Cuando era joven la ciudad que escogía para hacer uso del ácido no podía ser otra que Berlín. Pese a que el muro ya había desaparecido, por muchos años Berlín siguió manteniendo su carácter de península, de lugar alejado del mundo. Como una suerte de sitio protegido por las ruinas que todavía en esa época eran visibles por todas partes. Recuerdo que eran los tiempos en que las ruinas eran una especie de emblema de sus habitantes. Una ciudad donde mucha gente se vestía con harapos, lugares de diversión donde los restos de una pared eran iluminados con discretos rayos láser. La primera vez que los probé pensé que me habían timado. Salí de la casa de la persona que me había hecho mostrarle la lengua, donde depositó un pequeño papel. Caminaba algo molesto por las calles. Me parecía que la persona que había colocado el pequeño papel sobre mi lengua había sido incapaz de compremder lo importante que era para mí experimentar semejante aventura. Mi enojo subió de tono cuando me encontré en Alexanderplatz. Alguna gente comenzó a llamarme por mi nombre. No me sorprendió que tantos berlineses supieran cómo me llamaba, sino que no supieran respetar un momento tan importante: el día que fui timado por unos ácidos falsos. En cierto momento el dachshund que llevaba una mujer en brazos abrió la boca de manera exagerada. Sentí que la mandíbula de aquel perro era más grande que mi cabeza. Solo en ese momento advertí que estaba pasando algo fuera de lo normal. Tomé asiento en una banca. Precisamente en la que cae de manera vertical la sombra de la antena de la Radio Berlinesa. Recordé cosas acerca del escritor checo Bohumil Hrabal. Acababa de suicidarse. Parece que no fue capaz de soportar la soledad demasiado ruidosa en la que se vio obligado a vivir. Trepó por eso el alféizar de una de las ventanas superiores del asilo donde se encontraba internado y saltó al vacío. Supe entonces, allí sentado en una banca de aquella impresionante losa de cemento que es actualmente la Alexanderplatz, que durante sus últimos años estuvo obsesionado con el trajinar de las palomas que veía a través del pabellón donde se ubicaba su cama. Quizá deseó convertirse en un ave más. Tal vez por eso se aventuró a volar como una de ellas. Con quien conversaba acerca de la muerte de Bohumil Hrabal era con mi psicoanalista. Una terapeuta con la que compartí infinidad de sesiones durante algunos años. Recuerdo que las terapias no las pagaba con dinero sino con textos. Precisamente el síntoma que me había llevado hasta ese gabinete era la falta tangible de dinero. Estaba incapacitado en ese entonces para pagar por algún bien o servicio. Volví a pensar en las palomas. ¿Más bien no habrían hartado de tal modo a Bohumil Hrabal hasta llevarlo al suicidio? ¿El arrullo constante, el zureo, que suelen emitir no lo habría hecho concebir como una burla el término soledad demasiado ruidosa que concibió en muchos de sus escritos? Vi entonces a mis perros matar una paloma. En el parque situado a dos cuadras de mi casa se había formado un charco ocasionado por las lluvias de la noche anterior. Algunas personas se encontraban al borde de semejante charco. Estaban de pie frente a una señora que ofrece desayunos ambulantes durante las primeras horas de la mañana. Algunas palomas comían los restos que les arrojaban los desayunantes. Yo había salido con los perros momentos antes. Al llegar a esa zona, Isaías y Manga —dos de mis animales— tomaron a una de las aves y la dejaron malherida en medio del charco. Los desayunantes protestaron. Yo hui. Los perros me siguieron. Mientras caminábamos volteábamos la cabeza una y otra vez hacia la presa abandonada. Los perros seguramente deseaban seguir mordiéndola. O tal vez volver para traérmela a manera de trofeo. Escuché que alguien, como había sucedido momentos antes en Alexanderplatz, gritaba a mis espaldas ordenándome que levantara el cuerpo muerto y lo colocara sobre la rama de un árbol. Me pareció un pedido curioso. Quizá esa persona pensaba que para una paloma era más digno morir en una rama que en un charco oscuro. Pensé en la cada vez más complicada relación entre los hombres y los animales. En las premisas actuales. En los deberes que se deben cumplir en estos tiempos. En preceptos que algunos años atrás nos hubieran parecido inimaginables. Por ejemplo, el hecho de adoptar animales y no comprarlos. El de esterilizar tanto a las hembras como a los machos. Olvidar por completo mutilarlos inútilmente o hacerles cortes de pelo en virtud de obsoletos cánones de belleza canina. Pensé también en los insectos que nos rodean. En lo nocivos que suelen ser, salvo los que utilizamos para alimentarnos. Justamente acababa de realizar un trueque de hormigas gigantes por una serie de libros que yo mismo edito. Pensé también en las ratas que siento de vez en cuando debajo del piso de mi estudio. Recientemente había recibido también otra llamada. A través de ella me informaron que el perro que hacía más de ocho años le entregué a mi editora acababa de morir envenenado al morder un sapo. Mi editora está desolada. Había llevado al perro a su casa de campo y allí ocurrió el accidente. Se trató de un veneno para el cual no existe ninguna clase de antídoto. En el momento de la llamada, mi editora se encontraba en la sala de espera de un horno especializado en animales domésticos. Cuando escuché la noticia yo no había salido aún a pasear a los perros. Después del incidente con la paloma regresé a mi casa. Los perros llegaron excitados. Ignoro si por el asunto de la paloma o por no haber realizado completo el paseo. Daban incontables vueltas a mi alrededor. Sin hacerles caso, me acomodé en mi estudio y busqué en la computadora diferentes clases de paloma. Deseaba saber a qué especie pertenecía la abandonada al lado de los desayunantes. Me sentí mal. En realidad me encontraba sentado en Alexanderplatz oyendo que algunos transeúntes me llamaban por mi nombre. Creo que acciones de esta naturaleza —estar al mismo tiempo en mi estudio buscando en la computadora información sobre palomas y así mismo sentado en una de las plazas más importantes de Berlín— lograron que entendiera más que nunca a Bohumil Hrabal trepando el alféizar del asilo con el fin de espantar a las palomas. Cuentan que su caída fue estrepitosa. Que no murió en el acto sino que tardó unos cuantos minutos. Que sufrió de una manera semejante al perro de mi editora luego de ser atacado por el sapo venenoso. Bohumil Hrabal no mostró en su caída ni por asomo la elegancia con la que un ave realiza su vuelo final. Ese vuelo de despedida del mundo. En realidad, las aves mueren acurrucadas en sí mismas en algún rincón de la naturaleza. Recuerdo haber visto a varias moribundas sobre todo en las playas del sur. Cuando era niño pensaba que las gaviotas imposibilitadas de volar se quedaban quietas porque habían decidido hacerse amigas de las personas. Apenas las percibía me gustaba perseguirlas. Intentaba darles algo de comer. No advertía que muchas de ellas cojeaban o que se quedaban quietas mientras mi mano las acariciaba. Horas después solía encontrarlas muertas. Rodeadas de moscas la mayoría de las veces. De esas moscas grandes de color verdoso. Las que prefieren alimentarse de carne muerta. Insectos de esa misma naturaleza debían estar volando en ese momento alrededor de la paloma muerta, que, según supe después, fue colocada por los desayunantes en una de las ramas del árbol. Una mosca de las mismas características de la que me aterró cuando se posó sobre mi mano en Alexanderplatz. Una mosca que vi más grande aún que la mandíbula del perro dachshund. En ese momento advertí que el tiempo transcurrido había durado solo los escasos segundos que tardó aquel perro en cerrar el hocico. Comprendí entonces que no había sido engañado por el hombre que colocó un pequeño papel en mi lengua, que el Berlín en ruinas era el mejor lugar para asumir este tipo de experiencia y que las moscas mientras más verdes se muestren ofrecen un espectáculo absolutamente portentoso. Me di cuenta cuando en lugar de una se posaron dos en mi piel.

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