Debo advertir que el título de esta nota es engañoso. Porque en últimas a mí me parecen tan ingenuos los ateos como los creyentes en un Dios barbudo como el de la Creación de Adán según los frescos de la capilla Sixtina. O con las nalgas al aire, como lo imaginó el mismo Miguel Ángel en el segmento que dedicó a la creación del Sol y la Luna. Miguel Ángel tuvo la osadía de revelarnos el culo de Dios en una obra que los críticos de arte no han podido comprender. Ni yo tampoco. (Qué pasa después de la muerte según el catolicismo)

A mí me gusta imaginar a Dios según la versión de Joyce, que en su libro reputado sobre Dublín, haciendo una broma con la teología de los cátaros, nos dice que, después de crear el mundo, Dios se retiró de su obra, y desde entonces se entrega a arreglarse las uñas, lejos, aparte, indiferente. Los ateos y los creyentes me parecen igual de arrogantes y ladinos. Unos quieren parecer más confiables de lo que a veces son. Y los otros, más interesantes por su negación radical que les da un aire de valientes. A mí me gusta el Dios de los poetas. Multifacético, de una ambigua tristeza. A veces, incluso, trágico.

En un universo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, todo es posible: incluso que haya un Dios en alguna parte. Y, si existen las cucarachas, ¿por qué no puede existir Dios? Tal vez, al final de todo, cuando el universo retorne al punto de partida, descubriremos que Dios es una cucaracha con un corazón de oro, acostumbrado a nuestros basureros. Todo puede ser para nosotros los seres humanos, animales encartados por un imperativo biológico con la noción de la divinidad. Pues de una cosa podemos estar seguros hasta que se demuestre lo contrario: los perros no gradúan teólogos.

Yo soy tu perro, Señor; pero, ¿cuyo perro eres tú? Esta pregunta, tan pertinente además, se la hizo el escritor Fernando González en algún momento de su vida.

Ahora me llega del jardín un aroma de animal mojado y violetas húmedas. En un momento así, Dios deja de ser necesario. Tanto por lo menos como su innecesaria ausencia. Deberíamos acostumbrarnos a la presencia de Dios. Nos hemos dicho tantas mentiras mucho menos interesantes que una más no sobra. Además, vivimos bajo un techo de mentiras y caminamos sobre un suelo falso. Y somos el animal que se viste y fantasea y el que mejor miente porque cuenta con la lógica. (Cartas al Niño Dios de enfermos mentales)

En ‘Cuando nada concuerda‘, un libro que publiqué hace años, hay un capítulo que titulé “La pregunta de Dios”, con un giro calculado. Porque aunque no crea en Dios, también estoy convencido de que en la pregunta que nos hacemos sobre Dios está implícita la pregunta que nos hace Dios a nosotros. Dios se busca en nosotros, dicen unos. César Vallejo dijo: “Siento a Dios que camina tan en mí, con la tarde, con el mar. Con él amanecemos, anochece. Con él anochecemos: orfandad”. Y también dijo el poeta de Santiago de Chuco: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”. Dios era necesario para que un indio peruano dijera una cosa así. Y para que en otro poema hablara de ciertos golpes de la vida que, dijo, son como del odio de Dios. “Como si ante ellos, la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma…”.

“Y el hombre, pobre, pobre, vuelve los ojos locos como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada”.

No creo en el Dios de los que rezan a un glotón de flores, veladoras y reverencias, claro que no. Desconfío de un dios que necesita de mi clemencia para existir. No me gustan los dioses débiles, susceptibles a los halagos, a la coba de los acobardados. Pero tampoco creo en el espacio horro de quienes niegan la existencia de Dios, y escriben libros incesantes contra Él, manteniendo su vigencia. El yanqui Hitchens y el inglés Dawkins gastaron montones de fósforo persiguiendo a Dios con sus libros pedregosos. Pero hay ateos más cómicos: un pastor norteamericano convertido al ateísmo renunció a los nobles himnos luteranos de Bach para cantar en su templo las canciones de cuna de los Beatles. Sin renunciar, claro, a la alcancía del umbral.

Es evidente que los dioses existen y se transforman, se fusionan y se complementan. Para mí, los ateos son tan enigmáticos como el arcano de la idea de Dios, cuya historia cuenta que debió surgir en un cerebro muy semejante al nuestro en algún momento de la evolución que nos trajo desde un remoto chimpancé hasta este pávido animal que somos, cruel y admirable, inventivo y torpe. Lleno de virtudes y deformidades. (La muerte según la filosofía)

Algunos topólogos de la cebolla cerebral han creído encontrar el centro de Dios frente al centro donde reside la conciencia de la muerte. Pero sé que el sentimiento de la belleza también nos pone en contacto con la divinidad. No solo el pánico de morir. También la alegría. A mí me pasó una noche bajo un viejo naranjo en Envigado después de comulgar con un comprimido de ácido lisérgico azul celeste. El asunto es inenarrable. La sensación feliz de participar de la armonía universal no se puede expresar. Sé que la noche vibró como un velo, que la sombra resplandecía con una luz astral y que fui testigo de la pureza del pantano. Y de mi propia esencia diáfana. Nunca volví a experimentar aquel estado de maravillosa belleza. Pero tampoco lo he olvidado.

Hay que aprender a resignarse a la vieja pregunta. ¿Dónde estaba Dios antes de crear el universo?

Según algunos, Dios debió comenzar a insinuarse en los hielos de Siberia, en los cerebros de unos animales hirsutos. Laberintos de bosques. Hielos envenenados de metanos. Y en el cielo gris brilló la idea poderosa y significativa. Marx dijo que las ideas se convierten en materia cuando penetran en las masas. No entiendo cómo pudo declararse ateo entonces. Una idea es tan real como cualquier otra cosa. Como una guitarra o como un zapato.

Y por qué se mata la gente hace siglos en nombre de Dios. Y cómo una idea de apariencia absurda pudo producir al mismo tiempo a Francisco de Asís y a Torquemada Ordóñez. Y el grotesco zafarrancho de las guerras latinoamericanas de los cristeros, la amarga cruzada de los niños y los poemas de San Juan de la Cruz. En los museos de Nueva York me impresionaron las estelas de los tiempos de Akenatón, hippismo puro, en cuyo corazón todos los dioses se fundieron en un solo sol, tal vez inducido por la hermosa Nefertiti. Akenatón y su mujer, los primeros monoteístas, fueron también los primeros herejes. Si creyera en Dios, lo haría por amor a las herejías. No se me olvida que la palabra ateo tuvo origen en los años de Nerón, cuando debieron inventarla para nombrar a los primeros cristianos que se negaban a inclinarse ante las estatuas estatales, pues estaban adheridos a un Dios invisible y sin nombre. (Jesucristo por un día)

Ya sé que me pongo erudito: pero es inevitable inflarse un poco cuando abrimos el corazón al problema arcaico de Dios. Presencia sutil, ojo fijo sobre el ego inmaduro, que con su vigilancia hizo posible el fuego del yo separado, la individuación, la conciencia del ser responsable de sí mismo.

No sé si creo en Dios. Pero me gusta la idea de que él sí crea en mí. Porque eso me hace la vida más interesante. Creer o no creer en Dios es la misma nonada. Dos caprichos equivalentes que ejercen a su acomodo unos animales ásperos, llenos de frustraciones, limitados y mortales. En quienes habita a veces la certeza difusa de Dios, y otras veces la sospecha, no menos magnífica, de que estamos solos en un universo que nos rebasa y cuyo centro está en cada ombligo. Porque todos venimos de la misma singularidad. De lo incalificable. De lo indefinido. Según pensaba San Agustín. Y según sigue pensando Stephen Hawking en su extrema impotencia. De Hawking, su mujer dijo que negaba a Dios como estrategia para vender sus libros sobre los agujeros negros. Porque Dios es también, como ya dije, un magnífico negocio. Y de hecho, yo mismo escribí estas palabras no solo por el honor y el gusto de hacerlo, sino por un puñado de monedas para pagar el recibo de la luz. Porque no todo ha de ser sombras. Si Dios existe, con su pan se lo coma. Si no existe, peor para Él. (Qué pasa después de la muerte según el Islam)

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