Siempre quise ser actor. Desde que tuve uso de razón supe que si algún día superaba una timidez que me carcomía hasta las entrañas, podría incluso llegar a ser un buen actor. No era capaz de articular una sola sílaba en público sin ponerme del color de una berenjena. Sufría lo indecible durante los exámenes orales que perdía invariablemente así me supiera la lección de memoria, paralizado del susto, con la voz temblorosa, las manos sudando a chorros. Curiosamente, en contraposición, cada vez que me paraba en un escenario durante la representación de las obras escolares, esa profunda timidez desaparecía y los textos fluían de memoria sin el menor quiebre en la voz. Poseído por un personaje, recitaba sin empacho extensos parlamentos, que en la vida real, digamos frente al salón de clase, escasamente habría logrado balbucir. Parado en un escenario yo me sentía una mejor persona, capaz de expresar abiertamente mis emociones, aunque fueran las de otro, y no había para mí en aquella época sensación comparable a la de terminar la obra y recibir el aplauso del público, sin importar que este estuviera conformado por los familiares de los actores.

La vida dio muchas vueltas y quiso, entre otras cosas, que a pesar de mi fascinación por el teatro terminara estudiando Arquitectura, de la misma forma en que años más tarde, sin estarlo buscando, me abrió de repente las puertas al mundo de la televisión. A una edad en que nadie en sus cinco sentidos pensaría en abandonar una carrera de diez años, la vida me puso a escoger entre la arquitectura y la actuación. Y, debo confesarlo, me dejé seducir, no solo por la oportunidad de dedicarme de lleno al oficio que desde siempre me había apasionado, sino sobre todo por la posibilidad de volverme famoso. Una cosa es el teatro y otra muy distinta la televisión: codearse con actores y actrices, aparecer en TV y Novelas, conceder entrevistas, ganar millones, algún día (¿por qué no) ganar un Óscar… Quería con tanta fuerza ser reconocido y hacer parte de la farándula que abandoné el diseño y la construcción que, como gran cosa, me ofrecían la posibilidad muy remota de la publicación post mórtem de alguna de mis obras en la revista Axxis.

Salté al ruedo eufóricamente, sin ver que justo en mis narices, la vida, esa que se había encargado de seducirme con la ilusión de trabajar algún día al lado de quienes más admiraba —María Eugenia Dávila o Luis Fernando Montoya, entre tantos otros— también me advertía sutilmente que emprendía un camino espinoso: la primera novela en la que actué se llamaba La maldición del paraíso.

Dirigía Víctor Mallarino. Me citaron fuera de la ciudad a las 7:00 de la mañana y llegué faltando cinco. No había nadie. A las 7:30 llegó un camión remolcando una planta eléctrica y poco a poco fueron llegando los demás. Teresa Gutiérrez, Alejandro Martínez, Juan Carlos Vargas, Édgar Gómez, que ya para entonces había resuelto hacerse llamar Marcelo Cezán, entre otros. No conocía a nadie pero me sentía feliz por el solo hecho de estar al lado de semejantes luminarias. A medida que transcurrían las horas la felicidad fue transmutando en cansancio y luego en franca desesperación porque después de 12 horas nadie me había dirigido la palabra. Como si no existiera. A las 8:00 de la noche, 13 horas después de mi citación, comenzaron a recoger los equipos, y de repente alguien se dio cuenta de que yo estaba ahí y que faltaba una escena por grabar. El director, que ya para esa hora lucía agotado, ante la posibilidad de tener que repetir 20 veces la escena con un desconocido que no ofrecía la menor garantía, prefirió no arriesgarse: montó una cámara a mis espaldas con foco en el protagonista, para que mis textos quedaran en off y así poder doblarlos posteriormente. Mi primera aparición en televisión fue en realidad un primerísimo plano desenfocado del lóbulo de mi oreja derecha; y al fondo, imponente, Alejandro Martínez.

Ascendí vertiginosamente en mi carrera como actor; a los pocos años de haber empezado ya había ganado un premio y varias nominaciones. Desfilé algunas veces por la alfombra roja de los Premios TV y Novelas, y en una de ellas fui destacado como uno de los mejor vestidos. Confieso que el vestido era prestado por un diseñador, como la mayoría de los vestidos de actrices y actores que no ganamos tanto como para comprar cada año un vestido de diseñador famoso. Comencé a aparecer en revistas, incluidas algunas portadas; me hicieron cientos de entrevistas, logré ahorrar lo suficiente para cambiar un Mazda 323 por mi primera 4x4, que luego terminé cambiando por una moto, a los dos años, cuando me quedé sin trabajo. En pocas palabras, entré a hacer parte de la farándula criolla.

En muy poco tiempo había logrado mi objetivo: contarme entre el selecto grupo de los actores destacados de este país. Y vino por supuesto el premio mayor: el reconocimiento del público.

Casi no puedo creer cuando alguien se me acercó por primera vez a pedirme un autógrafo, o cuando una jovencita muy atractiva se atrevió a pedirme que posara con ella en una foto, para llevársela a la mamá. Fueron tiempos felices. Mi vida social se disparó. La gente me reconocía en la calle y me llamaba por el nombre de mis personajes (nunca han sabido bien si me llamo Diego o Daniel Jaramillo) me invitaban a lanzamientos de desodorantes de marca, a la inauguración de algún gimnasio, incluso llegué a recibir una carta de felicitación por un premio, de puño y letra del ex presidente Andrés Pastrana escrita en el Caguán, seguro mientras hacía tiempo para que llegara Tirofijo. Qué tiempos aquellos.

Ahora han transcurrido 17 años desde aquel día nefando de mi debut en La maldición del paraíso, y aquí sigo en la lucha por subsistir en un medio que dista mucho del glamour y la buena vida que yo había imaginado; en el que el reconocimiento del público no sirve ni siquiera para que Gregorio Pernía sea elegido senador de la República, después de fajarse semejante papelazo en La hija del Mariachi. ¡No hay derecho!

Que quede claro que no me quejo. He hecho hasta ahora lo que he querido. Actuar es mi pasión y subsisto gracias a lo que percibo por ello, y gracias en buena medida al inmenso cariño y reconocimiento del público televidente. Es solo que ahora no salgo mucho de mi casa. No siempre estoy de humor para que me abracen y me tomen una foto en el preciso instante en que le hinco el diente a una hamburguesa. Ya no me interesan las páginas sociales, y le tengo pavor a Carlitos, el mono de Sweet, y a sus reporteros. Quisiera que deroguen la ley que prohíbe los vidrios oscuros en los carros particulares. Nada más exquisito que hurgarse la nariz mientras cambia el semáforo, sin temor de que la Negra Candela lo señale en su programa del fin de semana, como si los actores no fuéramos seres humanos. Deberían ser más condescendientes nuestros reporteros de farándula. En los Estados Unidos, donde viven la mayoría de las estrellas del cine de Hollywood, solamente mojan prensa quienes son pillados en actos verdaderamente escandalosos, como Charlie Sheen, quien intentó descuartizar a su mujer, u O.J. Simpson, que lo logró. Esas sí son noticias. ¡Aquí el solo hecho de que Jorge Enrique Abello se queje airadamente porque durante la grabación le sirven un sancocho trifásico en plato de icopor con cuchara de plástico y además se lo tiene que comer en el andén porque ya no hay puesto debajo de la carpa, da para que el monito dé alaridos! Lo oigo: "Se le subió la fama a la cabeza a Jorgito, se está sintiendo más que los demás".

Los actores y actrices, o viceversa (para que no me regañe Florence Thomas), somos sin excepción egocéntricos y vanidosos. Por eso nos gusta el reconocimiento. Y eso está bien. Actuamos para el público y su reacción es el termómetro. Pero creo que el asunto va más allá. Creo que el verdadero reconocimiento es el que nos sirve a todos por igual, cuando la sociedad de la cual hacemos parte reconoce la importancia de nuestra labor y nos recompensa por ello. No solo pidiendo autógrafos y fotos en momentos inoportunos, que está bien, sino admitiendo que merecemos leyes que protejan nuestro futuro y bienestar. Por eso celebro que el Congreso haya aprobado la Ley Fanny Mikey, con la que se da un primer paso hacia ese fin. Así algunos senadores hayan votado a favor solo para poderles ver las tetas a varias de nuestras mejores actrices (me da pena con ellas pero nunca entendí el mensaje), ahora tengo la esperanza de conservar mi nueva 4x4 y pagar la cuota a punta de regalías, si es que uno de estos días me quedo sin trabajo.

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