Palma de Mallorca, España insular: en una playa retirada una colombiana da clases de buceo a turistas de todo el mundo y, ya entrado el otoño, se prepara para viajar a París, perfeccionar su francés e ir de vuelta a Palma, donde piensa radicarse. Es negra, mamacita, tiene veintisiete años y disfruta de su destino: sumergida en silencio guía a europeos incautos que mal contienen su asombro con las maravillas de las cuevas submarinas mediterráneas y no sospechan que su instructora guarda tibios recuerdos veinte años atrás en el tiempo y siete mil quinientos kilómetros al oeste del planeta.
Bogotá, Colombia: la hermana mayor de la buzo gerencia Krash, una empresa de eventos especiales, junto a su esposo, un español que llegó a Colombia hace seis años para participar en un Festival de Teatro y decidió quedarse.
Ahora el español, Eduardo Canal, actúa en
Padres e hijos mientras su cuñada conquista las playas españolas sumergida en la inmensidad mediterránea y ya muy lejos de la estrechez de esa pantalla chica donde también alguna vez existió.
Las dos hermanas son Jennyfer (la buzo) y Evelyn (la empresaria). Son las hijas de Christopher, un sanandresano que triunfó en los setenta en la para ese entonces reducida escena del rock y pop colombiano. Hace veinte años aparecían de lunes a viernes en los hogares colombianos, inundados de televisores Sony Trinitron en color -verdoso, por cierto- recién comprados en San Andrés, Sanandresito o Miami. A las cuatro y media de la tarde, Jennyfer y Evelyn trabajaban al lado de los otros tantos actores, cantantes, directores y, en fin, 'artistas integrales' que participaban en una de esas series que sobrevive enquistada en la memoria televisiva ochentera de esta generación maldita: Pequeños gigantes.
Generación maldita por sí y en sí misma, gracias a su mal gusto nostálgico y no porque valga la pena hacer un SoHo True Farándulacriolla Story con esta serie de Caracol Televisión, pues en los diez años que duró al aire no hay historias de incesto o zoofilia, no existen crímenes de pasión ni torniquetes tras bambalinas. Todo lo contrario, salvo uno que otro baretico y fatalidades anónimas de alcoholismo, la historia de los Pequeños gigantes está descargada de intrigas y fracasos, y la mayoría de sus integrantes, hoy maduros, viven montados felizmente en la película poco vertiginosa de su éxito: Carlos Vives respira tranquilo después de vender millones de discos por todo el mundo y prepara su próximo trabajo; Jaime Santos ('Clímaco Urrutia'), cofundador y primer director de la serie, actúa en Amor a la plancha y hace teatro; Ana María Orozco rueda películas y vive casi más allá del bien y del mal: más allá de su fama; Toni Navia, directora de la serie en sus mejores años, dirige hoy la novela Milagros de amor; Carolina Sabino graba comerciales de Colombiana y actúa en varios seriados; Juan Sebastián Aragón protagoniza su octava novela y Roberto Cano, la quinta; María Angélica Mallarino, ya muy lejos de Missi, actúa en Retratos de Familia, una serie de Telecolombia donde, paradójicamente, interpreta a la esposa de Manuel Busquets; y actores como Luis Fernando Hoyos actúan en Francisco el Matemático junto a mujeres, que en Pequeños gigantes eran bebés, como Carolina Cuervo.
La inmensa mayoría del elenco del programa hace parte hoy de las novelas y dramatizados de los canales privados, y permanentemente las secciones de farándula de los noticieros dan cuenta de sus carreras. Pero es más allá de los chismes del espectáculo donde residen las historias verdaderamente interesantes, que van desde las aventuras mediterráneas de Jennyfer Christopher y los fracasos y los sudores de Tulio Zuluaga, hasta la desgarradora nostalgia de uno de los más activos motores en la época dorada de la serie: Manuel Busquets.

La memoria
Cuatro kilómetros después del portal de la 80, donde la cordillera oriental comienza a quebrarse en los abismos que dan vida al Valle del Magdalena, y en el punto exacto en que Bogotá ya huele a tierra caliente, vive en una casa de campo desde hace veinte años Manuel Busquets.
Sin demeritar el trabajo de María Angélica Mallarino, quien fue una de las fundadoras de Pequeños gigantes y su presentadora en la primera etapa, o el aporte de Carlos Vives (quien con el tiempo dimensionó la popularidad postmortem del programa) no hay duda de que cada vez que cualquier treintañero de hoy -televidente infantil de la época- oye mencionar al nombre del programa, el primer personaje que se le viene a la cabeza es Busquets; tal vez no su nombre, pero sí su cara y el recuerdo de esa voz que mantiene su tradicional afonía: "Llegué al programa a hacer cualquier cantidad de payasadas, lo primero que se me ocurría: tirarme al piso, decir estupideces adrede para que los niños me corrigieran o darle un beso a María Angélica y luego quitarle un zapato, olerlo y caer privado de espaldas. Al principio ella me miraba aterrada porque no estaba acostumbrada a eso, tenía un estilo mucho más tradicional, pero poco a poco nos fuimos acoplando y de la mano de Toni Navia, la directora, hicimos de Pequeños gigantes el único programa infantil en Colombia que les daba participación a los niños".
Manuel habla con excitación mientras conecta un viejo BetaMovie al televisor y prepara el casete con las imágenes de los primeros capítulos en los que participó, por allá en 1983.

Nostalgia en BetaMovie
Rewind, stop, play: la imagen va haciendo tracking a la brava y lentamente comienzan a aparecer en pantalla los personajes que guardamos en algún rincón de la nostalgia. El 'Chato' Latorre, con las gafas de siempre y el frondio bigote, canta junto a un Busquets rejuvenecido y a un Luis Fernando Ardila flaquito y con cara de niño. A su lado, Jeanette Waldman sonríe y delata esa virtud heredada de Madonna por las mujeres ochenteras: se ve diez o quince años más joven por estos días que en 1983, a pesar de ser veinte años más vieja (presenta con Jota Mario Valencia el interminable programa mañanero de RCN). Aparece Mile, con el sonriente Busquets, animando a una multitud de niños en Estudios Gravi; más adelante María Angélica Mallarino se echa un ladrillo de diez minutos acerca de García Márquez: "Mis Pequeños gigantes: he estado leyendo Cien años de soledad, ese gran libro de nuestro Premio Nobel de Literatura. Les cuento, mis Pequeños gigantes, que Alfredo Nobel era un señor." y entonces aparece por una puerta Busquets disfrazado de Beethoven, rompiendo el ladrillo en mil pedazos, dándole besos a María Angélica y diciendo incoherencias.
Stop, eject: Manuel saca el casete con manos temblorosas y voz casi quebrada e inserta otro mientras dice: "Yo había estudiado producción de cine y arte dramático en Canadá y llegué a Colombia a dirigir películas. Hice la película Padre por accidente con el Gordo Benjumea y después fui su director personal en Taxista Millonario. Estaba en esas, dirigiendo cine y dedicado a las más de tres empresas que tenía, cuando un día me llamó Toni y me propuso que animara el programa junto a María Angélica. No lo dudé: di todo por los niños".
Suspiro leve, parpadeo, rewind, stop, play: Felipe Santos (el actor hijo de 'Clímaco', quien hoy vive en Miami), de 8 años, juega a que es Manuel y saluda a Lina Navia (se ve igualita a como la recordamos en Café) que juega a ser María Angélica. Su misión: convencer a Toni Navia de que cante y baile con ellos. Después de un corte vemos a Navia haciendo un sketch junto a Ardila, Busquets y los niños. Pause/still: una casi lágrima empaña los ojos de Manuel. "Esa fue la única vez que Toni accedió a actuar, es memorable".

Epílogo Technicolor
Play: aunque en los cortes a comerciales la grabación se interrumpe, alcanzan a sobrevivir diez segundos de uno de los clásicos de la publicidad colombiana: un niñito pintado a lápiz recorre el set blanco de la pantalla dispuesto a colorearse, mientras canta con voz tierna, "con mis Gúdiz soy feliz porque son de maíz, son bolitas de colores, dulces sus sabores.". ¿Cuántos no quisieran ver ese comercial de nuevo, una y otra vez hasta el infinito, y cuándo será que van a sacar de nuevo al mercado los ácidos Gúdiz ("al tomar la amarilla sale el sol y brilla, con la verde todo de color se vuelve")?
Boca abierta, neuronas reconstruidas, stop, fast forward, stop, play: hace siete años, en esta misma casa de campo, se reunió casi todo el elenco de Pequeños gigantes a recordar los viejos buenos tiempos. No tan buenos para Manuel: "Un día los directivos de Caracol me dijeron, 'Manuel, tú decides: el alcohol o Pequeños gigantes', y yo opté por el alcohol". Lleva 120 meses mal contados sin tomar, fumar e inhalar. Stop, ahora sí en serio.
Con la misma entereza que tiene para reconocer que se bebió y se olió y se fumó todo el billete de sus empresas, Busquets frunce el ceño y dice: "De todos modos puse cada una de las partículas de mi alma en Pequeños gigantes", play: es cierto, a Busquets se le nota en pantalla la energía. "Ya no hay lugar ni espacio para el arrepentimiento, para qué quedarse lamentándose de lo que se hizo o no se hizo. viene el futuro, tengo un proyecto que se llama Planeta niños y es toda mi experiencia acumulada del trabajo con niños para volver a hacer una televisión infantil que esté más allá de toda violencia. Por ahora se está emitiendo por Superview, un canal de cable local".
Rewind, play: en la pantalla Busquets canta junto a Tito Duarte (hoy actor de Pandillas guerra y paz). Es una especie de adaptación del Barquito de papel de Leonardo Favio a una canción infantil, hecha por Fernando Garavito (no el periodista, sino el músico, el marido de Mile). Cuando la canción va acabando, puede verse perfectamente el escenario de fondos marinos montado en Estudios Gravi y Tito comienza a llorar, conmovido, mientras Busquets sigue cantando, ya sin sincronizar las palabras de la canción por la ternura que le producen las lágrimas del niño de seis años. "Es mi consumación como cantante", piensa, y mientras va terminando también comienza a llorar y la escena termina en un abrazo gigante entre el adulto y el niño.
Hay un corte en la grabación y el logo amarillo de Caracol en la pantalla ilumina el rostro de Busquets. Gruesos lagrimones ruedan por sus mejillas. "Nunca, después de Pequeños gigantes", dice, "volví a hacer algo mejor".
Mientras tanto, a esa misma hora Jennyfer Christopher bucea a varias leguas de profundidad mientras guía a un nervioso alemán que por primera vez bucea en las profundidades. Sus pensamientos están infinitamente lejos de ese pasado ochentero de afros y de récords de Marcianitos malogrados por el apagón a las seis de la tarde y mechones Alf y bicicletas Mongoose y bolitas de piquis sacrificadas por superpotas hawaianas y de tantas tardes en que una legión de estudiantes llegaba del colegio directo a la televisión para ver a Jennyfer, Busquets y a los demás Pequeños gigantes, esos mismos que hoy en día son Gigantes pequeños, hechos a la medida de su talento y de su nostalgia.
Stop, play: ".y cuando le pregunté a Tito si lloraba porque le había conmovido mucho la canción del Barquito de papel, esa brillante interpretación, mi consumación como cantante y el momento cumbre de mi carrera, me mira a los ojos, todavía llorando, y me dice, a sus seis añitos: 'no, es que me acordé que hoy están enterrando a mi abuelita en Honda'".
Stop, eject, power.

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