Cuando me comunicaron en la ceremonia de apertura, en medio de la alegría de los saludos a las delegaciones nacionales e internacionales, en esa discoteca en Neiva llena de espejos, al pie de la brillante pista de baile, que por pormenores de reglamento iba a ser difícil que yo pudiera competir en igualdad de condiciones, me irrité al principio y dejaron de parecerme simpáticas las palabras de la organizadora al micrófono, las presentaciones pertinentes me parecieron impertinentes, y me alegré de no usar esos tenis que calzaban los participantes sentados en el escenario improvisado, insolentes de lo puro blancos, diseñados como yates o como esos Buick de antes que tenían resortes de mantequilla. Mi decepción fue inversamente proporcional al entusiasmo de los aplausos del público. Y le pregunté al fotógrafo Álvaro Cardona si había hecho, en aras del deporte, el sacrificio de suspender mi relectura del Ulises de Joyce para que me salieran con eso. El disgusto me pasó pronto. Afuera, la noche era hermosa, reposaba después del aguacero.

Repasé el tiempo transcurrido desde el momento en que el editor Diego Garzón me propuso que fuera a correr la segunda etapa del Rally de Colombia en el desierto de la Tatacoa, por cuenta de SoHo, con honorarios de campeón de Fórmula 1. Recordé el sentimiento de bienestar en el pie del acelerador como el que se experimenta en la inminencia del orgasmo cuando me hizo la invitación. Cómo había llamado a mi hijo Simón para que fuera mi copiloto y mecánico ya que no había tiempo de buscar uno experimentado. Y cómo nos pusimos en marcha al amanecer bajo la garúa helada. ¿Y me habían hecho correr cuatrocientos kilómetros desde mi casa, para nada, como en una broma?
Decir “nos pusimos en marcha” implica la aventura. Para empezar, Simón y yo creímos en el general Palomino, nuestro hombre en las carreteras. Palomino había dicho por la tarde en la radio que ya había paso expedito en el Alto de la Mona después del cruel invierno, así dijo. Y confiando en él cogimos el rumbo de Honda en busca del río Yuma o Magdalena. Pero el general estaba mal informado. La carretera seguía inutilizada. Derrumbe de la banca, en la jerga de los técnicos que nos cerraron el camino con cintas amarillas, cascos amarillos, teodolitos amarillos.
Regresar a Bogotá para dar la vuelta por Anapoima nos dejaba fuera de tiempo. Lo mismo que el desvío de Sasaima, Vianí, Rioseco y Síquima. El muchacho que recogimos en la carretera (trabajaba en computadoras, tenía una novia en Marquetalia, Caldas) dijo que había oído hablar de otra forma de llegar a Honda haciendo el rodeo de la Paz. No sabía cuánto demoraba. Ni tenía importancia. No había otro remedio que enfrentar el atajo. Amanecía cuando entramos en la trocha lunar de tierras ferruginosas. Estaban apagando las últimas estrellas.
La Paz es inolvidable. Fuera del mundo se recuesta en la cordillera, calcificación solitaria. Se llega por un camino abrupto de una belleza mineral de piedras estranguladas por las raíces de unos árboles fuertes y oscuros. Los marranos del tamaño de mamuts apenas pueden moverse pletóricos de satisfacción existencial. Las gallinas son del tamaño de avestruces, de rabadillas obscenas de puro opulentas. Todo invitaba a quedarse a vivir. Pero no queremos ser felices. La felicidad está muy desprestigiada como cosa de tontos.
Pudre la candidez rosa de los intelectuales que se refieren a este país con el posesivo “nuestro”, y lo gradúan del más bello del mundo. Vanagloria. Todos los países son los más bellos del mundo. Pero sí. Este pedazo arrugado del planeta Tierra que baja a Ibagué, Neiva, la Tatacoa, montañas plegadas, brumas, y después llanuras y cocoteros y papayos cotudos, lástima. Duele una nación con un alma tan conflictiva entre tantas hojas, floraciones, verdes y perfumes. Iba a decírselo a mi hijo pero reprimí la efusión para no contaminarlo con la enfermedad mortal del nacionalismo, con el trivial patrioterismo paisajístico y desfogué el entusiasmo en el acelerador por esas autopistas de las vegas del río propicias para probar tus habilidades automovilísticas sobre todo si vas a correr un rally. Contra el molimiento de los riñones después de diez horas de viaje no me cambiaba por nadie, con el acelerador a fondo. Al aproximarnos a Neiva canté una canción a voz en cuello, un fado de Amalia Rodríguez que me sé a medias.
Noventa kilómetros no son una imprudencia en una autopista tan bien trazada por algún contratista honrado que también hay; 100 y 120, representan casi la dicha del vuelo; 130, el susto del júbilo. Me relajé. Sobre la negra autopista rayada, unas sombras verdes, que yo confundí con una venta de guanábanas, eran un retén de la Policía. Con su radar. Y hasta ahí me llegó la plenitud.
El policía se limpió las hebras de un mango maduro de las comisuras con la lengua escualizable. Su compañero nos ignora. Enfocado en el comienzo de la explanada aguarda que aparezca en su radar el siguiente vicioso de la voluptuosidad de las obras de la ingeniería civil. Las autopistas aquí son las trampas del comparendo. Pensé. Mientras el policía decía 130. Y repetía 130 como un autómata. Y yo le dije, ni uno más ni menos, sin cinismo, para que supiera que mi velocímetro estaba en regla. Y alabé el radar, e hice un elogio de los milagros de la técnica, para concluir que 130 no es una velocidad excesiva en una carretera tan cómoda, de la cual podíamos sentirnos orgullosos, como colombianos, ya que no había remedio, y que los 80 reglamentarios eran un despilfarro en semejante velódromo. El policía, de acuerdo. Se quitó la gorra. Miró en su interior. Pero la ley prima sobre la lógica, pronunció profesoral. Se sabe lo que sigue. La cédula, certificado de gases, licencia, seguro obligatorio, pasado judicial, libreta militar del abuelo paterno, partida de bautismo de tu madre. Que Palomino me perdone, pero cuando sus policías se ponen difíciles y uno nervioso todos pensamos en el soborno como el camino más corto a la concordia. Pero para no rebajarme ni envilecer el orden con la coima, apelé a la clemencia, el atributo divino jamás mancilla el orden moral del mundo, y solté mi autobiografía comenzando con el día de mi nacimiento en rápida sinopsis hasta llegar al telefonazo de Diego Garzón, de SoHo, y el rally, y la rueda de prensa donde me esperaban en un hotel de Neiva. Así recibí de vuelta mis papeles. Y nos dijimos adiós. El hombre me perdonaba la vida. Es decir, la multa. En retribución, lo gradué de teniente. Aunque no debía pasar de sargento. Y él me dijo señor… que lo soy.
Tantas cosas para eso. Para que unos escrupulosos de la pureza del rally salieran con el cuento de que mi participación era imposible si no pertenecía a una federación reconocida. Me desinflé como una llanta vieja. Me sentí como una batería descargada. Tantas horas de viaje perdidas. Pero no discutí. Y me fui con mi hijo por la noche de Neiva. Y comimos en un restaurante de carnes. Sonaba una vieja canción cubana que me animó. Voy a correr de todos modos. Le comuniqué a mi hijo. Y por poco se me atraganta. Y abrió los ojos como platos.
Gonzalo Arango me escribió un día en una carta: vos y yo somos almas difíciles de crucificar. Me acordé de la alabanza y juré ante mi punta de anca que iba a correr ya que me habían hecho ir tan lejos. Simón me recriminó la terquedad. Y me cantó las cuarenta como todos los hijos de padres avanzados en castigo por haberlos criado en las libertades de Summerhill. Tu carro no es un Skoda. Yo alegué que estaba el Mitsubishi de los italianos que tampoco era un Skoda. Y al día siguiente estuvimos con la primera luz en la línea de partida en Villavieja. Y cuando todos partieron hacia la Victoria para el reagrupamiento nosotros partimos también detrás de la caravana, dando los mismos bandazos, cayendo en las mismas brechas, saliendo de las brechas con los mismos brincos. Y encontramos un arriero en bicicleta, un muchacho que llevaba una cabra sobre los hombros, un hombre desnudo escapado de un manicomio en alguna parte que batía los brazos, y sobrepasamos el Mitsubishi de los italianos incrustado en un arbusto como un pájaro y dejamos regados a los ecuatorianos que esperaban a un lado del camino, los rines convertidos en muecas, y a los venezolanos con las corazas de los cauchos en harapos con los rostros deformados por la desesperación. Y los campesinos agitaban sus manos a nuestro paso como si fuéramos los campeones. Trabajadores temporales de los algodonales llegados del Valle y Antioquia, gracias.
Y qué significa esa camioneta roja desalada hacia nosotros. Qué vocifera el hombre que conduce. Nos recrimina. Echa tacos, la cara amoratada por el calor y el enojo. Era triple cero. Que así se llama en el rally el encargado de la seguridad. Al principio me hice el loco. Pero no me quedó más remedio que orillarme. Están cometiendo una locura. Aulló por su megáfono. Y, en efecto, enseguida comenzaron a pasar rugiendo los que habían salido primero, de regreso ya, a Villavieja. Nubes de polvo, hedores de gasolina, aceite quemado de motores agonizantes.
No nos quedamos a la clausura. Regresamos el mismo día. Entramos bajo los cielos mórbidos de la sabana al anochecer, después de subir la cuesta triste que va de Anapoima a Faca. Yo rumiaba la frustración. Me habían dejado con las ganas de colgar en mi casa junto al diploma del Congreso Mundial de Brujería y el certificado de asistencia al seminario sobre ‘Periodismo de crisis’ de la Fundación La Hoja y la medalla del curso de paracaidismo en Apiay, la del campeón del rally de la Tatacoa. Que, dicho sea sin rencor, no es un desierto serio como el Sahara o el Gobi, sino un charrascal que la torcida generosidad del vecindario de pobres convierte poco a poco en basurero de pobres. Que son los más lánguidos de los basureros.
Esa misma noche hice inventario de mis averías. Una lámpara delantera rota sin explicación, el tubo de escape destrozado por las piedras, un resorte de la suspensión vencido, el espejo retrovisor del copiloto fuera del eje. No me importó. Me acordé de los túneles que se pasan para salir de la Tatacoa a la carretera nacional. De los enjambres de murciélagos en las paredes de cemento. Y del aroma de sus deyecciones que recuerda el de las cerezas maduras del cafeto. Y me sentí justificado.

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