Esta noche ha descendido una Diosa sobre la Tierra. La he visto aparecer delante de mí hace un minuto, en el bar de la familia Vives, aquí en Bogotá. Son las once de la noche y la calculada suavidad de la luz de Gaira disuelve los rostros de todos esos mortales que tienen un vaso en la mano y que se ponen de pie para ver lo que está a punto de suceder. Mientras, la Diosa se acomoda ese cabello de ébano que descansa sobre sus hombros, hechiza a la banda de músicos que la rodea con una sonrisa leve, y las olas imperceptibles que producen los movimientos de su falda breve atarantan a los pocos que podremos decir que la hemos visto. Que nos hemos encontrado con Dios cara a cara y que tenemos la certeza de que es mujer y que ha nacido en la tierra del café y la rumba. Escucho decir a un hombre, que sorbe un trago de su whisky, que la Diosa le parece tan bella que mirarla demasiado tiempo lo aturde. El vallenato revienta desde el escenario. Por los parlantes emerge nítida la voz de un Carlos Vives que no es él, pero que parece un digno discípulo. Ahora la banda se pone a los pies de la Diosa que pronto va a cantar. El piso empieza a vibrar. Son los tambores. Ella está erguida sobre unos finos tacones y sus piernas de gimnasta adolescente la hacen verse aún más espigada. Todavía ni canta ni baila. Solo ríe. Una horda de machos devotos a esta súbita fe ha sitiado el borde del escenario y se ha detenido allí para venerarla.

Pienso en el futuro. Pienso que es mi deber tomarle una foto. Para que en unos años pueda contar la leyenda de esta Diosa que habitó en la Tierra. Saco del bolsillo un teléfono naranja. Es un teléfono guapo. De diseño. Diseñado por Sony para retratar gente linda. Los feos salen movidos. Ahora que oigo que la Diosa ha empezado a cantar con una voz que la hace aún más bella, pienso en los otros. En los feos. En el cuento de Benedetti donde dos feos se aman horriblemente. En Betty, la fea y su millonaria versión Ugly. Pero sobre todo, en la historia de Gonzalo Otálora, el argentino que propuso inventar un "impuesto a la belleza" para penalizar a los guapos. Sí, y hablaba en serio. Escuchen esto: con el dinero recaudado, decía muy en serio Otálora, el Estado podría subvencionar a los feos a quienes todo se les hace más complicado en la vida. En 2007 él escribió un libro que parecía una tardía respuesta al libro de Boris Vian Que mueran los feos publicado en los setenta. El libro de Otálora se llamó: ¡Feo! por primera vez la historia no la escribe un lindo y se convirtió en un fenómeno comentado hasta en la BBC de Gran Bretaña y en la edición italiana de Vanity Fair, y que por supuesto conmovió a las chicas más lindas de Buenos Aires. Por primera vez aparecía un feo que no se tragaba esa frase consuelo que reza que "la belleza se lleva adentro". ¿Había nacido el Dios de los feos que podría hacerle frente a la Diosa de la belleza que está cantando esta noche en Gaira? Otálora tuvo tal éxito que una tarde marchó hasta la Casa Rosada con un grupo de feístas -feos redimidos- para pedirle al presidente Kirchner que escuchara lo que tenía que decir: que por ley haya cupo de 30% de feos en las empresas, que Recursos Humanos explique el significado de "buena presencia", que en los desfiles de moda haya todas las tallas, que las lindas que se quieran acostar con lindos cumplan primero con un feo, que se incluyan actores poco atractivos como protagonistas de novelas de amor. Aunque los lindos no lo crean el presidente le mandó una carta. En ella le agradecía su lucha por la justicia en Argentina.

Pero volvamos a nuestra Diosa, que mientras no se apruebe aquel impuesto para subsidiar a los que no han venido a Gaira, esta revista podrá conservar los grandes espejos que cuelgan en la sala de redacción. Activo el flash. Le disparo a quemarropa y me quedo con un instante de su vida en mi celular. La Diosa ahora hunde la punta de un pie en el escenario y empieza a batir las caderas con una cadencia adormecedora. Su falda flota ingrávida sobre sus muslos, y alrededor de su frágil figura sus manos se elevan, haciendo remolinos en el aire. Nubes de tabaco ascienden hacia el escenario desde la platea donde los mortales intentamos una fiesta infinita. Desde aquí abajo y después de haber bailado por horas frente a esta Diosa cualquiera les daría la razón a los japoneses que dicen que en Colombia habitan las mujeres más lindas del mundo.

Al final me entero de la verdadera identidad de la Diosa. Se llama Marta López, tiene 21, esta noche ha cantado con Los Cumbieros como todos los fines de semana, y dice que quiere lanzar su propio disco. Mientras eso ocurre, ha empezado por editar la última letra de su nombre. Suena mejor ahora: prefiere que la llamen Marti, y que se haga lo que ella diga. Después me entero que la Diosa Marti canta desde los nueve años y que nació en la costa. En un corregimiento de Lorica, en Córdoba. Allá, muy lejos, donde dicen que ya nadie se acuerda cómo eran los feos. Y donde quizá fue a parar el ahogado más hermoso del mundo.

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