En ese glamuroso escenario he experimentado desde un empujón de Oliver Stone hasta quedarme encerrada en el baño con Meg Ryan. Pero nada se compara con el tratamiento de estrella que me dieron en la edición de 2011. En esa ocasión llegué tres minutos tarde a la entrevista que tenía con el coproductor del subdirector de un corto uruguayo sin terminar. No me la dio y además me insultó hasta el cansancio. Cuando salía de ese lugar, donde por coincidencia se realizaban también las entrevistas de Biutiful, la película protagonizada por Javier Bardem y dirigida por Alejandro González Iñárritu, uno de los organizadores me detuvo y preguntó por qué estaba tan furiosa. Le respondí que un coproductor me había tratado muy mal.

Al cabo de unas horas me llegó un sobre al hotel. La producción de Biutiful, que supongo asumió que alguno de sus miembros era el que me había maltratado, me invitaba al día siguiente al estreno del filme. El plan me dejó boquiabierta. Una limusina pasaría por mí a las diez de la mañana para llevarme al Hotel Martínez, el más lujoso de la costa azul y un símbolo de la historia del festival. Allá, los asesores de imagen se ocuparían de vestirme, arreglarme y darme las joyas necesarias para el atuendo que usaría para asistir a la gala. Luego cenaría en La Palme D’Or, el restaurante del hotel y el único con dos estrellas Michelin en la zona. Me hospedaría en una de las suites de primera clase, al día siguiente desayunaría en la piscina con los protagonistas de la película y volaríamos en helicóptero por Cannes, Niza, Mónaco, Saint-Tropez y Córcega.

Esa noche no dormí de la emoción. Al día siguiente estaba lista en la puerta del hotel desde las nueve de la mañana. La limusina llegó a la hora acordada, muy puntual, y me llevó al Hotel Martínez. En la recepción de este me esperaba madame Elyse, quien no ocultó su cara de insatisfacción al verme, una colombiana voluptuosa, de 1,55 metros de estatura. La señora hizo, de eso no me queda duda, un gran esfuerzo para ser amable. Me condujo a mi suite, la 2001, de la que me acuerdo por Odisea del espacio, de 120 metros cuadrados, vista al jardín y una cama tan suave como copos de algodón. No me reponía de la sorpresa de este espacio cuando la anfitriona me hizo firmar un documento en el que me comprometía a no tomarle fotos al hotel ni a los actores y reconocía que la ropa y las joyas que me dieran eran en calidad de préstamo. Terminé de firmar y apareció una mucama con una caja blanca que contenía una toalla, unas pantuflas y una levantadora marcada con mi nombre.

—Son suyas, aunque sabemos que no se las llevará porque eso de muy mal gusto. Nadie se las lleva nunca —dijo madame Elyse.

Minutos después, mientras me probaba en el baño la levantadora, con la que me veía como Tontín, el enanito simpático del cuento de Blancanieves, llegaron la peluquera, la maquilladora y Alain, el encargado de vestirme, un experto que había hecho lo propio con actrices como Catherine Deneuve, Mila Jovovich y Eva Longoria. Él puso cara de angustia apenas me vio. Luego entendí que se estresó porque no sabía cómo vestir a una curvilínea latina de metro y medio de estatura.

La peluquera me hizo durante dos horas un peinado muy elaborado, muy ondulado, que estaba de moda ese verano. Quedé como Ricitos de Oro y mi pelo se demoró una semana en volver a su estado normal. La estilista me hizo cuatro pruebas diferentes para el maquillaje y en el proceso me humilló a más no poder con frases como: “Necesitamos ocultar sus ojeras”, “uff, tiene bastantes mejillas”, “su cuello es muy corto” y para el final la más dolorosa y cruel: “Uy, su papada nos tomará tiempo”. Le respondí con una pregunta: “¿Sí? ¿Acaso me la va a operar”. No habló más y yo pensé que, como dicen en Colombia, “el que quiere marrones que aguante tirones”.

Un botones entró con un perchero repleto de vestidos de gala de Valentino, Dior, Elie Saab, Armani Privé y Givenchy. Luego aparecieron dos hombres que parecían sacados de Men in Black con un cofre mediano de terciopelo azul que colocaron con delicadeza sobre una pequeña mesita plegable que traían consigo. Alain me pidió toda mi atención, abrió el cofre y me encandelillé con las joyas que venían dentro. Me sentí como el personaje de Julia Roberts en Pretty Woman. Diamantes, zafiros, esmeraldas, perlas, oro, plata brillaban y refulgían en aretes, gargantillas, pulseras y anillos. Antes de usarlas, teníamos que escoger el vestido. Cuando vi que todos eran talla 2, como para vestir un tallarín en Nochebuena, pensé: “Houston, tenemos problemas”. Lo más grave es que ninguno medía menos de 1,80 metros. Para no quedar de nuevo como Tontín, tendrían que utilizar unos zapatos con tacones de cinco o seis pisos.

Alain comenzó a caminar de un lado a otro pensando en alguna solución mientras yo contemplaba el diamante que no usaría si no se le ocurría algo pronto. Le pregunté cuánto tiempo teníamos para conseguir un vestido acorde a mi figura.

—Solo 45 minutos —me contestó tajante.

Salimos a buscarlo en alguna de las 200 tiendas de lujo que hay sobre el bulevar de La Croisette, la calle más emblemática de Cannes, sobre la que queda el hotel. Y como del afán solo queda el cansancio, al llegar al ascensor se me torció el pie derecho. Quedó como un pájaro de origami. No podía moverlo. Alain me miró preocupado y me preguntó:

—¿Realmente quiere ir a esta première?

Le respondí que sí y salí cojeando del hotel. El orgullo y la determinación me dieron fuerza para soportar el dolor que se incrementaba con cada paso. En la boutique de Prada, la dependienta me dijo que no tenía nada para mí y que ella creía que mi tipo era más del estilo de Issey Miyake, elegante, pero casual. La tienda del diseñador japonés quedaba muy lejos y no tenía tiempo. Me sentía como en el reality The Amazing Race. En la siguiente boutique de otra maison de mode vi una falda y una blusa que me gustaron. Las compré y olvidé el precio tal y como hice con el oso que experimenté cuando me hipnotizó Tony Kamo.

Volvimos al hotel con mi tobillo cada vez más hinchado y el vestido. Alain escogió las joyas que le harían juego: aretes de gotas de diamantes, valorados en 8000 euros, y un anillo cuyo valor no me revelaron. Solo faltaban los zapatos. Todos eran talla 38 y yo uso 35. La maquilladora terminó prestándome los de ella, que eran brillantes, de tacón 1 ½. Alain dijo que se me veían perfectos y yo le creí. ¡Por fin estaba lista! En la limusina me esperaba madame Elyse, quien no se esforzó por ocultar el gesto de desagrado al ver mis zapatos. No le presté atención porque quería gozarme los cinco minutos que dura el recorrido desde el hotel hasta la alfombra roja del Palacio de Festivales y Congresos de Cannes. A través de los vidrios polarizados podía ver que la gente de la calle me saludaba.

El carro se detuvo justo al inicio de la alfombra roja. El sonido y la luz de los flashes de las cámaras fotográficas eran ensordecedores y cegadores. Un hombre vestido de esmoquin me abrió la puerta y me ayudó a bajar de la limusina. Los paparazzi me gritaban en inglés y francés que posara. Levanté la mano para saludar, al estilo Lady Di, tal y como había visto que lo hacían las actrices. Estaba como hipnotizada cuando madame Elyse me llevó a un rincón de un metro cuadrado en el que me quedé mientras ingresaban Penélope Cruz y Javier Bardem. Después de la película, mi chaperona me esperaba en la salida de invitados especiales. En la limusina volvimos al hotel para la cena en La Palme D’Or. Me sentaron en la mesa número tres con un productor chino, un escritor libanés, un periodista francés y un hombre muy serio que se hizo justo a mi derecha Su cara me pareció familiar. Para romper el hielo le pregunté:

—¿Nos hemos visto antes?

—Pues yo a usted no estoy seguro, pero quizá usted a mí sí —me respondió sorprendido.

Madame Elyse apareció y lo saludó: “Mucho gusto, señor Delon”. Era Alain Delon.

La cena fue magnífica y duró dos horas. Con cubiertos de oro y plata comimos dos entradas, una fue un festival de caviar; el plato fuerte fue pescado, sole, y ensalada; dos postres y tabla de quesos. Todo esto acompañado por vinos Château Margaux y whisky Chivas Regal 25 años. En las mesas vecinas estaban actrices como Marion Cotillard y Faye Dunaway, entre otras.

Esa noche dormí como nunca en la suite. La fatiga, el estrés y el pie inflamado me pasaron factura. Tenía que reponer fuerzas para lo que faltaba. Al día siguiente, después de un largo baño en la tina más grande que he visto, llegaron madame Elyse y un hombre de negro a recoger las joyas que me habían prestado. Bajé a desayunar y me encontré casi con los mismos comensales de la noche anterior, incluido Delon, quien al verme me levantó una ceja a modo de saludo y desplegó su mejor sonrisa. Yo le respondí: “Bonjour, Alain”. Al terminar, las limusinas nos llevaron, esta vez con un look muy casual, hasta los helicópteros. Una hora duró el recorrido durante el que nos ofrecieron champaña y diversos canapés. Fue tan grato que por 60 minutos me olvidé del dolor del pie y de mi fobia a volar. A la una de la tarde aterrizamos en el helipuerto, donde me esperaba la limusina para llevarme a mi hotel de siempre.

Volví a la normalidad, pero como dicen en Colombia, nadie me quita lo bailado. Esa noche bailé con varias estrellas de cine, incluido Delon. Con este me volví a cruzar dos días después a la entrada de una rueda de prensa. Me saludó y su acompañante le preguntó incrédula si me conocía. Él me miró, me picó el ojo y respondió:

—Sí, ya nos conocemos.

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