Mi padre murió en julio de 1978 y se llevó muchas cosas consigo, empezando por la alegría. No fue lo único que partió con él. También lo hicieron las certezas, la confianza en el futuro, la convicción de que mi infancia era como la de todos los chicos. También se llevó a Independiente y a sus hazañas. Seis meses antes de su partida estuvimos juntos en la penúltima epopeya: Independiente de Avellaneda se coronó campeón en un partido imposible, jugando con ocho hombres contra un árbitro, una provincia entera y un gobierno militar que prefería otro resultado. Seis meses después me tocó vivir la última: otro campeonato, como visitantes otra vez, contra River Plate y con un Ricardo Bochini que se vistió de mago. Pero ese fue el milagro del adiós. Una caricia final, como un regreso subrepticio y fugaz, con la muerte reclamándolo desde la puerta, señalando el reloj y soltando un “ahora sí, don Héctor, esta es la última, tenemos que irnos, despídase de una buena vez”.

Fue entonces cuando empezó, verdaderamente, la vida sin él. Sin él y sin las hazañas de Independiente. Pasó un año. Pasaron dos. Pasaron tres. Independiente navegó por temporadas olvidables. Mi hermano, hincha fanático de River Plate, empezó a llevarme con él a la cancha. No sé si por acompañarme la soledad o por acercarme a sus propios amores, pero domingo por medio me llevaba. Lindo programa. En River jugaba Kempes, jugaba Alonso, atajaba Fillol. Lo dirigía Di Stéfano. El Monumental era un estadio hermoso. Tenía un “tablero electrónico” en el que se leía el resultado y el tiempo de juego y a mí se me antojaba una maravilla tecnológica. En los ratos vacíos me quedaba extasiado mirando esos arcos en los que habían entrado los goles de la final del campeonato del mundo. Hasta me di el lujo de ver a Diego Maradona, con la camiseta de Boca, en un clásico tenso y aburrido de 1981 que terminó empatado.

Una vez al año veía a Independiente. Las camisetas rojas, las banderas color sangre en la tribuna de enfrente. Supongo que seguía siendo del Rojo. Pero lo “supongo” porque en esos años inciertos yo era pocas cosas y lo era de un modo gris y desvaído. Independiente sin mi viejo era menos Independiente. Era esa presencia fugaz una vez por año. Eran recortes de diarios que de vez en cuando sacaba de un cajón, cada vez más amarillentos.

Y de repente, en 1982, Independiente pareció despertar. Se armó mejor. Empezó a ganar partidos. Mientras la Dictadura Militar agonizaba, mientras perdíamos en Malvinas, Independiente ganaba y disputaba mano a mano el campeonato. Un poco arriba, un poco abajo del Estudiantes de La Plata que proyectaría a Bilardo al reconocimiento y a la selección nacional. Los domingos no solo era ver a River. También era escuchar la radio y cruzar los dedos. Por culpa del Mundial de España, o porque sí, el torneo se estiró hasta los primeros meses de 1983. ¿Y si era la resurrección? ¿La de Independiente? ¿La de mi infancia? Una campaña impresionante. Diecinueve partidos ganados. El equipo más goleador. Y sin embargo salió segundo. Por dos puntos. El campeón fue, nomás, Estudiantes de La Plata. Y mis ilusiones se desinflaron. Mejor no volver a creer, me dije.

Pero fracasé en mis planes. Porque unas semanas después empezó el Torneo Nacional de 1983. E Independiente arrancó, otra vez, ganando. Pasó la primera fase. La segunda. Octavos de final. Cuartos. Semifinal. Y en la final, otra vez Estudiantes. ¡Algo debía querer decir todo aquello! La paciencia tenía su premio. La perseverancia daba resultado. Por algo había seguido siendo fiel al Rojo. Para esto. Para salir campeón otra vez. Para enderezarme la suerte y desempolvar los recuerdos.

La primera final fue con derrota. Como visitantes perdimos dos a cero. Mal resultado. Pero mi viejo me había enseñado que para Independiente, en nuestra casa, en Avellaneda, no existían los imposibles. Si había que ganar, ganábamos. Si había que hacer dos, tres goles, los hacíamos. Me había criado con ese mantra. Y si papá no estaba ahí para decírmelo, me tocaría a mí remedarlo.

La noche del 10 de junio de 1983 me encerré en mi habitación, me acosté en la cama a oscuras y me pegué la radio portátil a la oreja. No cualquier radio. La radio de mi padre. La radio en la que habíamos escuchado cómo Independiente ganaba la Copa Libertadores de América cuatro veces consecutivas. Cuatro. Consecutivas.

Los lectores de SoHo estarán esperando el envión final de este relato. Ese momento culminante en el que Independiente mete uno, mete dos, mete tres goles. El instante feliz en el que yo salto alborozado al encuentro del campeonato y de mis fantasmas.

Lamento tener que cambiar esa imagen por la verdad, que a veces se empeña en ser mucho menos cinematográfica. Independiente ganó. Pero lo hizo 2 a 1 y, por lo tanto, no fue suficiente. Meses atrás había perdido el campeonato por dos puntos. Ahora lo perdía por un gol. Nada era verdad. Nada era cierto. Nada era mío.

Ya no recuerdo por qué, pero estaba solo en la casa. Fui al comedor y encendí el televisor. En esa época los partidos los daban en diferido, con una hora de distancia de su horario verdadero. En la radio el partido había terminado y Estudiantes festejaba. En el televisor Independiente ganaba dos a uno y atacaba por todos lados buscando el resquicio para la hazaña.

Fue entonces cuando empecé a llorar. Lágrimas gordas, densas, silenciosas. No lo tuve en cuenta entonces, pero llevaba casi cinco años sin llorar. No lloraba desde el día de 1978 en que había muerto mi padre. Ahora, frente al televisor, no solo lloraba. Torpe, inútilmente, seguía esperando que Independiente convirtiera, en la pantalla, el gol que se le había negado por la radio. Un milagro para mí, eso estaba esperando. Un milagro a mi medida. Un milagro a la medida del héroe que había perdido. En esas estaba cuando llegó mi hermano. Me vio ahí, sentado frente al televisor, viendo un partido que en el mundo real ya había terminado hacía rato. Me vio llorar callado. Respetó mi silencio y siguió de largo.

Creo que esa noche, en medio de esas lágrimas, terminé de hacerme hincha de Independiente para siempre. Ahí. En la derrota. Sin escape y sin fisuras. En la casa sola. En esas imágenes póstumas que no podían cambiar la historia. Mientras esos pobres jugadores de camisetas gris oscuro (ese era el rojo de mi equipo en la televisión blanco y negro) buscaban con gambetas, con pases, con centros y con angustia el gol que hiciera sonreír al destino.

Podría quedarme, al final de esta narración, con todo lo que hizo Independiente, después, en ese mismo año y en el siguiente. Campeonato local, Libertadores, Intercontinental. Pero no me interesa. Hoy no. Hoy prefiero quedarme con ese chico que fui, con esa radio abandonada y con ese televisor inútil.

A veces me preguntan por qué quiero tanto a Independiente. En general no respondo. Pero si cabe dejar alguna respuesta por escrito, puedo decir que lo quiero así porque le debo un montón de cosas. Para empezar, o para terminar, le debo esas lágrimas con las que empecé, por fin, a ajustarle cuentas a la puta muerte y sus derrotas.

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