No hay dolor corporal comparable al terrible dolor de sentirse frustrado. Y por eso no fue el tirón en la parte posterior de la pierna derecha lo que realmente me hizo llorar ese día en las semifinales de los 400 metros planos en los Olímpicos de Barcelona 1992. Fue saber que ya no alcanzaría una medalla. Los 65.000 espectadores enmudecieron después de que los otros competidores pasaron la meta y me seguían viendo a mí, ahí solo, a 200 metros del final, arrodillado, con mi mano derecha sobre la pierna lesionada, mientras que con la izquierda me cubría la cara, que estaba llena de lágrimas.

No sé cuánto tiempo duré ahí, un par de minutos tal vez,  y muchas cosas se me pasaron por la mente: ¿por qué había sufrido ese tirón?, ¿qué había hecho mal?, ¿por qué me había pasado justo ahí? Tenía 26 años y llevaba toda mi vida preparándome para las Olimpiadas. A pesar de que llegaba con 13 operaciones previas en el talón de Aquiles, me encontraba en buenas condiciones físicas, había hecho el mejor tiempo de todos los participantes en la ronda de cuartos de final y estaba concentrado en ganar la carrera y pasar a la lucha por una medalla. Todo estaba dado para ir al podio.

Pero llegó la lesión: me había roto un tendón. Fue como una bofetada. Era el fin del sueño, como cuando a un ciclista se le pincha una llanta en mitad de la carrera y no tiene cómo repararla. Me puse de pie y miré para todas partes buscando una explicación. Luego me derrumbé de nuevo en la pista, boca arriba, mirando al cielo.  El llanto no me dejaba pensar. De pronto, sentí una necesidad inexplicable de levantarme y llegar a la meta. ¿Para qué? No sé explicarlo. Fue un impulso que parecía justificar mis cuatro años de entrenamiento. Y eso hice. Me paré como pude y dando pequeños saltos sobre el pie izquierdo, comencé a avanzar. El público se levantó y comenzó a aplaudirme como muchos competidores hubieran querido. Recibí una ovación que todavía retumba en mi corazón. Y aunque iba saltando en un pie, no iba a llegar nunca; me faltaban 150 metros. Tal vez por eso, sin darme cuenta, sentí que alguien venía corriendo tras de mí para ayudarme: era mi papá.
Luego de que él le explicara a un guardia de seguridad quién era, saltó de la tribuna, se metió a la pista y con su brazo trató de ayudarme para que yo me apoyara en él, mientras me decía que no me rindiera y que estábamos cerca del final. Así, todavía saltando en un pie y gracias a su ayuda, llegué a la meta. Yo no podía dejar de llorar, mi padre tampoco, mientras que la gente no paraba de aplaudirme.

Hasta ese instante, correr era mi vida. Había empezado a hacerlo cuando niño en mi ciudad natal, Bletchley (Inglaterra), simplemente porque lo disfrutaba. Desde esa época, mi papá siempre estuvo a mi lado, fue a todas las carreras en las que participé y aunque nunca fue mi entrenador, fue todo lo demás: mi motivador, mi héroe, mi amigo, mi guardaespaldas, mi fisioterapeuta y hasta mi masajista. Después de ese día le agradecí mucho su apoyo en la pista, porque aunque hubiera llegado solo, él me enseñó que jamás lo estaría. Que él estaría siempre para mí. Que las victorias son de uno, que la gloria depende de uno mismo.

Antes de llegar a Barcelona, mi carrera como atleta iba en ascenso: no solo tenía el récord británico de los 400 metros, sino que, además, había sido campeón mundial, europeo y de los  Juegos del Commonwealth en la carrera de relevos 4x400 metros. Por eso, llegaba con las mejores expectativas, a pesar de las lesiones y las operaciones que ya tenía a cuestas.
Este año, cuando se cumplen dos décadas de ese suceso, de nuevo la gente se acuerda de mí. Creo que la escena de mi padre ayudándome para llegar a la meta es recordada porque tocó el corazón de las personas. Por mi parte, me ha servido como presentación de las charlas motivacionales que dicto desde hace 15 años. Y no puedo negar que, aunque no me molesta, cada vez que veo el video me siento algo avergonzado.


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