La historia de mi trastorno no comienza cuando a los 18 años me fue diagnosticado. Todo comenzó antes, en un momento que describo como infeliz, porque empecé a aislarme de mi familia y de mis amigos. Busqué refugio en los libros y la música, pero el hastío pudo más. Era tristeza lo que sentía y esta pasaba desapercibida, hasta que un intento de suicidio me envió directamente a donde el psiquiatra. Con él conocí el nombre de esa fuerza misteriosa que en ocasiones logra quitarme las ganas de hablar, de comer, de levantarme de mi cama y hasta de vivir. Allí supe que el dolor insoportable que siento en el alma es producto de la depresión. Pero la tristeza es solo una parte de varias que se juntan para hacer miserable la existencia de quien la padece. Quienes soportan esta afección tarde o temprano se les acaban los sueños, las metas y sus ilusiones. Solo les queda la esperanza de encontrar una pronta muerte que los libere de una vida que duele cada segundo. Para el depresivo no existe mayor diferencia entre el estudio, el trabajo, la familia o la diversión. Todo empieza a antojarse irrealizable por la falta de energías para emprender cualquier tarea, por más sencilla que sea.

Como si fuera un síntoma más de este trastorno, la sociedad concurre en masa para agregar un poco más de peso a una carga que ya resulta insoportable. De los seres queridos empiezan a llover críticas y opiniones irresponsables y prejuiciosas. Surgen los cuestionamientos que buscan saber el porqué de tanta tristeza cuando se tiene todo en la vida, sin que se entienda que poco importa lo demás cuando es felicidad lo que hace falta. Incluso se lanzan críticas hacia una supuesta falta de voluntad por no salir de tan penoso estado, como si esa misma voluntad fuera suficiente para corregir el desbalance químico que desde el cerebro motiva la depresión por falta de un neurotransmisor llamado serotonina, cuya función principal en el sistema central nervioso es el de modular sensaciones como los estados de ánimo, la temperatura corporal, el sueño, el apetito y la libido.

Es justo ahí cuando todo el mundo resulta ser juez y parte y diagnostican, en consenso, que se trata de una locura temporal o, simplemente, ganas de joder. Resulta lógica esta falta de comprensión, cuando se tiene en cuenta que ni siquiera uno, como afectado, consigue entender con claridad lo que sucede. Sin embargo, la culpa resultante de la presión social agrega un nuevo ingrediente a esta enfermedad, que generalmente se trata por medio de especialistas, terapias, psicoanálisis y medicamentos antidepresivos como el zoloft y seroxat, que por ser muy fuertes generaban en mí efectos colaterales como temblor constante en mis extremidades y resequedad en mi boca. Con el tiempo he aprendido a manejar la depresión. Aunque aún no sé si se trata de una enfermedad que pueda superarse por completo, lo que sí es seguro es que se puede convivir con ella, porque uno aprende a reconocer las señales que indican que una crisis está por venir y alcanza a reaccionar a tiempo. Sin embargo, lo más difícil de vivir con depresión es no tener la seguridad de saber con exactitud dónde termina uno y empieza ella; es cargar siempre con ese fantasma que me obliga a desconfiar de cada cosa que pienso, siento, digo o hago y la objetividad que la reviste.

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