Creo que las historias que escribo tienen dos nacimientos, uno próximo y evidente y otro que durante mucho tiempo se me escapa y permanece ajeno hasta mucho después de que las historias están publicadas.

Siempre me asaltan imágenes. Eso. Imágenes humanas. Gestos, miradas, actos mínimos que me vienen a la mente. No los tomo de la realidad. Nunca son hechos objetivos que me toca observar. Son idénticos a ellos, pero vienen desde mi propia imaginación. No desde lo que observo. Se me ocurren así: visuales, concisos, minúsculos en la superficie de lo cotidiano pero, al mismo tiempo, cargados de sentidos.

Nunca anoto esas imágenes. No llevo una libreta, ni siquiera un papel, ni grabo notas de voz en mi teléfono. No hago nada. Según mis conocidos, me limito a poner cara de idiota hasta que alguien me grita que vuelva al mundo o me zamarrea un hombro. Y la vida sigue. Y si la imagen tiene la fuerza suficiente, vuelve. Y si vuelve, empiezo a prestarle atención. Y si no, se pierde en el olvido. Creo que constituye una especie de prueba de recurrencia: si esas imágenes regresan varias veces a mi cabeza, entonces empiezo a tomarlas en serio.

Y es entonces cuando comienza el verdadero trabajo: convertir algo que me impactó a mí, solo a mí, en algo que pueda impactar en la sensibilidad de otra persona —un lector—. El único modo posible para ejecutar ese traspaso es construir una historia. Una serie de hechos que justifiquen esa imagen, que la completen y la profundicen, que le hagan tener sentido.

Construir un cuento se parece a un péndulo. En un extremo estoy yo: construyo una historia porque algo me ha conmovido. Publicar esa historia es soltar el péndulo, dejar que llegue a alguien que está del otro lado. Y confiar en que esa historia le signifique algo. Aunque es muy difícil precisar en qué consiste ese “algo”. ¿Qué es ese algo? ¿Una empatía, un interés, un impacto? Pero… ¿Cuál? ¿Qué tan intenso? ¿En qué dirección?

No tengo la menor idea. Ni debo tenerla, me parece. Creo que si el autor se esfuerza en transferir sus pensamientos y sus emociones con la intención de que el lector se haga fiel eco de ellas, casi que se garantiza el fracaso. Lo más probable es que alumbre una historia previsible, o evidente, en la que el lector no tenga ni libertad ni empuje ni iniciativa. Y eso le impedirá apropiársela.

Escribí al principio que las historias tienen, para mí, dos nacimientos, pero solo me he referido hasta ahora a uno de ellos. El otro es más esquivo, más oscuro, más difícil de asir. Nace de mis angustias, de mis deseos, de mis miedos, de mis obsesiones. Y nace con forma de pregunta, de incógnita oscura e imprecisa. Sin que yo lo sepa, sin que yo lo entienda cuando emergen, las imágenes de las que hablé al principio son respuestas para esas preguntas. Respuestas incompletas, fugaces, provisorias, insatisfactorias. Pero al menos alcanzan para sortear lo peor y lo más helado de mis silencios.

Tiempo después de escribir una historia me encuentro razonando así, por ejemplo: “Este cuento responde, a su modo, a mi vieja pregunta sobre la soledad”. O también: “Esta novela intenta defenderme del dolor atroz de la pérdida de mi padre”.

Y creo que por eso escribo. Para eso. Para encontrar respuestas frágiles, volubles, inciertas, pero respuestas al fin, a las grandes cuestiones que a mí, como a todos los seres humanos, me quitan el sueño.

Escribir ficciones es un modo de encontrar serenidad. Por eso me cuesta mucho apropiarme de las historias de otras personas. Basta que alguien me diga “Eduardo, tengo que contarte esto que me pasó, seguro que escribís una novela” o “Sacheri, qué bueno que lo encuentro, tengo el argumento de su próxima película”, para que yo sepa, con exquisita certeza, que de ningún modo voy a poder escribir una historia con esa anécdota que me traen y me comparten. No porque sea mala, o aburrida, o previsible. No importa. Puede ser estupenda, atrapante, vertiginosa o encantadora. Pero no es mía.

Esa es la cuestión. No nació del fondo de mis infiernos. Por eso no voy a poder apropiármela. Claro que no le digo eso a la persona que me trae una historia. No se merece tamaña descortesía. Al contrario: me verá interesado, le formularé preguntas, intentaré darle en mi cabeza la forma más acabada posible. Y no por guardar las formas. En absoluto. Me interesa mucho escuchar a la gente. Me siento mucho más cómodo escuchando que hablando, observando que diciendo. Pero de ahí a poder servirme de eso para escribir hay un océano de distancia, y si intento nadarlo, seguro que me ahogo.

Hay autores que ensayan mucho con el papel o la computadora delante. Escriben, bosquejan, prueban voces, se dejan llevar. Mi neurosis no me lo permite. Hasta que no tengo claro un comienzo, un final, una voz narradora, una serie de eslabones básicos de la trama, no me lanzo a la escritura. Eso no significa que, una vez puesto a la tarea, las cosas salgan bien ni salgan rápido. A veces demoran o fracasan. Pero siempre soy de llevar la rienda corta: a mis hechos y a mis personajes. No les dejo mucho sitio para que me sorprendan. O sí, pero solo en esa etapa de andar por ahí con cara de bobo ausente. Cuando me siento frente al papel (si estoy en un bar) o frente a la computadora (en mi casa) los tengo más o menos domesticados. No es, empero, una cuestión de profesionalismo. Nada que ver. Es pura y simple neurosis.

Construir un cuento se parece a un péndulo. En un extremo estoy yo: construyo una historia porque algo me ha conmovido. Publicar esa historia es soltar el péndulo, dejar que llegue a alguien que está del otro lado.

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