Mi recuerdo inolvidable en 65 años de escuchar música en vivo es el ciclo de los cuartetos de Beethoven, por el Cuarteto Húngaro en el Teatro Bolívar de Medellín, en septiembre de 1951. Pero tampoco puedo olvidar cuando vi a uno de los más grandes del jazz.

Ellington era una figura muy familiar en Gran Bretaña y yo lo vi tocar en la Abadía de Westminster, el 24 de octubre de 1973. En 1933, cuando realizó la primera visita de su orquesta a Londres, formada hacía ocho años y que permanecería activa hasta 1974, el compositor y crítico Constan Lambert lo había calificado como “el más grande músico de su raza, el más grande músico de jazz y el más grande músico de los Estados Unidos”. Ellington, al fundir todos los elementos posibles de la tradición clásica y de la música popular de su país y con más de 1000 composiciones, es posiblemente el primer músico de los Estados Unidos.
Este concierto en la abadía, que ya tiene más de mil años, era muy especial. Quizá por vez primera, en uno de los ámbitos más nobles y tradicionales de la arquitectura gótico-normanda y de la fe católica y anglicana, se presentaba un músico de jazz. Entré con una hora de anticipación, gracias a mi credencial BBC y me senté en silencio, a pocos metros de Ellington, quien tomaba una gaseosa y como era costumbre suya, daba los últimos toques a una partitura. Vestía de dril y con una camisa azul. La abadía estaba sola, con excepción de algunos cuantos vigilantes, a media luz, misteriosa, con destellos apagados a través de los vitrales. Ellington se retiró del piano un tanto gruñón. La abadía comenzó a llenarse. Reapareció unos minutos después, elegante y espléndido, renovado. La orquesta entró, la luz total llenó de repente el follaje de los capiteles y los arcos y los vitrales resplandecieron. La orquesta tocó música religiosa, porque Ellington ya era un experto en esas formas. Su madre le había enseñado la Biblia desde niño y su primer concierto sacro fue estrenado para la Consagración de la nueva Catedral de Coventry, destruida en la Segunda Guerra Mundial y levantada sobre sus flancos en ruina, en 1962. Lo que no se esperaba era la sorpresa que no imaginaría un asistente a la Abadía de Westminster. Ellington desplegó al final, en la nave central, a un grupo numeroso de bailarines y bailarinas, vestidos con fantasía y seriedad y quienes crearon de repente un ballet radiante, ejecutado con orden y con gracia, mientras cantaban apoyados por el esplendor sinfónico a que Ellington nos había acostumbrado desde hacía años. Fue un espectáculo soberbio de música y danza. Ellington afirmaba así lo que tantas veces dijo, “cada quien canta a su Dios como le parezca”.
Era la última vez que el músico se presentaría en Londres. Falleció el 24 de mayo de 1974 en Nueva York. Sus funerales tuvieron lugar en San Juan el Divino, el célebre templo dedicado a todas las denominaciones religiosas. El servicio funeral que le rindió Londres tuvo lugar el 12 de junio en la iglesia de San Martín de los Campos, en la plaza de Trafalgar. Este cronista había asistido en comisión de la BBC al descubrimiento de la bellísima estatua del Libertador Simón Bolívar en la Plaza de Belgravia de Londres, fundida por el escultor caraqueño Hugo Daini, a nombre de países latinoamericanos que deseaban preservar la memoria del Libertador en Inglaterra. Era un día de mucho sol y cielo totalmente azul. El presidente de Venezuela, Rafael Caldera, hizo la presentación. Lo acompañaban el ministro de Relaciones James Callaghan, quien sería al año siguiente primer ministro, y una señora alta, de gran distinción, tocada con un inmenso sombrero de verano. Después de los excelentes discursos del presidente Caldera y del señor Callaghan, recordando los años de Bolívar en Londres, le pregunté a un vecino quién sería esa elegante señora. Era la duquesa de Westminster, que protocolizaba así el usufructo de la pequeña esquina del parque, para que el Libertador habitara en ella durante 999 años. La familia Westminster posee grandes extensiones en Londres, y Belgrave Square es de ellos para toda la vida. Tomé un taxi y me fui a los servicios funerales en San Martín de los Campos. Tocaron Yehudi Menuhin el violín, el gran músico británico de jazz Johnny Dankworth y una dama mayor y de color cantó una melodía que había interpretado con Ellington el año en que llegó a su orquesta en 1927. Era Adelaide Hall. Al salir del servicio, que los ingleses llaman celebración, pensé que el Libertador podría presidir sin “majestad cansada” en su plaza Belgravia durante 961 años más, aunque ya estaba para siempre en la historia. Ellington también está para siempre en la historia de la música.

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