Un día fui a ver La pelota de letras, de Andrés López, y descubrí que mi programa era tortuoso, pero muy popular dentro de lo que él define como "la generación de la guayaba".

Educadores de hombres nuevos tuvo su mayor recordación cuando se emitía los sábados a las 7:30 de la mañana antes de la Abeja Maya y Los Superamigos. Los jóvenes de la época se levantaban muy temprano a ver televisión, pero antes tenían que verme durante media hora hablando sobre educación.

La idea nació en 1968, cuando era secretario de los cursos de vacaciones para los profesores en la Facultad de Educación de la Javeriana y cada año llegaban más de 800 docentes a diferentes cursos de capacitación. Era necesario buscar una forma eficaz de transmitirles información y por eso decidimos acudir a la televisión. Antes había presentado el programa Buenas tardes, muchachos y la Santa Misa; el mundo de las cámaras me gustaba, así que resolvimos hacer el programa.

Inravisión nos dio espacio el sábado al mediodía, pero nos fueron subiendo de hora, con orgullo puedo decir que colonizamos un nuevo horario. Era una época de pocos recursos tecnológicos, no teníamos telepronter y en varias ocasiones emitimos en vivo y en directo, lo que era un gran reto.

No teníamos publicidad, los créditos los hacíamos en cartulina y los pasábamos manualmente dejándolos caer encima de un atril. Todo era muy divertido, pero lo más curioso fue la vez que una mosca se metió, primero al estudio y luego en mi boca. Me tocó hacer de todo para disimular la situación.

El rating era muy difícil de medir pero teníamos la seguridad, mediante una investigación que hice para la Universidad de Stanford, que el programa lo veía mucha gente y era una guía para que los papás se dieran cuenta de cómo estaban educando a sus hijos.

En el programa se formaron Ómar Rincón, Inés María Zabaraín, Jorge Alfredo Vargas, Juan Carlos Pérez, Arritokieta Pimentel, todos estudiantes de la Facultad de Comunicación Social, de la que fui el decano varios años.

Es cómico ver que muchos jóvenes decían que una de las torturas que soportaban era tener que ver mi programa. A mí me interesaban los maestros y no me complicaba con lo que decía la gente, en la calle me reconocían, me decían el ‘Padre de educadores‘ y es bueno ver que dejamos huella.

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