las 4:00 de la tarde del 31 de octubre de 1987, el plantel de Peñarol salió a la cancha del Estadio Nacional de Santiago de Chile para reconocer el campo de juego. Los jugadores lucían equipos deportivos Topper y solo dos o tres entraron escuchando walkman, porque en Uruguay todavía no estaba de moda.

Algunos repararon en cuán largo estaba el césped, en si la cancha había sido regada, en la tribuna que iban a ocupar los hinchas aurinegros. Diego Vicente Aguirre, el joven centrodelantero del cuadro oriental, enfiló para un área, se paró sobre una esquina y desde ahí miró embelesado el arco. La elección no era antojadiza.

En esa portería, cinco años antes, el ídolo máximo del club, Fernando Morena, había convertido el gol agónico del triunfo ante el Cobreloa para conseguir la cuarta Copa Libertadores de América de Peñarol: tras un pase de derecha a izquierda del puntero Venancio Ramos, Morena la controló con la pierna izquierda y, antes de que cayera al piso, se arqueó en el aire y remató suavemente con la misma zurda. Era el minuto 90 del último partido, y Peñarol obtenía su tetracampeonato “a lo Peñarol”, como se les dice en Uruguay a las victorias hazañosas, conquistadas en el último instante, con los resquicios del aliento.

“Qué momento. Estoy en la misma área y ante el mismo arco donde el Nando hizo el gol en la hora, en el 82. Qué bueno estaría hacer un gol acá y repetir la historia”, pensó Diego, el jovencito de 22 años recién cumplidos, una hora antes del partido. La confesión la hace casi 28 años después de la finalísima de la Libertadores del 87 ante el América de Cali. Estamos sentados en el hall del hotel Sheraton del refinado barrio Moinhos do Vento de Porto Alegre, ciudad brasileña en la que trabaja como entrenador del club Internacional.

“Te juro que pensé eso”, me insiste Diego, ya con algunas arrugas, bastante menos pelo castaño y la pancita de los 50. Pide un mate y continúa recreando el partido más importante de su vida, el gol emblemático de su carrera. El que le cambió la vida.

Si usted es caleño o hincha del América, ya conoce la historia, o porque la vivió o porque se la contaron. Pero si no, se la cuento con mucho gusto: un América plagado de figuras (Falcioni, Luna, Gareca, Cabañas, Battaglia, Valencia, Santín…) le había ganado 2-0 a Peñarol en la primera final, jugada en Colombia, con goles de los paraguayos Juan Manuel Battaglia y Roberto Cabañas; una semana después, perdió la revancha 2-1 en Montevideo, y los dos equipos debían verse las caras en Santiago para una tercera y definitiva final. El reglamento de la época decía que si al cabo de los 90 minutos terminaban empatados, debían ir a un alargue de 15 y 15. Si el empate persistía, resultaría vencedor el que tuviera mejor diferencia de goles en los primeros dos partidos. Por eso, con el empate, los Diablos Rojos acabarían venciendo su mala racha: una frustración que ya sumaba dos años consecutivos de finales de Libertadores perdidas, las de 1985 y 1986.

El partido iba 0-0 al cabo del minuto 119. El último suspiro del alargue de media hora transcurría entre pelotazos de los uruguayos al área rival y despejes desesperados de los colombianos. Los suplentes del América —que habían empezado a tirar pelotas a la cancha para enturbiar el juego— ya iniciaban la cuenta regresiva, cuando Aguirre recibió un pase de Jorge Villar sobre la izquierda, le tiró la pelota por un lado a su defensor, pero se le fue por el otro, y remató de zurda, fuerte, cruzado, para hacer estéril el esfuerzo del arquero argentino Julio Falcioni.

En el minuto 120, Diego Aguirre cumplió su sueño de una hora antes de comenzar el partido: copió el gol de su ídolo Morena. Peñarol ganó “a lo Peñarol” y acá estoy, frente a Aguirre, recreando aquel gol, aquella final, para una revista colombiana.

Ese equipo fue el más joven de la historia en obtener la Copa Libertadores: tenía un promedio de 21 años. Los dirigentes habían ascendido a algunos juveniles, como Jorge Gonçalves, el ‘Bomba’ Villar, Gustavo Matosas y Miguel Santos, con la finalidad de armar un equipo de transición, ante la partida de veteranos futbolistas, como Miguel Bossio o el propio Morena. “En un inicio no había ninguna expectativa de ser campeones de América, ninguna”, recuerda Aguirre.

Pero el cuadro, dirigido por un entrenador que un par de años había dejado la docencia para dedicarse al fútbol, tenía un claro estilo de juego, y era efectivo. Óscar Washington Tabárez, el DT en cuestión, había apelado a un arquero experimentado, el capitán, Eduardo Pereyra; a un 5 temperamental, José Batlle Perdomo; a un 10 talentoso, ‘Dito’ Da Silva, y a un tridente joven, veloz y goleador: Daniel ‘Pollo’ Vidal por la derecha, Jorge Cabrera de puntero izquierdo y Aguirre —que venía de ser goleador en la divisional B de la liga uruguaya con Liverpool— era el delantero de área.

Tras ganar su grupo y dejar por el camino a los argentinos Independiente y River Plate —último campeón, que había vencido al propio América en la final del 86—, Peñarol había agarrado “viento en la camiseta” y se tenía “una fe bárbara” para la final ante los caleños. “Veníamos manijeados (impulsados)... éramos todos chiquilines, nos decíamos: ‘Vamo arriba, vamo a ser campeones de América’, pero no teníamos conciencia de qué era eso. Después de haber ganado la Copa, no aquilatamos la real magnitud de lo que habíamos conseguido”, dice Aguirre.

El estadio Centenario de Montevideo estaba lleno para la segunda final. Cuando a falta de 10 minutos Villar convirtió de tiro libre y dejó sentado a Falcioni, Aguirre se le acercó al arquero y le gritó el gol con toda su furia en la cara. Falcioni, varios años mayor que los jugadores de Peñarol, jugaba a la perfección el papel de porteño que se las sabe todas: apalabraba a los rivales buscando ponerlos nerviosos e imprecisos. “Recuerdo que una pelota se me fue larga y cuando voy a alcanzársela para que se apure a sacar del arco, me dice: ‘No corras, pendejo, ya perdieron’. Nos provocaba. En ese momento nos hizo calentar, pero hoy veo que hacía su juego y era válido. Es válido en el fútbol”, dice Aguirre, mientras le da otro sorbo al mate con yerba uruguaya El Moncayo y se retuerce en el sofá del lobby del hotel.

Con el 2-1 a favor de los carboneros, Peñarol y América debían disputar el tercer partido en suelo neutral, Santiago. El árbitro fue el chileno Hernán Silva, y dicen las crónicas que asistieron 25.000 personas a un estadio con capacidad para 75.000. El escenario —que lleva el nombre de Julio Martínez Prádanos— había sido centro de detención y tortura de opositores al régimen del dictador Augusto Pinochet en los años setenta y en el mismo 87 recibió la visita del papa Juan Pablo II, cinco meses antes de la gran final.

El partido definitorio comenzó a las 5:00 de la tarde, una hora después de que Aguirre soñara despierto en el reconocimiento del campo de juego.

Lo anecdótico del asunto —recuerda— es que dos minutos antes de terminado el encuentro, hubo apagón de luz en Cali. Dado el inminente empate final sin goles, los caleños se volcaron a las calles a festejar que por fin vencerían la “Maldición de Garabato” (una leyenda que culpaba al exjugador americano Benjamín ‘Garabato’ Urrea de haber condenado al club a nunca ganar un título internacional, por maldecirlo tras su salida del equipo). Pero cuando la energía eléctrica volvió, vieron que el tablero del estadio decía: “Peñarol campeón”.

El argentino Luciano Wernicke, en su libro Historias insólitas de la Copa Libertadores, lo cuenta así: “Cumplido el minuto 119 y con América a centímetros de la gloria, un descomunal apagón eléctrico dejó todos los hogares de la ciudad azucarera sin televisión. La ansiedad por saber qué ocurría en Chile duró apenas un minuto. Pero cuando la energía retornó, miles de fanáticos de los Diablos Rojos quedaron atónitos: no entendían por qué los futbolistas de camiseta amarilla y negra estaban dando la vuelta olímpica”.

¡Y eso que Aguirre ya había convertido un gol en tiempo reglamentario en ese mismo partido! Un gol que bien pudo haber ahorrado tanta angustia, pero que solo él recuerda y que no está en las estadísticas: el juez lo invalidó por offside. “Se la piqué por encima a Falcioni y entró, pero no me lo cobraron. Hasta ahora estoy seguro de que fue un gol legítimo”, dice Aguirre. La tele mostró una sola repetición con una imagen desde atrás del arco. No había tantas cámaras ni tecnología en cámara lenta ni gráficos con imágenes congeladas. Tampoco había internet, WhatsApp, chats, Facebook, Twitter ni teléfonos celulares.

Le propongo a Aguirre ver aquel gol —su gol legítimo— por enésima vez (para ambos) y escuchar un relato uruguayo y otro colombiano. El exfutbolista reconoce que, de los uruguayos, la narración de Javier Máximo Goñi le parece “emocionante”, pero la que más lo conmueve es la de Carlos Muñoz.

El relato de Muñoz tiene una jugada previa que anunciaba un final pesimista. “Cabrera, Cabrera, Cabrera, busca el disparo... Bomba (por Villar), Bomba, Bomba, ay ay ay ay ay (la pelota pasa rozando el palo). Ahora sí, fue la última, no habrá ninguna igual”. Aguirre, veterano, lo escucha y se ríe: “Mirá lo que dice Carlitos: ‘Fue la última, no habrá ninguna igual’”.

Un instante después, sigue Muñoz: “Va arriba Viera, golpe de cabeza, la busca Da Silva, tiró para Villar, marca Valencia, sacó Valencia, sube Viera, va para el Bomba, el Bomba a Diego... ¡Tirá, Diego, tirá! Goooooooooooool.... de Peñarol… La Fiera, ¡La Fiera Aguirre! Qué increíbles que somos los uruguayos, por Dios. Qué increíble. Tengo ganas de gritar y no puedo, tengo ganas de saltar y no puedo, tengo ganas de llorar y no me salen las lágrimas, porque así somos los uruguayos, ¡porque así somos nosotros!, porque así somos los charrúas, porque hasta el último instante nos metemos en el partido. La buscamos, la luchamos. Ganamos los uruguayos porque somos así: porque luchamos hasta el último momento, porque no nos entregamos nunca, porque luchamos contra la adversidad, porque cuánto más difícil es, más nos gusta. Prepárense para Tokio, porque a Japón va Peñarol”.

—¿Todavía te emociona?

—Sí, todavía... tengo la piel de gallina cada vez que lo escucho. Ese gol me cambió la vida, me cotizó como futbolista, me hizo cumplir un sueño. Fue la emoción más grande que sentí en una cancha... Me tiene muy en paz ese gol.

La imagen del festejo lo muestra corriendo desaforado, con los puños cerrados en busca de alguien que lo abrace, pero nadie lo hizo. Cada jugador de Peñarol hizo su corrida propia y ninguno abrazó en ese instante al héroe de la jornada. El aurinegro Gonçalves se agarró la cabeza, y Cabañas, del América, también. “No sabía para dónde correr, no sabía cómo festejar... Me trepé al alambrado donde estaba la barra de Peñarol. Estaban el Pepe Larriera, el Rocky, los líderes de la barra en ese momento”, evoca el verdugo del América.

A Diego no lo desconcentraron ni las bellas ‘prepagos’ que merodeaban el hotel donde se hospedaba Peñarol la noche anterior, ni las pelotas que llovían a la cancha desde el banco de suplentes americano. Él sabía —intuía— que una más le iba a quedar boyando en el área y presentía que todavía le quedaba tiempo para definir. Segundos, para ser más preciso.

Claro que el relato del gol de una radio colombiana tiene otro tenor. Lo curioso es que ambos narradores orales apelaron al término “increíble” y a “Dios” para muestras de gratitud o fuente de reclamos, según el caso. “La gana Da Silva, pone en corrida al Mono Villar, ya se viene el pitido, guapea Luna, corre Villar, se cae un hombre americano, le queda la pelota a Aguirre, se metió en la caldera, remata... (Silencio) Gol. No lo voy a cantar. ¡No lo voy a cantar! Es increíble... ¡No lo voy a cantar! Dios mío, ¡¿por qué?! ¿Por qué siempre a nosotros, Señor?”.

En perspectiva, Diego Aguirre, con 49 años, dice que la juventud hizo que le resultara indiferente el dolor ajeno, o hasta que “lo gozara”, pero la madurez cambió su forma de ver las cosas. “Cada vez que me encontré con un colombiano, me recordó dónde estaba cuando se jugó el partido. O me dicen: ‘¿Es usted? ¡No me diga que es usted!’. Aprendí a respetar el dolor de ellos por esa nueva frustración. Es la cosa más dura que les tocó vivir. Me puse en el lugar de ellos y los respeté, los respeto. Que te pase una cosa así... debe ser horrible”.

En ningún aeropuerto, ni siquiera cuando volvió a jugar a Cali un par de años después como 9 del Inter de Porto Alegre, un hincha americano lo increpó o lo insultó. Cree Diego que es porque él no hizo nada fuera de las reglas del juego, ni convirtió un gol ilícito, ni metió la mano en la línea como Luis Suárez contra los ghaneses en Sudáfrica 2010.

Aguirre —que nunca jugó en la selección uruguaya— pasó por varios equipos de América y de Europa, tanto como futbolista como en su rol actual de entrenador, pero solo conserva una camiseta de toda su carrera deportiva: la de esa final del 31 de octubre de 1987. Y eso que una hora después del partido y de levantar la Copa, la regaló, aunque la recuperó años más tarde.

“Íbamos en el omnibús rumbo al estadio y con nosotros iba el dirigente Ricardo Scaglia con su hijo chico, Ricardito, que tenía 6 o 7 años”, evoca. Ese niño fue la única mascota que posó con el equipo en la cancha. El niño —ningún tonto— lo desafió, delante de su padre, el dirigente que le pagaba el sueldo al jugador: “Si llegás a hacer un gol, me regalás tu camiseta, ¿ta?”, lo conminó. El joven Aguirre recuerda que ni lo pensó: “‘Si llego a hacer un gol, te prometo que te la regalo’, le dije. ¡Con tal de ganar con un gol mío, le daba lo que fuera! Ganamos con mi gol y, como corresponde, en el vestuario le di mi camiseta”. Una semana después, Scaglia padre estaba en su casa, tomó la camiseta que la Fiera le había regalado a su hijo y pensó: “Esto es demasiado...”. Buscó el teléfono de la madre del futbolista y la llamó. Se fue hasta su casa y le devolvió la camiseta a Liropeya, la mamá de Diego. Liropeya Camblor —una encantadora señora con nombre garciamarquiano— la escondió a buen resguardo. Hasta hace un par de años, cuando se la dio a su hijo. Le dijo: “Es tuya, guardala vos”.

La camiseta Topper del 87, la única que Diego no le dio a su hijo Mateo, no está firmada y nunca la encuadró. Está en el fondo de un ropero en su casa del Prado montevideano. Aguirre se acerca, baja la vista un instante, vuelve a levantarla y mira a los ojos de su interlocutor. Cuando parece que va a contar un secreto inconfesable, dice en un susurro: “¿Sabés una cosa? Cada tanto la miro”.

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