Mientras rodaba hacia Villavicencio con mi teniente Felipe de copiloto, y atrás Santiago, el fotógrafo, y Natalia, la encargada de los videos de la experiencia, me acordé de Abbas Ibn Firnas, el primer hombre que según las crónicas se lanzó en un paracaídas adornado con plumas de aves rapaces en 882 en Córdoba, España, sufriendo heridas leves al caer, y de Leonardo cuyo paracaídas, más adelantado que el de Ibn Firnas, era un triángulo con tirantes y un arnés que no debió ser probado y, si lo fue, su tripulante debió acabar con los huesos rotos. Para salvarme de la incongruencia del uniforme militar después de una vida dedicada a la poesía y la desidia, traté de recordar el discurso del Quijote sobre las armas y las letras, recordé que Cervantes se enorgullecía más de Lepanto, que le dejó una mano seca, que del triste caballero que le cansó la otra, que Sócrates siendo un hombre inteligente prefirió una vez luchar en Potidea a quedarse en el ágora echando cháchara, y me acordé de André Malraux que arriesgó el pellejo por la república española como representante del dandismo internacional de izquierda para acabar de ministro del general De Gaulle, y de Saint-Exupéry que desapareció en un vuelo nocturno en el Mediterráneo inconforme con la gloria de sus libros, y de Hemingway de quien los aficionados a explorar el inconsciente con los instrumentos de la sospecha del psicoanálisis dicen que ocultaba un espinoso sentimiento de inferioridad, una inmensa vulnerabilidad detrás de sus poses de macho cazador de leones, aficionado a los toros, amigo de toreros, pescador de tiburones y corresponsal de guerra.

Yo no necesitaba, me decía, comprobar ante nadie que soy más valiente de lo que me siento. Hace años descubrí, me decía, que la vida es puro fracaso y que la peor debilidad es enmascarar el absurdo con los gestos altisonantes de la nobleza y el valor. Lo que me importa en últimas es la belleza de la vida, me decía, y encuentro tanta en la timidez como en el arrojo, y entre la derrota y la victoria elegí no luchar para resguardar la soledad incolora de la promiscuidad del ruido del mundo y mi intimidad que se contradice con la vida de tropa.

Aprovecho para avisar a los interesados que en caso de guerra no cuenten conmigo. Supe temprano que todas las guerras son inútiles. Desde niño me pregunté por qué si siempre acabamos por hacer la paz después de cada guerra no dejamos la guerra en paz y nos ahorramos el esfuerzo de matarnos. La tragedia de la guerra culmina siempre en la comedia de un tratado. Pensaba en Lawrence de Arabia, otro poeta que se entregó al culto del hierro y la dinamita por spleen, por aburrimiento, por incapacidad para la inacción, y acabó de coronel del ejército de su Majestad de Inglaterra lleno de hastío. Los guerreros dan la vida en los campos de batalla para que los políticos se repartan el botín en los gabinetes.

Para lanzarse de un paracaídas desde un Hércules o de un avión más pequeño tipo caza o un helicóptero MI 17 a la velocidad del demonio en medio de una poderosa turbulencia a mil pies de altura se necesita más que valor o estar loco de remate. La cosa exige paciencia, un entrenamiento engorroso por las exigencias físicas que comporta y tedioso por lo largo, repetitivo y concienzudo. Y para saber lo que significa, SoHo me envió a la base militar de Apiay, sede de la IV división donde planean casi todas las operaciones antiguerrilla del cómico y doloroso conflicto colombiano, para asistir a un curso dirigido por el mayor Jeffer Castelblanco Contreras, comandante de la escuela de paracaidismo. Allá nos recibió mi mayor Sandra. La base está cerca de la capital del Meta en una planicie luminosa y ardiente sobre todo en estos tiempos del calentamiento global. Pero la noche era fresca cuando llegamos.

El Hotel Jaque, donde nos hospedaron, debe su ajedrecístico nombre a la famosa operación por la cual el Ejército colombiano rescató a un grupo de secuestrados de los campos de concentración de las Farc. Al principio pensé al contrario. Es decir que la operación había tomado su nombre del lugar, que allí donde iba a dormir si me dejaban habían ideado para asombro del mundo la componenda que puso en alto la famosa malicia indígena de los colombianos, o en bajo porque también fueron colombianos los que cayeron en el engaño, mal que nos pese. Pero mi mayor Sandra me explicó cuando le pregunté. El comandante del Ejército había esperado el resultado de la Operación en el hotel aún sin nombre. Iba y venía de la capilla al hotel y del hotel a la capilla. Parecía enloquecido por la ansiedad, atragantado con el secreto que nadie sabía y que no podía revelar, agobiado por la esperanza, y cuando le avisaron que el milagro se había dado y que los guerrilleros habían hecho entrega pacífica de los cautivos se relajó y celebró y propuso el nombre del establecimiento y en el entusiasmo patriótico todos los oficiales estuvieron de acuerdo y el hotel terminó llamándose como se llama.

Los entrenamientos empiezan antes de que el sol llanero tiña con sus anilinas el horizonte. Al sonar la diana bajo las últimas estrellas los soldados inician el día con el trote habitual de los cuarteles para despertar los músculos y espantar los sueños y meterse en el alma el propósito único de la victoria. Sigue un desayuno abundante, basto y corto. Después hay una visita a la piscina, un campo lleno de cisco de arroz donde se aprende a saltar con los pies juntos como hacen los canguros y a descomponer la caída en tiempos marcados como he visto hacer a los actores. Cada ejercicio se repite mil veces, un millón si es preciso, mientras el puercoespín del sol llanero te sorbe los sesos y te despelleja vivo. No hay compasión. Solo cuando aprendes a aterrar, como dicen allá por aterrizar, con la quijada clavada al esternón, después de contar hasta hacerlo mecánico, hasta convertirlo en reflejo, mil uno, mil dos, mil tres, mil cuatro, el tiempo que tarda en abrirse la cúpula del paracaídas principal, (si no se abre halarás la cuerda del de repuesto y si este no abre estás jodido), pasas al estudio de la arquitectura y la mecánica de los paracaídas.

El almuerzo como el desayuno es basto, abundante y corto. Del comedor se pasa a los balancines, unas canastas a dos metros de altura donde se repiten los movimientos de la piscina. De allí fuimos a la maqueta del avión donde se mima el salto definitivo y se memorizan las órdenes preliminares al lanzamiento. Y de allí a la torre. Un parapeto a cuatro metros de altura donde el estudiante ensaya el estómago para la sensación espantosa y feliz del vacío amarrado a un arnés a la buena de Dios y del viento. El último día vistes el instrumento de nailon con el que pretenderás imitar a los ángeles y después de familiarizarte con este estás listo para enfrentar el espanto de las alturas. El helicóptero desde donde haríamos nuestro salto vino de Tolemaida con una falla en el rotor de cola. Yo no estaba seguro de querer saltar. Y me alegré.

Me permití desde el primer día elegir los pasos del proceso que iba a probar. Desde el primer día me sentí no solo en el lugar equivocado sino bajo el sombrero equivocado con el casco de acero. Mis vértebras resintieron el peso enseguida. De modo que lo devolví a mi mayor Castelblanco con cortesía y sin vergüenza y le dije que para la crónica que iba a escribir mejor me iría asistiendo al proceso en carne ajena, que nadie puede escribir algo bueno si deja que el sol le achicharre el cerebro. Y me dediqué a interrogar a mi teniente Felipe y a mi mayor Sandra y a escarbar en el alma de los soldados que también tienen una. Y aprendí mejor que dando brincos muchas cosas que tal vez no habría comprendido con el peso del casco sobre la materia gris, bajo un casco pesado como un camión, o repitiendo una y otra y otra vez la descomposición de la caída con los talones juntos para que las piernas no se quiebren como cañas al tocar tierra y el mil uno mil dos mil tres mil cuatro antes de mirar arriba para estar seguro de que otro comando no invade tu espacio vital.

Pero sobre todo aprendí que este debe ser un mundo de mierda si obliga a la guerra a unos campesinos de Colombia buenos como las papas, ingenuos e inteligentes, con una gran capacidad para expresar sus pensamientos y sus sentimientos, lúcidos ante el destino y la entrega en la muerte. Ellos me hicieron cancelar para siempre las prevenciones que los civiles nos hacemos a veces sobre la vida militar. Y entender que la vida de tropa también está llena de generosidad y camaradería auténtica, no solo de disciplina y rigor.

A la hora de saltar de la torre de cuatro metros comencé a gritar como un loco. Recuerdo que increpé a mi mayor. Le dije que estaba autorizado para pensar de mí lo que le diera la gana, a llamarme cobarde y pusilánime, pero que me negaba absolutamente a lanzarme de la torre de cuatro metros de altura amarrado a un arnés, por más que garantizara por Dios y jurara por la patria y la bandera que nada malo iba a pasar. Mi mayor sonrió y comprendió y dijo con condescendencia para que no me sintiera mal tal vez, pero yo no me sentía mal ejerciendo un derecho, que la torre es el último filtro, que muchos no lo pasan, y al fin del curso con magnanimidad incluso me concedió a pesar de todo el grado de paracaidista honorífico con diploma y medalla y esta gorra azul con emblemas que luzco con aire de fraude, sabiendo como sé y dejé explícito a grito pelado ante mi compañía que me niego a asumir las virtudes del soldado, el arrojo, la intrepidez, el valor y esas cosas, no solo porque tengo la columna vertebral de estropajo y osteoporosis y el epoc y una cardiopatía que no se deja diagnosticar y llevo lentes intraoculares y soy miope y en el quirófano me sacaron un meningioma del tamaño de una mandarina y odio sudar fuera de las batallas de cama del amor, sino porque para reconocer el coraje me bastan los libros de los hombres de armas que también escribieron, como Cervantes, Lawrence de Arabia, Malraux y Saint-Exupéry, que añadieron a las bagatelas de la literatura las soberbias de la guerra.

Permiso, mi mayor, para hablar. Yo les digo adiós a las armas, mi mayor. Gracias, mi mayor.

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