Suelo participar en una recocha que se arma desde hace años en el Pier 25, en el bajo Manhattan, a orillas del río Hudson. Jugamos en el momento del día en el que la tarde se convierte en noche, abanicados por una brisa húmeda y salobre. En algún momento del partido (que varía según la época del año), el rojo atardecer cae sobre nosotros como un manto tenue que resalta las luces de Jersey City, la estatua de la libertad y, a lo lejos, la cima iluminada del Empire State.

     El Pier 25 es una saliente larga y estrecha que se interna en la margen oriental del Hudson. En él han construido un parque para niños, un trazado de minigolf, canchas de voleibol de playa y, en el extremo distal del muelle, una grama sintética donde jugamos fútbol con mística devoción. El lugar es magnífico para correr y tocar la pelota, aunque debido a su estrechez, el número máximo de jugadores se limita a siete por equipo. En épocas de buen clima, el que no llega temprano tiene que sentarse a contemplar el atardecer mientras espera la lesión de alguno de los participantes o el cansancio de los más veteranos.

     La recocha está constituida por jugadores de diversas nacionalidades, edades y cualidades futbolísticas. Algunos juegan muy bien, pero llevan a cuestas la carga de los años o el sobrepeso; otros son muy jóvenes y atléticos, pero carecen de pausa y visión y otros combinan a la perfección la resistencia física con el talento. Jugamos de lunes a viernes, lo que nos permiten las piernas, la familia y el clima. En la mañana, alguien envía un correo electrónico preguntando quién se le mide a la recocha de la tarde. En ocasiones asistimos más de veinte personas, pero otras veces tenemos que incorporar a algún niño o transeúnte desprevenido para poder completar un picado de tres contra tres.

     Pocas veces el clima ha sido impedimento. Jugamos en verano, bajo un incandescente sol que se esconde a las nueve de la noche y con el aire saturado de humedad; en la fría brisa otoñal; en la lluvia punzante de la primavera y en la nieve invernal, a varios grados bajo cero, golpeados por oleadas de viento helado y por las emanaciones gélidas de un río al que le hemos tributado innumerables pelotas. Afortunadamente, en los días más fríos del invierno la grama artificial no se congela y basta un par de palas para abrirnos espacio entre el hielo.

     Cierto día de octubre, Tony, un alemán potente y oficioso, vecino del Pier 25 y uno de los más asiduos miembros de la recocha, envió un correo electrónico desbordante de entusiasmo en el que nos anunciaba la posibilidad de jugar en Battery Park City Ballfields, un espléndido mangón privado rodeado de rascacielos, con canchas de fútbol y béisbol recién remozadas y con una iluminación de estadio profesional. El lugar es utilizado por escuelas de fútbol para niños, y cada que paso por ahí me relamo los bigotes al ver las miríadas de muchachitos persiguiendo un balón que rueda nítido sobre el tapete artificial.

     Lo que más nos sedujo de la propuesta de Tony era que no habría restricción al número de jugadores y, sobre todo, la potente iluminación que se derramaba abundante sobre las canchas de Battery Park City Ballfields. Nada comparado a la precaria luz para turistas nostálgicos o enamorados que emiten los focos del Pier 25, y que a duras penas permiten la lectura de un diario. Poco después de recibir el mensaje de Tony, mi correo mostró un aumento notable en su actividad. Las respuestas emocionadas no se hicieron esperar: a las seis de la tarde casi veinte personas habíamos confirmado asistencia.

     Shlomo, Than, Tavárez y yo caminamos juntos el trayecto hasta la cancha. Llegamos veinte minutos antes de la hora acordada. Llevé mi indumentaria de arquero, por si las moscas. En el Pier 25 no usábamos arcos, un par de envases, zapatos, camisetas o dos morrales separados por tres pasos medianos eran suficientes para delimitar una línea de gol. Pero yo sabía que el nuevo lugar estaba equipado con arcos suntuosos, y me sentí con ganas de tapar. Pertenezco a la infrecuente raza de los arqueros; soy de reflejos rápidos, buena ubicación y limitadísimo estado físico (mis compañeros de universidad me llamaban “El hombre de un solo pique”), por lo que el arco es el puesto en el que más le puedo aportar a mi equipo en recochas de alto nivel. Cuando me puse los guantes y entré a la cancha pude notar la exaltación de los asistentes, era el único arquero de la noche y todos me querían en su equipo. Ésa es otra de las razones por las cuales me gusta jugar de portero: con muy poco, antes de los partidos, podemos llegar a cotizarnos más que los talentosos.

     –Se van a poner muy contentos, a nadie aquí le gusta tapar –me dijo Than, mientras entrábamos al campo.

     –¿Por qué? –le pregunté, haciéndome el pendejo.

     No supo responderme. En su inglés rústico balbuceó un par de excusas que ni él mismo creía: el frío, la falta de ejercicio, el aburrimiento. Pero yo sé la razón real: el miedo a los taponazos y al ridículo. Se necesita cierta dosis de masoquismo para ubicarse voluntariamente en la trayectoria más probable de un balón a punto de ser pateado por un salvaje que pone sus frustraciones, su hombría y su autoestima en esa patada.

     Los más veteranos organizaron los equipos a dedo, diez contra diez. El clima era estupendo, un poco de frío otoñal pero nada que no pudiera solucionarse con la entrada en calor de los primeros minutos del partido. Todo estaba servido, me metí al arco y tomé una bocanada profunda de aire. Observé a mi alrededor los gigantes que nos custodiaban: el gótico Woolworth Building, el rascacielos más alto del mundo en las primeras décadas del siglo pasado; el hermoso y recién inaugurado New York by Gehry, una de las torres residenciales más altas del hemisferio occidental y el One World Trade Center, el rascacielos más alto del bajo Manhattan, a pesar de estar todavía en construcción. Justo antes de empezar el juego, Than, que había quedado en mi equipo, vino corriendo hacia mí, y con cara de pánico me dijo:

     –¡Hay que tener mucho cuidado con ése, mucho cuidado, es muy bueno!

     Me señaló con gestos exagerados a un hombre de mediana edad y apariencia inofensiva que daba pasos cortos por la zona derecha de la defensa del otro equipo, desprevenido, con la mirada perdida en algún lugar indeterminado de la grama, como si el juego que estaba a punto de iniciar no tuviera nada que ver con él. Por la posición que había tomado en la cancha, deduje que aquel jugador rival al que Than tanto temía jugaría de lateral derecho. Le dije a mi compañero que pasara la voz a los demás jugadores del equipo y puse en aviso a nuestro marcador izquierdo, por si el tipo nos atacaba por esa banda.

     El juego comenzó con algunas escaramuzas de los delanteros rivales que pude conjurar con suficiencia. El miedo que Than me había infundido por el lateral rival se disipó al descubrir, con deleite y envanecimiento, que en mi equipo había quedado un número diez que no sólo se parecía mucho físicamente a Bernardo “Kunta Kinte” Redín, si no que tocaba la pelota con el mismo tacto y parsimonia. Lanzaba pases tan precisos que más que pases parecían halagos, dádivas, obsequios somnolientos que Tony despertaba con violentos remates. Tenía clase de suramericano, yo quería preguntarle el nombre y lugar de procedencia, pero poco se acercó a mis dominios, el medio de la cancha era lo suyo, y él era el medio de mi equipo. A pocos minutos de iniciado el picado ya ganábamos tres a cero. “Kunta Kinte”, a base de lujos, se hacía amo y señor de la recocha. La goleada parecía inminente. El muchacho aquél al que Than tanto temía seguía trotando con displicencia la zona derecha de su defensa, como si el juego no fuera con él. Ese tigre no era como me lo habían pintado. No había nada de qué preocuparse, nuestro genial volante de creación les estaba causando estragos, eran ellos los que debían preocuparse por contrarrestarlo.

     Unos treinta minutos después de iniciado el juego, el ímpetu de los concurrentes empezó a decaer. Ganábamos 4 a 1, dominábamos el partido y “Kunta Kinte”, aunque denotaba cansancio, seguía manejando los hilos de su ejército fatigado. Sin embargo, algo empezaba a inquietarme: en los últimos minutos, el lateral rival que hasta hace poco parecía tan desinteresado había metido un par de pases teledirigidos, uno de los cuales terminó en gol. Aquel tipo desidioso estaba ganando interés en el juego al mismo ritmo que los demás nos quedábamos sin piernas. 

     Como suele suceder en el fútbol, algo inesperado apareció para torcer radicalmente el destino de la recocha. Justo en el momento en el que hasta los más jóvenes empezaban a denotar falta de energía, el temible lateral derecho despuntó con vitalidad de bestia recién liberada. Poca resistencia nos quedaba para oponerle, el cansancio nos robaba la claridad mental para seguir con los pies las órdenes de la cabeza, y la cancha se tornaba en un campo de batalla poblado por quejumbrosos héroes moribundos. Yo no podía más que preguntarme de dónde había salido este gladiador que quitaba bolas y eludía rivales sin despeinarse, con la frescura de un ejecutivo exitoso que sale de su casa en la mañana, espoleado por la cafeína, recién bañado, afeitado a ras, perfumado y con el traje impecablemente planchado.

     Se hizo incontrolable. Se adueñó de la banda derecha, de la izquierda y de la mitad de la cancha. Lideró la defensa, el medio campo y el ataque, y, a pesar de nuestras barredoras inocuas, seguía sin despeinarse. Nos empataron el juego. Ahora los que se envanecían eran los del otro equipo, habían recibido una súbita inyección de fuerza, velocidad y talento que les subió los ánimos y los hizo sentirse más calidosos y atléticos de lo que en realidad eran. A nosotros nos pasó exactamente lo mismo, pero al revés. Nuestro líder se extinguió, de Bernardo Redín sólo conservaba el rostro desconcertado y los movimientos inseguros de sus tiempos como entrenador del Atlético Huila. Lucía confuso e impotente, tan pronto recibía el balón aparecía el lateral derecho, raudo e imprevisible, y se lo quitaba por la habilidad o por la fuerza. Yo también estaba desconcertado, he jugado miles de recochas, pero nunca con alguien como él. Jugué con personas con el talento y el físico suficientes para llegar al profesionalismo, pero por diversas razones nunca dieron el salto definitivo y no alcanzaron la fuerza, la malicia y la destreza que dan el roce diario con profesionales que se juegan su sustento y el de sus familias en las canchas.

     Sí, éste era diferente a todos, tenía que ser jugador profesional. Mis sospechas se incrementaron al notar que no disparaba al arco. Corría con la bola y dejaba a sus delanteros en posición inevitable de gol, pero no remataba. Me anotó tres goles. Uno lo empujó en la raya, el otro me lo pasó por entre las piernas cuando lo quise sorprender por la espalda con una de mis sorpresivas salidas rasantes a las que pocos habían sobrevivido, y el tercero, una joya, fue un cabezazo certero de un centro potentísimo desde la franja derecha, se sostuvo en el aire, como en cámara lenta, muy por encima de todos, y le propinó un cabezazo tan poderoso al balón que la testa le cimbró en medio de una explosión de sudor pulverizado. El tiempo se detuvo, fue un taponazo tan fuerte y bien ubicado que pocos diletantes podrían imitarlo con los pies. El balón infló la red en medio de la exclamación admirativa de todos.

     La recocha terminó por fin, perdimos 9-5. Tan pronto acabamos, Shlomo corrió fascinado a saludar al fenómeno que, lentamente y aún sin despeinarse, volvía a acorazarse en su aparente desinterés. Intercambiaron unas pocas palabras en hebreo hasta que el talentoso se despidió con gesto humilde. Shlomo nos contó que aquél hombre era Arik Benado, defensor central del Maccabi Haifa y el jugador que más veces ha capitaneado la selección Israel. Disputó más de 560 partidos profesionales, levantó más de 10 copas y enfrentó a los mejores del mundo en Champions League, eliminatorias al mundial y a la Eurocopa. Benado acababa de retirarse del fútbol profesional y jugaba con nosotros para mantenerse en forma. No sé qué hacía en Nueva York, me hubiera gustado preguntarle. También me hubiera gustado estrecharle la mano y agradecerle por no fusilarme, a pesar de nuestra arrogancia en la fugaz victoria. Fue un gesto de grandeza, humildad y profesionalismo. No quiero imaginarme cómo hubiera reaccionado yo a un disparo de esas piernas endemoniadas que, afortunadamente, se apiadaron de un arquero entusiasta, valiente y veterano de mil recochas, pero aficionado al fin y al cabo, y, como tal, entrenado a punta de filas en los estadios, requisas, fútbol por televisión, discusiones acaloradas y cerveza.

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