Pero esto es lo menos impresionante de todo lo que me ocurrió, porque en uno de los momentos más críticos tuve lo que se conoce como una ‘experiencia extracorpórea‘ que cambió la visión que tengo de la vida y, sobre todo, de la muerte.

Tenía 55 años, llevaba algún tiempo mal de salud y ningún médico se ponía de acuerdo en lo que me afectaba. Finalmente me dijeron que tenía alguna clase extraña de virosis y empecé un tratamiento bastante agresivo de antibióticos. La cosa iba bien hasta que un día que estaba en mi casa con mi familia empecé a convulsionar, todos me miraban aterrados y no sabían qué hacer. Finalmente me desplomé y caí inconsciente al piso. Entonces empezó la maratón médica a la que muchos en Colombia les toca recorrer en situaciones como esta: fuimos a muchos hospitales en Bucaramanga, ciudad donde vivo, pero no me recibían en ninguno. Finalmente me aceptaron en uno y me ingresaron a cuidados intensivos, pero los médicos aún no lograban diagnosticarme. Ya en el cuarto recuperé la conciencia, pero seguía estando muy débil.

Entonces empecé a gritar y a buscar el timbre para llamar a alguien porque sabía, con el cuerpo entero, que me estaba muriendo. Todos los aparatos a los que estaba conectada pitaban y hacían ruidos, estaba teniendo un infarto. Y de repente… negro,

desaparecí. No sé cuánto tiempo pudo haber pasado, pero en un momento abrí los ojos y ya no sentía ningún dolor, algo había ocurrido: ya no estaba acostada en la cama, sino parada enfrente de ella. En la cama había alguien, alguien que se estaba muriendo y a la que los médicos trataban de revivir por todos lados. Quise ver quién era esa persona, traté de moverme, pude hacerlo, me acerqué a la cama y descubrí que quien estaba muriendo en esa cama, era yo. Había sufrido un desprendimiento, había dejado de ser la paciente para convertirme en la espectadora de mi propia muerte.

Vi cómo los médicos trataban revivirme, cómo daban golpes en mi pecho y, finalmente, cómo trataban de inyectarme. Lo curioso es que durante todo este tiempo yo me sentía en una paz absoluta, y nunca me puse a pensar si era mi momento para morir o no, yo simplemente estaba viendo en total tranquilidad; incluso en el momento en que, después de no encontrar venas para inyectarme, los médicos tuvieron que hacerme un catéter en la aorta, y mi cara (o la cara de ese cuerpo que estaba en la cama) se llenó de sangre, junto con el piso del cuarto y la ropa de los médicos. Yo caminaba lentamente por todo el lugar, nadie notaba que estaba ahí. Alcé los ojos y, ahí, en la esquina de la cama, estaba mi abuelo, que había fallecido tiempo atrás. No hablamos, casi ni nos miramos, como si fuera algo totalmente normal que nos encontráramos en una situación como esta. Pero entonces oí algo que llamó mi atención, era la voz de mi hermana llorando y venía desde afuera del cuarto. Fui en su búsqueda y ahí estaba, destrozada, lloraba y rezaba. Ni siquiera en este momento la paz y la tranquilidad que sentía se vieron afectadas, en ningún momento traté de hablarle. Simplemente la miraba… y ahí fue cuando sentí que algo me jalaba hacía atrás y un minuto después estaba de nuevo en mi cuerpo, sentía otra vez dolor, respiraba aire de nuevo. Los médicos habían podido revivirme.

Unos días después entré en un coma que por fortuna no duró mucho y en el que, en mi mente, lo único que veía era un mar muy, muy tranquilo. No había nadie, no había animales, solo el ruido de las olas que se estrellaban lentamente contra la arena. Finalmente, después de unos días, desperté. Después me enteraría de que lo que tenía no era una virosis extraña sino un dengue hemorrágico, una enfermedad tremendamente agresiva pero al mismo tiempo muy fácil de controlar, si es detectada a tiempo. Me dijeron, también, que una de las razones por las cuales mi caso había sido tan crítico fue precisamente por ese tratamiento de antibióticos en el que estaba. Por fortuna, y casi por un milagro, logré salir de todo esto y hoy gozo de una muy buena salud. Si me preguntan qué fue lo más importante que me dejó esta experiencia, la respuesta es casi obvia: desde ese día nunca, pero nunca, le tendré miedo a la muerte.

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