favor, pensara bien las cosas antes de hacerlas. Que se asesorara. Que no se dejara engañar.

Aunque para él, por desgracia, ya era demasiado tarde.

Carlos, quien no quiso revelar su apellido, estaba recluido en una cárcel española por pornografía infantil.

***

La sala donde reciben diariamente a los deportados que llegan a El Dorado está ubicada en lo que los funcionarios de Migración llaman la “zona estéril”. Así le dicen porque, al pisarla, los viajeros que llegan expulsados de distintos países ya han sido requisados por la Policía para asegurarse de que no lleven ningún tipo de arma. Por eso, quizá, llegar a ella no resulta fácil: para que alguien ajeno al personal autorizado pueda entrar, debe tramitar un permiso especial con Opaín, la empresa encargada de administrar el terminal aéreo, que dura por lo general un solo día.

Una vez el fotógrafo y yo tenemos el permiso en la mano, nos dirigimos a la sala, ubicada detrás de las 44 cabinas de vidrio donde funcionarios de Migración registran a diario entre 22.000 y 30.000 viajeros, dependiendo de la temporada, que salen del país. Resulta curioso caminar sin problema entre los agentes y los policías, saltar las filas de gente con pasaporte en la mano y pasar de largo por las zonas de control, donde el tránsito suele ser difícil. (Datos curiosos del avión de pasajeros más grande del mundo)

Caminamos hacia la “zona estéril” para esperar un vuelo de la aerolínea española Iberia, procedente de Madrid, que trae a 46 deportados colombianos. No siempre llegan tantos en un solo avión: cuando las autoridades no logran reunir el número suficiente de deportados en un solo destino, los montan en vuelos comerciales, a los que casi siempre los suben esposados y acompañados por agentes de migración del país de procedencia. Pero hoy es distinto: el vuelo, que salió en la mañana, trae solamente deportados, y casi todos vienen de pagar penas en cárceles de España por delitos relacionados con drogas.

Pedro Romero y su esposa embarazada, de origen venezolano, deportados de México.

Mientras caminamos por la parte trasera del aeropuerto, a la que se accede luego de pasar grandes puertas de metal que se abren con claves, Corredor nos explica que solo en El Dorado trabajan cerca de 350 oficiales de Migración; están las 24 horas, los 365 días del año, repartidos en 5 turnos diarios. No paran nunca. El equipo está conformado, entre otros, por grafólogos que saben detectar cuándo los pasaportes o sus sellos son falsos; perfiladores que observan a las personas que se comportan de manera sospechosa o están más nerviosas de lo normal, y dactiloscopistas que analizan las huellas dactilares. “Si el oficial de ventanilla nota alguna irregularidad en el pasaporte, nos da una alerta y nosotros acudimos —explica el grafólogo William Velázquez—. Como ya tenemos el ojo entrenado, solo con verlo podemos saber si es falso. Si tenemos dudas, los llevamos al laboratorio”.

Antes de llegar, pasamos por el Centro de Análisis Migratorio. En la sala austera hay dos filas de mesas con computadores donde oficiales de Migración, funcionarios de la Dian y personal de la Policía se sientan frente a cuatro pantallas enormes clavadas en la pared que despliegan información detallada sobre cada pasajero que pisa el país. “Las aerolíneas están en la obligación de informarnos quién llega en sus vuelos —explica Corredor—. Así que cuando alguien entra, antes de que se baje del avión nosotros ya sabemos quién es y hemos revisado sus antecedentes”. (Los militares que lanzan desde un avión camionetas Hummer)

Y entonces, al fin, llegamos: delante de nosotros está una puerta de metal idéntica a las anteriores, que se abre despacio cuando Corredor termina de digitar la clave con sus manos pulcras de uñas arregladas.

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Pese a que no es demasiado grande, la sala está dotada con las comodidades básicas que requieren los deportados: un dispensador de agua, una máquina para comprar comida, baños espaciosos con duchas, dos salas pequeñas con bancas largas para recostarse y colchonetas por si quieren dormir en el piso. Aunque no pueden permanecer allí más de 36 horas, la idea es que durante el tiempo que lo hagan se les trate de manera digna. Por esa razón, además de los oficiales de Migración, suelen tener allí personal médico y psicológico que atiende a quienes lleguen con problemas de salud física o mental.

Jeison Alejandro Múnera, de 33 años, también deportado de México. 

Apenas cruzamos la puerta, vemos un pequeño grupo de deportados que acaba de llegar de México. Hay una joven que llora desconsolada, un paisa de mediana edad y una pareja de venezolanos con la cara compungida. Los cuatro coinciden en afirmar que en el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México los humillaron. “Mi esposa tiene cuatro meses de embarazo y ni les importó —cuenta Pedro Romero, de Valencia (Venezuela), quien abordó el vuelo Bogotá–Ciudad de México dos días antes—. Nos metieron en un cuarto que olía a orines y allá estuvimos más de dos horas. Luego nos devolvieron sin escucharnos”.

En esas estamos, cuando abren la puerta de improviso y entran, en medio de un bullicio ensordecedor, los 46 deportados de España. (Lo que pasa en un avión y nunca le van a contar)

***

—Me llamo José Fabián Ruiz, tengo 52 años y llevo 17 en España —dice el hombre que está frente a mí, casi calvo, de manos callosas y un olor penetrante, producto de cinco días sin bañarse—. Vivía en Logroño, al norte, y trabajaba en una bodega de vino. Mire, yo tengo papeles hasta el 2025—, remata mientras me muestra su DNI, el documento de identidad español, que sostiene con manos temblorosas.

“Me devolvieron porque estaba con unos amigos españoles que tenían droga, y nos cogieron. Yo no tenía nada, le juro. Me montaron en una patrulla, esposado, y me llevaron hasta Madrid. Ni siquiera me dejaron despedirme de mi esposa y mis tres hijos. Y acá estoy. Ahora no sé qué hacer. Dígame, ¿qué hago?”.

José Fabián Ruiz, de 52 años, deportado luego de 17 años en España.

Estamos en un pequeño saloncito que tiene solamente un escritorio y dos sillas. Afuera, los deportados que acaban de llegar van pasando frente a los agentes de Migración, quienes les toman los datos. Luego los dejan ir, si no tienen problemas pendientes con la justicia colombiana. “Muchos salen de aquí sin siquiera un peso para coger taxi, mucho menos a dónde dirigirse”, me dirá luego Danny Javier Triviño, funcionario de Migración encargado de la verificación de pasaportes.

Minutos antes, un compañero suyo había recibido a los deportados; luego de darles la bienvenida, les dijo que iban a verificar sus documentos y que quienes quisieran contar sus historias podrían hacerlo. No fue complicado encontrarlas: casi todos llegan con ganas de hablar, pues suelen sentirse víctimas de una injusticia. Así no lo sean. Como Carlos, un tipo bajito y calvo que lleva puesto un gorro rojo y unos pantalones anchos, y habla con un dejo de acento español. “Llevo ocho años en la cárcel, tío, acusado de pornografía infantil. Pero es mentira. Eso es una mierda allá, el racismo, el hacinamiento. Los españoles son unos gilipollas”. O como Brayan Cruz, de 21 años, el único que no tuvo problema en dar la cara y a quien devolvieron por un problema de drogas luego de doce años. “Mi plan es devolverme —dirá—. Allá está mi mamá y la novia, con quien quiero casarme”.

Las bolsas donde guardan las escasas pertenencias con que viajan los deportados.

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Cuando salimos, me siento agotado. El lugar está plagado de olores fuertes y una energía pesada se siente en el aire, denso como aceite. En la sala solo queda un deportado tunecino que devolvieron de São Paulo (Brasil). El hombre intenta hacerse entender y a ratos se exaspera; grita, manotea, empieza a tornarse violento. “A esos les decimos ‘pasajeros disruptivos’ —explica Corredor—. A veces hay que llamar a la Policía para controlarlos”. Pero esa tarde basta un funcionario de inmigración corpulento que le pide calmarse. (7 cosas que las aerolíneas pueden hacer con sus pasajeros)

Ya afuera, mientras veo a la gente entrar y salir con sus maletas, pienso en todos esos deportados que se fueron buscando un futuro y volvieron jodidos. En sus vidas interrumpidas. En el engaño de Javier Ariza. No los justifico —no a todos, al menos—, pero entiendo que la vida de cada uno cambió en el momento mismo en que lo subieron a un avión con el estigma, muchas veces cruel, de ser un deportado.

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