Queridos compañeros de mi segundo Sexto:

Lo que yo les hice a ustedes aquel domingo de junio de 1980 no tiene nombre ni perdón. Traten de entenderme. Entonces yo era muy tímido, como les consta a todos ustedes, y jugar al excéntrico era una manera de llamar la atención y, peor aún, de creer ser alguien.

No recuerdo por qué razón se me ocurrió llevar esos brownies con marihuana al paseo que ustedes organizaron en esa finca colonial en Cogua para celebrar los tres años de habernos graduado del colegio.

El hecho es que la única vez que compré marihuana en mi vida fue el viernes anterior al paseo. La vendía una señora que se ubicaba en el antejardín de una casa que ya no existe, en la esquina de la carrera novena con calle 77 o 78, ya no me acuerdo. Muerto del pánico le compré 200 pesos de hierba, una cantidad respetable. En la mañana del sábado fui donde una compañera de Arquitectura de mi hermano, que era del Gimnasio Femenino y, como ustedes saben, todas las niñas del Femenino saben hacer galletas, ponqués, brownies y pies. Ella era experta en brownies mas no en marihuana. Del horno salía un humero espantoso, como si una locomotora de vapor hubiera acabado de arribar a esa cocina. Por suerte la mamá de mi amiga era como del Opus Dei, así que no reconoció el olor de la bareta cuando bajó asustada a mirar qué era lo que se estaba quemando.

Al mediodía, con los brownies listos, subí a la carrera séptima para tomar un bus que me llevara al Gimnasio Campestre, donde se jugaban los partidos de fútbol del campeonato de la universidad. En la trotada de varias cuadras por la calle 140 me comí un brownie. No sabían a chocolate sino a raíz de pasto kikuyo con tierra. Jugué el partido y hasta ahí todo normal. A la vuelta debía reunirme con el grupo de redactores de un periódico de la universidad. Uno de los del equipo de fútbol se ofreció a acercarme. En la calle 96 con carrera 11 todo era normal. Pero en la 95 con 11 yo ya estaba en medio de una traba paranoica que me atacó por sorpresa. Me bajé en la 94 para ir donde una de las redactoras del periódico, con el agravante de que entre la 94 con 11 y su apartamento, al lado del Museo del Chicó, estaba la casa del general Luis Carlos Camacho Leyva, ministro de Defensa de Julio César Turbay Ayala. Caminar con semejante paranoia entre los PM, con el pelo largo y sin papeles en tiempos del Estatuto de Seguridad es una experiencia que no le deseo a nadie. Claro, como suele ocurrir en estos casos, el portero del edificio nos anunció “que manda decir la empleada que la niña no está, que la disculpe”, así que como pude llegué en bus a mi casa en el barrio La Magdalena.

Al otro día era el paseo. Mi experiencia con los brownies ha debido hacerme reflexionar. O no llevarlos al paseo, o repartirlos advirtiendo… Pero claro, como se trataba de hacerles una broma a ustedes, que eran tan sanos, tan zanahorios, y yo, en cambio, tan loco…

Así que, cuando ya caía la tarde, le conté a un compañero que sí sabía de esos trotes que yo traía ese cargamento y él me animó a repartirlos entre todos ustedes sin decir nada. Así que de manera artera y a traición los introduje a varios de ustedes en el mundo de las sustancias psicoactivas.

Aún hoy recuerdo con gran claridad cuando alguno de ustedes dijo: “Nos hemos reído tanto que tengo la garganta seca y los ojos rojos”.

Al otro día, lunes, llevé los brownies que sobraron a la universidad. Repartí varios, pero advirtiendo del efecto inesperado e inmediato que tenía sobre las personas. Recuerdo a una compañera de Biología que no me creía que estuvieran envenenados y se comió como tres a pesar de mis advertencias. Otra compañera se quejó el martes de lo mal que le había ido en la dentistería cuando, en medio del procedimiento, el brownie que se había comido le hizo efecto.

Algunos de ustedes, al enterarse que la causa de sus gargantas secas y ojos rojos no había sido la remembranza de travesuras en las aulas escolares sino los efectos del delta 9 tetrahidrocannabinol cuando se ingiere por vía digestiva, con toda la razón me quitaron el saludo por varios meses, incluso años.

Queridos compañeros de curso, aprovecho para ofrecerles disculpas públicas por haber sido tan malparido y desgraciado con ustedes. Aunque nunca lo volví a hacer, de todas maneras les prometo que jamás lo volveré a hacer.

@Ariasvilla

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