Siempre he querido comprobar si es cierto que las puertas de la percepción se abren de par en par con los alucinógenos, como sentenció Aldous Huxley. Aunque no fue él, sino un banquero de Nueva York —vicepresidente de la JP Morgan— de nombre Gordon Wasson y su esposa quienes rescataron al hongo de los rituales chamánicos y lo pusieron de nuevo en boga, gracias a un artículo que publicaron en la revista Life en 1957. Dos décadas más tarde, en plena psicodelia setentera, ya había manuales para el cultivo de hongos caseros en Estados Unidos. La moda de lo natural y la ilegalidad del LSD (ácido d-lisergénico sintético) ayudaron a que se hicieran aún más populares. En Colombia —de quien un importante investigador dijo que "representaba la conciencia narcótica más evolucionada de la Tierra" (no es chiste)—, los hongos estaban y están al alcance de la mano en cualquier potrero.

POSTAL #1: una libra de champiñones, por favor

Es de mañana y estamos andando por un camino destapado que nos llevará al lugar en donde están los Psilocibes, esos hongos que crecen en la boñiga, por el Alto de la Periquera, en Boyacá. Yo pensaba que íbamos a recogerlos del suelo, pero mi amigo Erre contacta a un campesino sin dientes y de mirada esquiva, que le ofrece una "bolsita" por 20.000 pesos, como quien vende champiñones en la calle. El misterioso teonanácatal descrito por los cronistas españoles es ahora comercializado en una "bolsita" que resulta ser casi una libra. Y eso no es nada: por internet se consiguen kits para sembrarlos en casa por aproximadamente 50 euros. Hasta hace muy poco se vendían secos y luego frescos en los smartshops de Holanda. El cultivo y comercio de hongos no estaba estrictamente regulado en ningún país. Por eso la tienda de hongos Psyque Deli de Londres vendía unos 50 kilos de hongos a la semana, equivalentes a 500 dosis individuales. Diez miligramos de hongos colombianos costaban 10 libras esterlinas, que equivalen a algo así como 45.000 pesos.

Quienes ya han comido hongos mostraron un profundo respeto por el asunto. Varios antropólogos han hablado de los hongos como un canal de comunicación con el cosmos. Wasson mismo prefería decir que tenían propiedades enteogénicas y no alucinógenas. "Alucinación significa mentira", mientras que el neologismo enteógeno significa "Dios generado dentro de ti". Que el estómago liviano, que bien acompañada, que la naturaleza… Alguien que ha "viajado" muchas veces me advirtió que no lo fuera a hacer si tenía la regla y me dio a entender que mi actitud era profana. Su visión mística del asunto me cayó un poco pesada, así que consulté los efectos con Carlos Betancourt, un biólogo experto en hongos: "Hay mareo, las pupilas se dilatan (midriasis), se baja la tensión y se diminuye el ritmo cardíaco. Los reflejos se modifican. Hay una sinestesia, que es algo así como que los sentidos se mezclan: los sonidos se "ven", los objetos se "escuchan", los olores se "sienten", y cosas por el estilo. Aparecen patrones caleidoscópicos. Se dice que no genera una dependencia física aunque existe un potencial de dependencia psicológica. El peligro es pasar de 50 miligramos de psilocibina. Hay quienes desarrollan crisis de pánico persistentes o brotes esquizoides. Y hay hongos muy parecidos que son venenosos". Busqué entonces a Erre y él dijo que me acompañaba. Los que no han comido hongos me miraron como si les hubiera hablado en chino y se despidieron de mí como si fuera a perderme para siempre (¿o sería yo la que se despidió así).

Erre se monta en el carro con la bolsa. Los miro con desconfianza. Están llenos de tierra y son como quince o veinte. Tienen una mancha púrpura en el tallo. Erre me dice que podemos: a) comerlos con leche condensada o b) diluirlos en aguapanela o c) diluirlos en una sopa minestrone, más conocida como minestrongo. Mientras escojo b) aguapanelongo, llueve sin parar y llegamos a una finca lejos del ruido para despegar desde ahí. "Señores pasajeros del vuelo 001 a la aldea pitufa, por favor pasar a la sala de embarque número 3".

POSTAL #2: El abominable divino niño

Lindo atardecer, ¿no? Ajá, esa que sale como asustada soy yo haciéndole antesala a la 'pócima' que resulta de la psilocibina de ocho hongos disuelta en aguapanela. La estructura de esta sustancia fue determinada hace tan solo cinco décadas. Parece ser que, ya que es casi idéntica a la serotonina, reemplaza este neurotransmisor que viaja entre una neurona y otra para llevar la información al cerebro. Subimos a la terraza con las tazas en la mano. Mi amigo pone una música entre tribal y jazz. El primer sorbo es miedoso. Luego me bogo toda la taza y muerdo un pedacito de hongo. Es amargo. ¿Ahora qué?

Los siguientes 20 minutos miro todo con asombro, lista a que la montaña rusa empiece a andar. No pasa nada, solo me siento mareada. En una piedra que sirve como último escalón de la terraza hay esculpido un ángel macabro. Me quiero ir lejos de él antes de que empiece la función, así que bajo hacia los árboles, sola. Las gotas que quedaron del diluvio siguen cayendo entre las hojas y un arroyo pasa cerca. Se oye como si hubiera dolby surround system (agudización de los sentidos). Me siento observada de un momento a otro (paranoia). Oigo murmullos de niños entre los árboles y me da susto, pero mientras subo hacia la casa con afán, ausculto por todas partes para encontrarlos. Los murmullos le dan paso nuevamente a la orquesta de las gotitas. Ha comenzado la función.

POSTAL #3: El señor humo

Siempre que voy a viajar llevo mis discos. Como la voz de Bebel Gilberto me acompaña, vuelvo a salir cerca de los árboles y algo parecido a un alka seltzer me recorre toda la espina dorsal. Estalla con unas carcajadas chillonas a lo lejos. La sensación me sacude, aunque me siento en control. Prendo un cigarrillo, doy tres bocanadas y de pronto aparece a mi lado el señor de humo. Se esboza sigiloso, tiene una figura etérea y elegante. Me sobresalta, pero en segundos vuelve a ser mero humo. Entro a la casa y cierro los ventanales. Empiezo a verme distorsionada en el vidrio. Mi movimiento deja una estela, como si la velocidad de los cuadros fuera lentísima. Detrás viene Erre y cuando miro su cara en el reflejo, me encuentro con un rostro desfigurado y tenebroso. Lo abrazo con fuerza para que vuelva a ser Erre y, sí, consigo traerlo de vuelta.

Cogemos unas cobijas y subimos a la última terraza de la casa para tirarnos boca arriba a ver las estrellas. Titilan exageradamente. Veo el cielo completamente plano. Luego vuelvo a la redondez ineludible de Kepler, Copérnico y Galileo. Al fondo del cielo estalla una gran tormenta y se ven rayos y centellas. Un par de estrellas fugaces rasguñan el firmamento. Ya me reconcilié hasta con el angelito diabólico de la piedra que después tendremos que pisar para bajar. Converso fluido con Erre y me siento más que lúcida. Los médicos lo llaman efecto catálico del impulso lingüístico. Terrence Mckena, antropólogo americano, sostiene que los primates evolucionaron a seres humanos gracias a los alucinógenos. Según su teoría, el eslabón perdido era todo un junkie y eso lo llevó a desarrollar un lenguaje cada vez más complejo. Los hongos han sido utilizados con fines rituales desde las civilizaciones más antiguas. Se han encontrado figuras de piedra en forma de hongo que datan del año 1000 a.C. al 500 d.C. La primera mención de su uso data de algunos libros del siglo XVI.

Volteo a mirar a Erre y no tiene ojos, ni nariz, ni boca. Le digo que no le veo la cara y cuando él me contesta le aparece una boca grande que me habla desde su cara deshabitada. Entonces vuelven a él nariz y ojos, pero le miro las orejas y descubro que estoy hablando con un duende. Tiene manos de niño chiquito y me mira con picardía. Esta vez no tengo nada de miedo. Le digo a Erre que bajemos, que "estoy tranquila porque el niñito ese de la piedra no me hace nada si estoy con usted y además no es malo, sino que todo el mundo lo pisa, pobre".

POSTAL #4: Louie, Mary Popp y otros chicos del montón

Ese es el baño, sí. Uno orina como loco. La primera vez que yo voy al baño me digo que no hay por qué sentir miedo de los niñitos que están afuera. Los busco por la ventana, pero no los veo. Veo en cambio a Mary Poppins, que me pica el ojo desde la etiqueta de un champú Sedal que está en la ducha y afuera oigo a Louis Armstrong. Me subo rapidísimo los pantalones para ir a saludar al viejo Louis. Estoy convencida de que está en la sala cantando. Cuando bajo la cisterna, suena como una trompeta. Llego a la sala y veo que no está, pero le hablo de Louis a Erre como si ambos lo conociéramos. Luego canta Sarah Vaughan y mi onda se pone cada vez más melancólica. Erre dice que el pianista está tocando algo de Bach y a mí se me llenan los ojos de lágrimas. Billie Holiday canta algo que tiene dos de mis palabras favoritas en inglés: lullaby y farewell. Extraño con todas mis fuerzas a alguien que no conozco. Entonces a Erre le da por coger una bandolina que hay por ahí y cuando lo miro en el reflejo de la ventana, me encuentro primero con Jim Morrison y luego con Strawberry Shortcake. Es divertidísmo.

"En la vida solo importa la música", le digo a Erre. Apagamos las luces y cambiamos a Meddle, de Pink Floyd. Al fondo del cielo, la tormenta se acompasa con Waters y Gilmour. Una horda de personas está gritando como loca allá donde antes estaban los murmullos de los niñitos. Luego empieza una canción cuya letra se me entierra muy adentro: Sleepy time in my life, with my love by my side, and she's breathing low, and the candle dies. Me quedo mirando un árbol fijamente. Está palpitando como un corazón. Luego sus hojas se convierten en un gran calidoscopio y atrás la tormenta, y el público de ellos, que con su música prometen un viaje denso pero seguro.

Prendemos las luces. Apagamos la música para atenuar el viaje y ahí es cuando suena el aparato que está en la pared. Erre se acerca a mirarlo. Yo, maravillada: "¿Para qué sirve?". Él, erudito: "Mide el tiempo". Yo, reveladora: "Ah, ¡es un reloj!". El tiempo no existe en este viaje, no se puede medir, no están unidos los segundos para formar minutos, ni los minutos para formar horas. Siempre es el ahora, y ahora emprendemos una difícil labor de equipo: la chimenea. Creo que juego palitos chinos con la madera que le paso a Erre y él la pone encima de papeles que arden en un fuego muy azul y muy verde. Siento que la llama se aviva un montón si yo soplo pacitico, desde mi silla. En un pedazo de papel carbonizado aparece la cara del chico Migraña y me quiere asustar, pero yo le saco la lengua.

POSTAL #5: Señoras y señores, nos encontramos próximos a aterrizar

Esta es la luciérnaga. No hace parte del viaje, es de verdad. Cada vez que se ilumina es como si un pedacito de cielo caminara sobre la tierra. La perseguimos acurrucados en el piso y al rato la abandonamos a su suerte. Busco un cigarrillo, pero ya me los fumé todos. Me como un paquete de manimotos mientras hablo de perros con Erre que en ese momento se pone melancólico por un poodle que se murió cuando él estaba chiquito. Me río a carcajadas y él me dice "no se burle, que parece un duende". Pero yo siento que no soy ningún duende. Nunca he sido otra durante el viaje, salvo un momento en el que me reflejo en la ventana como mi mamá. De resto sigo siendo yo todo el tiempo, solo que a veces levanto las cejas como Dalí.

Me acuesto al lado de la chimenea y me empiezo a quedar dormida. Después de no sé cuanto tiempo me despierto y oigo que hay cinco Erres a mi lado hablando entre ellos. De repente distingo una voz de mujer y abro los ojos. Están ahí el dueño de la finca, su novia y otra pareja. Hablo un rato con ellos desde la más lúcida de las lucideces. Alguien dice que son como las dos de la mañana. El tiempo ha vuelto a existir. Me voy a la cama y al cerrar los ojos veo un par de monstruos feos, pero los espanto rápidamente y me vuelvo a quedar dormida. La línea que divide la realidad de la aldea de los pitufos se va dibujando lentamente de nuevo. No hay aterrizajes forzados.

Alicia vuelve del país de las maravillas

Un estudio de la Universidad de medicina John Hopkins de Maryland reveló que 22 de 36 voluntarios dijeron experimentar cierto misticismo al consumir psilocibina y un tercio de ellos dijo que era la experiencia más mística que jamás habían tenido. Sin embargo, el 20% dijo que fue negativa. No creo entrar en ese veinte. Cuando me levanté al otro día tenía algo de resaca, sueño e hipersensibilidad. Dos días después, ya de vuelta a la jungla de cemento, seguía siendo la misma, solo que había recobrado mi capacidad de asombro y tenía los sentidos un poco más agudos de lo normal. Mientras escribía esto, una línea de la pantalla alargó sus letras. Fue un flash-back de microsegundos. La silocibina no se había ido del todo. Las postales con las que intenté narrar el viaje eran apenas un asomo, un rompecabezas al que le faltaban piezas. Comprobé que las puertas sí se abren, aunque sea imposible de explicar. El viaje está dentro de cada cerebro dispuesto a emprender un recorrido a través de sí mismo. Tal vez a donde yo estuve nadie, ni siquiera yo, pueda volver.

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