Desde que asistí al famoso Festival de Ancón en Medellín, ya no sé cuántos años hace ni me importa saberlo, no me involucraba en un tumulto igual de músicos protestantes y de jóvenes en el plan pretencioso de cambiar el mundo con canciones estentóreas, danzas descompuestas, gestos convenidos en clave y un modo altisonante de llevar la ropa. Ancón fue un enorme barullo, un tumulto inolvidable en la historia de la ciudad de la eterna primavera, un motín de muchachos de pelos largos, bluyines ceñidos, camisas de flores y sandalias trespuntas llegados de todos los rincones de Colombia con un montón de hippies internacionales arribados a Medellín de las cuatro esquinas del mundo católico. La tribu planetaria de los llamados niños de las flores, una tribu aromática a marihuana y embriagada con ácido lisérgico, un sublimado surgido de los santos laboratorios de la modernidad que nos puso en contacto con el diablo y con el buen Dios, su socio, y que propició éxtasis y amarguras, locuras y reformas, algunas transitorias y otras permanentes, en las almas de algunos hombres, y ciertas mujeres también que a veces tienen una, de buena voluntad.

En Ancón, ahora recuerdo, se desgajó un gran aguacero desde el principio, desde el primer día, un chaparrón formidable con truenos y relámpagos, que con el pisoteo de los asistentes desterró los escarabajos del subsuelo y convirtió el lugar en las afueras de Medellín en un pequeño mar de lodo. Eso no representó un obstáculo para que los rockeros colombianos con sus equipos de sonido haraposos con la tecnología de los tiempos, aullaran tres días consecutivos contra la mala vida que llevaban sus padres, que habían convertido la Tierra en un mal mundo, según pensamos, con sus valores monetarios y sus nociones corrompidas, su hipocresía y su amor por la guerra y el trabajo. Haga el amor y no la guerra, gritaban. Cantaban: viva el ocio creador. El arzobispado de la ciudad, los medios conservadores y las cofradías de beatas pusieron el grito en el cielo contra el festival de Ancón. El Festival Hip Hop al Parque, en cambio, se celebra cada año hace trece, patrocinado por las autoridades distritales y organizado por la Orquesta Filarmónica de Bogotá. ¿La protesta asumida por el establecimiento para amolarle las garras? Quién sabe. No hay que ser tan suspicaces.

El encuentro de hip hop en el parque Simón Bolívar de Bogotá, más allá de las semejanzas con Ancón, del mismo malestar que significa de unos adolescentes ariscos e inconformes, marcó al mismo tiempo diferencias. Aunque también llovió la tarde que fuimos, la lluvia no fue una incomodidad en el escenario oval de concreto, y bien drenado, y el sonido tampoco tenía que ver con el opaco del concierto de Ancón que se desparramaba por las colinas de los alrededores. Las torres que nos recibieron en el parque Simón Bolívar con sus tremores y bramidos amenazaron con echarnos al suelo bajo el embate de los decibeles. Y el escenario estaba protegido de las inclemencias del clima con una techumbre sólida e impermeable.

Los 45.000 muchachos que es capaz de albergar el parque Simón Bolívar tenían otro talante, menos manso. En Ancón tuvimos el privilegio de carecer de guardia policial, de la compañía inquietante de la Policía que nos recuerda que somos peligrosos. En cambio en el parque Simón Bolívar sufrimos las requisas de rigor a la entrada, y hasta me decomisaron los cigarrillos por miedo de que llevara camuflados con los cilíndricos venenos de la Phillip Morris porros de cannabis sativa, la marihuana que en los años de Ancón todavía tenía fama de ser una yerba maldita hasta que un poeta nadaísta la bautizó opio del pueblo, antes de que los médicos norteamericanos de vanguardia descubrieran que no solo sirve para alterar la percepción del mundo y serenar el alma sino también para curar los dolores físicos de las quimioterapias contra el cáncer y los displaceres de los enfermos terminales de algunas pestes modernas.

Supongo que en el Hip Hop al Parque había más policías que en Ancón porque los asistentes de este, aunque estaban más trabados e intoxicados con su provisión de LSD incorporada (el LSD, un manifestante del contenido de la mente fue sintetizado por Albert Hoffman en los laboratorios suizos de la Sandoz), parecían más pacíficos y pertenecían en su mayoría a las capas medias de la sociedad más educadas en apariencia. En el parque Simón Bolívar, el público venía de los barrios periféricos de Bogotá. Y hay en el hip hop una dosis de agresividad mucho mayor que en los más atorrantes rockeros de los sesenta, incluido el satánico Mick Jagger con su simpatía por el diablo, y Los Flippers y los nadaístas Yetis, que fueron las estrellas más eminentes del rock colombiano de los sesenta. Chicos bien con ganas de parecer chicos mal. Chicos bien alimentados y mimados, pero con ganas de parecer hambrientos y sufrientes.

A todos aquellos a quienes pregunté por su procedencia en el parque Simón Bolívar contestaron con orgullo dolido que venían de Suba, de Soacha, de Usme, es decir, de las periferias obreras de la capital de Colombia. Y los trajes y las redecillas del pelo, de ascendencia africana, y las pintas tres tallas más grandes, les daban una apariencia apache a la que uno debía acostumbrarse antes de comenzar a hallar la ternura que guardaban. La ternura que los olvidados de la sociedad encubren con aires altaneros y caras retadoras de superficie, para defenderse del desprecio y justificar sus aspiraciones. Porque los pobres también aspiran, así como los ricos también lloran. Todo comenzó hace años. Yo asistí al comienzo del movimiento en Los Ángeles, California, al que quizás fue el nacimiento de este movimiento musical que ahora cubre Latinoamérica. Recuerdo que fue en los años de los marielitos, una turba de delincuentes liberados de la cárceles de Cuba que Fidel Castro mandó en barcos a Estados Unidos, y que la Policía de California cazaba por las noches por los antejardines de los barrios residenciales de Los Ángeles como si fueran ratas, con helicópteros artillados y aperados con reflectores. Yo había ido a Los Ángeles en plan de morirme de otra cosa. Y me asombraron los grupos de muchachos que daban vueltas de cabeza en los atrios bancarios del down town y a la entrada de los molls, empeñados en ver el mundo al revés con la ilusión de que en un mundo invertido podrían conseguir aquello de lo que carecían en medio de la prosperidad capitalista. Casi todos eran mulatos o mestizos centroamericanos, mexicanos, salvadoreños, nicaragüenses y guatemaltecos fugados con lo que llevaban puesto de sus patrias desoladas por las guerrillas discurseras de la izquierda y las pragmáticas guerrillas de la derecha, sumidas en una horrenda matazón, en un infierno de fuegos cruzados.

Con el tiempo, si entendí bien, el break dance, como se llamaba la gimnasia que vi en las calles de Los Ángeles, las influencias caribeñas relacionadas con el culto de la marihuana de Bob Marley, la música soul salida de las iglesias de los negros norteamericanos de la voz cascada de músicos ciegos como el trágico Ray Charles, el jazz caliente, y hasta las armonías de la salsa, transformación neoyorquina de los ritmos nativos de las islas del Caribe, se fusionaron en esta manifestación arisca, rítmica, llamada el hip hop, cuyos principales representantes suelen brincar por el escenario, por una razón desconocida para mí, aferrados a sus genitales, mientras cantan versos airados, las letras de la poesía urbana de los menesterosos de las grandes ciudades de hoy, a veces en compañía de lo que llaman un disc jockey, el di yei, un joven con cara de serio armado de una cadena de tornamesas donde hace girar discos que tortura y obliga a chillar y a crepitar. No pude acostumbrarme a pesar del esfuerzo que hice por entender. Uno que cuida sus vinilos como un tesoro no puede aguantar sin que se le destemplen los dientes, que alguien se empecine en hacer sufrir los suyos de ese modo con las agujas, en distorsionarlos de esa atroz manera.

Como en los tiempos de los hippies, los adictos del hip hop han creado una parafernalia propia, una moda particular para distinguirse, con unas gorras usadas al contrario, una forma de arrastrar esos tenis norteamericanos cuyo diseño me recordó siempre los automóviles Buick de los años cincuenta, unos emblemas, un modo de ser, sudar y andar. Los hippies se desplazaban con dejos de caballos cansinos y al hablar acostumbraban un sonsonete que relaciono con la paciencia. Los adictos del hip hop tienen la entonación de quien reclama algo que siente que le deben, con furia, y asustan. Como si uno temiera que en cualquier momento saltara la furia que expresa su música, aun cuando hace la alabanza de sus amores y sus códigos. Por norma es una música amenazante, señaladora, crítica, que remarca las injusticias sociales con alegría preapocalíptica.

Los organizadores del festival estaban temerosos, después de una docena de convocatorias de hip hop al parque. Los invitados de Suba habían decidido cerrar el festival número 13 con la presencia de las madres de las víctimas de los falsos positivos. Lo cual me pareció una irresponsabilidad. Y así les dije a los organizadores. Eso es como revolver un avispero, les dije. Pero ellos lo habían pedido así y el festival buscaba eso precisamente: crear un espacio de expresión para que los olvidados de la sociedad, los artistas de las barriadas más pobres y apartadas del centro, dijeran lo que sentían. Además, los organizadores confiaban, así me dijeron, en la buena voluntad de los participantes, en la ternura que yo había notado con buen augurio.

Aunque en años pasados el jolgorio hubiera acabado en jaleo, con destrucción de señales de tránsito, rompezones de vidrios en el vecindario del parque y enfrentamientos con la Policía, había tanta buena voluntad, que muchos grafiteros, que son los artistas plásticos de estas tribus estrambóticas, habían resuelto intervenir las señales de tránsito en compensación, y embellecer por su cuenta el entorno del parque. De eso se trataba. Aunque hubiera Policía, por si las moscas, se trataba de establecer un puente de confianza, de permitir que la montonera de adolescentes sin futuro cierto en medio de la maldita prosperidad gritaran lo que tenían que gritar, para salvarlos de sucumbir al ahogo o a la impura tentación de la violencia que a veces es la única opción que les deja el diablo a los pobres.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.